Los españoles somos la leche… en las cumbres
europeas, nos ningunean porque los políticos que nos representan negocian fatal; en los mundiales, nos eliminan en el partido clave, siempre por culpa del árbitro o de la mala suerte; y, en 1588, para una vez que nos decidimos a conquistar Inglaterra, nos derrotan los elementos… ¡si es
que somos unos pupas!... nos pasa de todo… ¿o no? Vamos a ver… lo primero de todo, tranquilidad. No hay que dramatizar en exceso, ni tampoco dejarnos llevar por los nervios, que al final vamos a acabar viendo fantasmas donde no los hay, y hablando de contubernios judeomasónicos como lo hacía el militar este tan famoso de El Ferrol. Dejemos de una vez de echar la culpa de todo lo que nos pasa al vecino del 5º, y asumamos que, en la mayoría de las circunstancias que nos afectan, nosotros no somos actores de reparto sino los principales responsables del resultado, para lo bueno y para lo malo. Lo contrario, nos abocaría sin remedio a seguir la peligrosa tendencia hispana de considerarse el ombligo del mundo y, quizás, a que el país entero se hiciera socio del Atlético de Madrid. Un magnífico remedio para este mal es apagar el televisor, sentarse delante de unos buenos libros y disponer la mente para analizar el mayor fracaso español después del fallo de Julio Salinas en Italia’90…EL DESASTRE DE LA ARMADA INVENCIBLE.
Lo primero que hay que tener claro, es que durante treinta años,
Isabel de Inglaterra y
Felipe de España habían sido enemigos íntimos, pero guardando siempre una falsa apariencia de relaciones normales. Felipe tenía como uno de sus principales ensueños el restablecimiento del catolicismo en las Islas, pero seguía considerando a Francia como su enemigo tradicional y temía perder el eficaz aliado de otros tiempos. Por su parte, Isabel mantenía un concepto elevado del poder militar de España y temía una intervención de su otrora cuñado a favor de los católicos irlandeses… y temía sobre todo la posición española en los Países Bajos, “
pistola apuntada al corazón de Inglaterra”. En resumen: españoles e ingleses se hacían la puñeta más o menos descaradamente… pero eso no impedía que en recepciones y saraos, los embajadores de ambos estados se echaran unos buenos bailes para celebrar “las excelentes relaciones de nuestros dos países”.
Pero una serie de circunstancias hicieron declinar la balanza definitivamente a favor de la guerra. Felipe se preparaba para afrontar los últimos años de su reinado, quizá con la sensación de haber fracasado en sus principales empresas; tres décadas de intenso reinado, no habían servido más que para vaciar las arcas de la hacienda… y raro era el campo de batalla de Europa o el mediterráneo donde no se pudiera encontrar la tumba de un soldado español. Además, Isabel se empezaba a sentir fuerte, y pasó de un apoyo más o menos encubierto a la causa flamenca, al envío descarado de hombres y dinero para reforzar a los regularmente caneados regimientos protestantes. Cuando Felipe, que resistió cuanto pudo la idea de atacar a Isabel, se enteró de la ejecución de María Estuardo, la muy católica reina de Escocia, a manos de los protestantes, ya no tuvo dudas… y se decidió contra la opinión de buena parte de sus consejeros a lanzar un ataque brutal contra Inglaterra.
El principal problema de este peliagudo asunto, es que lo que se pretendía no era vencer a los ingleses en el mar, cosa que ya se presentaba suficientemente difícil, sino desembarcar en las Islas, y pelear en suelo inglés. Cuando Felipe expuso la idea a sus generales, probablemente a estos se les debió de poner cara de póquer, pero cuando pasó a exponer su plan – que por cierto no admitía discusión – a más de uno seguro que le sentó mal la cena. Resumiendo, la idea era acumular en los puertos españoles una enorme cantidad de barcos de toda especie, reunirlos en algún lugar cercano a las costas francesas, proseguir la navegación esquivando a la escuadra inglesa, recoger a los Tercios de Alejandro Farnesio en algún puerto de Flandes, y desembarcarlos en la costa inglesa sufriendo el menor daño posible. El plan, que a decir verdad era sorprendentemente difuso en sus aspectos fundamentales, sin embargo especificaba claramente “que se debía evitar el enfrentamiento con las naves inglesas a cualquier precio… y que si este se revelaba inevitable, había que vencer en un rápido enfrentamiento”... la pena es que no se decía nada de cómo hacer esto último... Cuando los pormenores del plan llegaron a Alejandro, este se atrevió a decirle a su tío lo que otros no habían tenido el valor de decirle a su Rey, y en el reverso de la misma carta que acababa de recibir, el Duque de Parma aconsejó a Felipe centrarse en liquidar definitivamente la rebelión en Flandes. También argumentaba, con acierto, que excepto el puerto de Flesinga – a la sazón, en manos rebeldes – no había otro en los Países Bajos con capacidad de acoger a los barcos que habían de llegar desde España; y por último, concluyó indicando el enorme peligro que representaba dejar aquellas tierras holandesas yermas de soldados españoles.

