Que me diga que le debo

El Gran Capitán descubre el cadaver del Duque de Nemours
Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes monjas y pobres para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas.
Cien millones en picos, palas y azadones
Cien mil ducados en pólvora y balas
Diez mil ducados en guantes para preservar a las tropas españolas del mal olor de los cadáveres enemigos tendidos en el campo de batalla.
Ciento setenta mil ducados en poner y renovar campanas, destruidas por el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.
Cincuenta mil ducados en aguardiente para las tropas en día de combate
Millón y medio de ídem para mantener prisioneros y heridos
Tres millones en sufragios para los muertos
Setecientos mil cuatrocientos noventa y cuatro ducados en espías
Cien millones por mi paciencia en escuchar, ayer, que el Rey pedía cuentas a quien le había regalado un reino.
¿Qué hay de verdad en estas famosas cuentas? … pues mucho; Este episodio de la vida de Gonzalo Fernández De Córdoba, El Gran Capitán, es intenso, divertido y está bien documentado. Indudablemente, el Rey Fernando el Católico, junto con su esposa, Isabel, fue el monarca que sentó las bases de la grandeza de España. Pero Fernando, aparte de sus indiscutibles dotes políticas y diplomáticas, tenía una recelosa inclinación por el control de gastos. Además, los continuos éxitos militares de su vasallo más famoso, que los poetas recitaban de memoria por toda Europa, le tocaban bastante “la moral”. Según algunos cronistas, el Rey estaba deseando que el caballeroso Gonzalo metiera mínimamente la pata, para tener la oportunidad de leerle la cartilla; La excusa perfecta fue el excesivo dinero que, según los interventores de Hacienda, se gastó durante las Guerras de Nápoles (1501-1504)
Cuando Gonzalo, que como todas las personas inteligentes era dueño de un gran sentido del humor, oyó de boca de los funcionarios fernandinos semejante sarta de reproches, se lo tomó medio bien, pero no pudo evitar sentirse molesto por lo que consideraba una mezquindad después de haber conquistado un reino para su desagradecido soberano. Por eso, una vez llegado a España, Don Gonzalo se encargó de confeccionar la anterior lista, a medio camino entre la chanza y el desprecio, a base de algunas partidas más o menos verosímiles y otras, que parecen surgidas como consecuencia de una borrachera. Estas cuentas del Gran Capitán, corrieron de boca en boca y llegaron a nuestros días como expresión alusiva a toda justificación de gastos desorbitados, incoherentes y arbitrarios.
Pero… ¿Qué hubiese pasado si se hubiera escatimado dinero? Sin duda, la guerra se hubiese perdido. En todo caso, y aquí reside el fondo de la leyenda, el coste de una guerra pérdida, aunque barata, es siempre muy superior al de una guerra ganada, aunque cara. No hay ambición sin un elevado coste; y si hablamos de aquellos tiempos, cuando emergía una política cicatera, los países sufrían o desaparecían. La Aura medicocritas es una invitación al fracaso histórico.
El tema de las cuentas sirve también para valorar el precio de la identidad nacional. Una de las grandes paradojas del mundo moderno es sin duda la siguiente: un país se construye sobre una carga fiscal elevada, que nadie quiere aceptar para sí mismo. De aquí la queja de ciertos historiadores, y la mía propia, sobre la ruindad de las clases dirigentes de nuestro país durante el siglo XVI y XVII, desinteresados de estos asuntos, siempre entregados a sus ocios y a sus gastos. Resulta increible, por tanto, que una actitud tan cara, tan fútil y tan inútil acabara dando lugar a esa maravilla que es el barroco español.
¿Sabéis donde se guarda el original de dicho documento?... porque también tiene su miga…
