Además a Felipe se le acumulaban los problemas; el hombre destinado a mandar sobre aquella flota,
Álvaro de Bazán, vencedor de Lepanto, murió en enero de 1588. Para sustituirle, y contra todo consejo, decidió guiarse por criterio nobiliarios en vez de por el de la idoneidad, lo que hizo que “el gordo” recayese en el
Duque de Medina sidonia, que dicho sea de paso, no se había subido en un barco en toda su vida. Este pobre hombre llegó a escribir una carta al Rey, reconociéndole que era ajeno a las cosas del mar y de la guerra, y suplicándole que le permitiera renunciar, pero Felipe “el prudente” volvió a mostrarse como lo contrario y siguió en sus trece. Así que, mientras los hombres de Alejandro se dejaban las manos construyendo un canal artificial para transportar a la costa las cerca de 300 barcazas construidas para el desembarco, en
Lisboa se concentraba la mayor flota de guerra que se había visto nunca por un puerto luso: más de 130 buques de guerra. Sin embargo, cuando el Duque de Medina Sidonia apareció por los muelles para la primera inspección de sus fuerzas, se le cayó el alma a los pies: a las naves les faltaban aparejos de todas clases, centenares de soldados habían desertado, la comida almacenada en los barriles llevaba semanas podrida y cada barco, apenas tenía 8 disparos por cañón…
Y en estas circunstancias el de Medina sidonia no solo no se desesperó, sino que se la arregló para manejar la situación de tal manera, que las cosas se encauzaron hasta cierto punto. La pena fue que Felipe interpretó como una señal divina lo que solo era una leve mejoría de la situación, y obligó a la flota a dejar Lisboa el 20 de mayo de 1588. Alonso de Guzmán, que no gozaba del aprecio de ninguno de sus subordinados, se las arregló para cumplir a rajatabla las órdenes de su Rey, de modo que tras varias semanas de travesía sin incidentes contorneando la península, se acercó a aguas inglesas sin haber sufrido ninguna pérdida de importancia. Pero su carácter servil le estaba preparando una mala pasada. Por uno de esos extraños azares del destino, varias de las mejores naves inglesas que esperaban el ataque español advirtieron que una pinaza española navegaba por la costa, posiblemente recabando información entre pescadores nativos. En la persecución que siguió, las naves inglesas se mostraron imprudentes y no advirtieron al grueso de la flota española, situada frente a las costas de Plymouth. Un lobo de mar se hubiera beneficiado de la situación y habría mandado al infierno a esa docena de naves protestantes pero el almirante no lo era. Asustado ante esa pequeña presencia inglesa inició una maniobra evasiva que, unida al mal tiempo que se iba apoderando del Canal, desencadenó un inmenso desorden en las naves españolas.
Los días que siguieron fueron un verdadero infierno para los españoles. Los buques ingleses, mucho más modernos y maniobreros que los propios, estaban equipados con artillería de más largo alcance, lo que les permitía batir a los barcos de la Armada y escapar luego a gran velocidad. Nuestras naves, aún equipadas con armas de más grueso calibre, nunca podían acercarse lo suficiente para hacer fuego y poco a poco se iban desangrando ante al ataque inglés. Además, un intento español de refugiarse en Calais, fue abortado por Drake, que consiguió desorganizar aún más a las naves españolas lanzando brulotes en llamas contra ellas. En esta situación, Medina sidonia se consumía, y no conseguía entablar batalla al estilo antiguo, como era su intención. La situación se puso tan tensa, que varios capitanes intentaron hacer cambiar el signo de la batalla por su cuenta, e incluso se cuenta que Oquendo y el Almirante llegaron a las manos. Ante la imposibilidad de recoger a Farnesio, que por otra parte no tenía la menor intención de embarcar, y temerosos de retornar por el canal de la Mancha, se decidió intentar bordear Escocia e Irlanda, y allí fue donde varias enormes tempestades destrozaron definitivamente la flota española. Miles de hombres se ahogaron y no hubo piedad para los que consiguieron llegar a nado a las playas. Tan solo los que consiguieron navegar hasta Noruega o los pocos centenares que amanecieron tras el temporal en la católica Irlanda, consiguieron ser repatriados. Únicamente 66 barcos consiguieron arribar a España. Inglaterra perdió tres naves... Fue en este momento, y no antes, cuando el humor hispano decidió bautizar aquellos maltrechos barcos, como "La Armada invencible".
Si bien la derrota no significo el fin del poderío español en el mar – al igual que Lepanto no significo el final del poderío turco – si que es cierto que afianzó definitivamente el régimen isabelino. Pero hay que hacer notar que tan solo tres años más tarde, una flota española destrozaba a otra inglesa en las Azores y que España seguía siendo un motivo de enorme preocupación para Isabel de Inglaterra. Si Felipe II acusó el golpe, sobre todo fue en lo psicológico: meditó repetir la operación e incluso se hicieron algunos preparativos pero hubo que abandonar, afortunadamente, por falta de recursos económicos, y Felipe "el prudente" debió resignarse a contemplar la ascensión de una potencia nueva, jóven y destinada a convertirse en la dueña de los mares en muy poco tiempo: Inglaterra.
PD: La frase de Felipe II... "yo no mandé a mis naves a luchar contra los elementos" se sigue considerando apócrifa, aunque es cierto que "pega" tremendamente con su caracter premonitorio y taciturno. De todas formas... ¿que tiempo se esperaba encontrar en el Canal"?... quizás el anticiclón de las Azores...
Un abrazo.