Nerón, en el dialecto sabino que aún se hablaba en Roma durante el primer siglo después del nacimiento de Cristo, quería decir “fuerte”. En los primeros cinco años de su reinado, aquel marrajo de cuerpo y mente hizo honor a su nombre, mostrándose como un emperador magnánimo y sensato, cualidades que las más de las veces nacen de la fortaleza de alma, pero el mérito probablemente no fue suyo, sino de Séneca, que era el que realmente gobernaba en su nombre.
Séneca era hispano de Corduba, millonario por parte de madre y padre y filósofo de profesión, y había dado mucho que hablar desde años antes de que Agripina le contratase como educador de la bestia de su hijo. Entre sus logros y virtudes, el saber expresarse, aunando sinceridad, educación, vehemencia y respeto, vamos… igualito que cualquiera de nuestros politicastros de ahora; en cuanto a sus debes, también eran variados y rotundos: Calígula le había condenado dos veces a muerte porque le resultaba “impertinentemente listo”, pero la primera vez le indultó gracias a que estaba enfermo de asma y la segunda, posiblemente, porque se olvidó de confirmar la pena. Claudio le desterró a Córcega, al parecer por un problema de “cuernos” nunca resuelto, pero que implicaba a su tía Julia, la hija del divino Germánico. Allí permaneció Séneca ocho largos años pensando y escribiendo… o sea, tocándose los hue… que diría mi padre, pero Agripina le rescató porque valoraba su carácter sentido y estoico, tendencia de la que se constituyó en incontestable maestro.
Lo que estaba claro es que era un hombre raro. No tenía reparos en acrecentar su fortuna amparándose en sus variopintos contactos, pero no utilizó su patrimonio para vivir como un cura ya que bebía poquísimo, solo bebía agua, dormía en una tabla de madera y el poco dinero que gastaba, iba destinado a libros y esculturas. Siempre fue fiel a su mujer, a pesar de ser, dicen, atractivo, y a quienes le acusaban de utilizar la usura para su lucro personal, les perdonó la vida, aun cuando podía haberlos ejecutado sin compasión… Eso sí, siguió practicando la usura.
Mientras Séneca consiguió atar en corto a Nerón, todo fue bien: Se administraron bien los recursos públicos – a pesar de “pequeños detalles como los anteriormente descritos -, se potenció la administración de justicia y la policía, se dejaron de firmar sentencias de muerte… Roma tenía un buen emperador al que no veía, porque estaba casi exclusivamente interesado en la música y el arte, cosas a priori, poco peligrosas…Pero en un determinado momento, Nerón cayó en los brazos de Popea, una Agripina que debía de estar como un auténtico queso, y que, como quería hacer de Emperatriz, tuvo que empujar a su marido a hacer de emperador.
Y Roma empezó a temblar, y Séneca, atribulado, no consiguió empujar a la oveja al redil, porque esta ya se había convertido en un monstruo: Nerón, manifiestamente loco, asesinó a su madre, se exhibió en el Circo como auriga y gladiador, mató a aquellos senadores que no consentían en reírles las gracias y se arrimó a conflictivos personajes, como el astuto Tigelino. Más esto no fue lo peor, sino el hecho de que jamás volvió a tomar en serio a su antiguo preceptor, que permanecía aún a su lado, quizá confiado en que conseguiría parar su caída intelectual y moral, y evitar que acabara despeñado. Tras el famoso incendio del 64 d.C., el descubrimiento de la enésima conspiración contra su persona arrojó el nombre de Lucano, otro cordobés, que cometió la increíble torpeza, no ya de ganar un premio de poesía al que también se presentaba Nerón… sino de presentarse a por el premio. El emperador, bastante cabreado, le prohibió componer y, conocida su participación en el complot y sometido a terribles interrogatorios, cantó hasta lo que no sabía, como por ejemplo el nombre de Séneca, su primo. Éste, con mucha calma, abrazó a su mujer, Paulina, redactó una carta de adiós a los romanos y otra muy crítica a Nerón, bebió cicuta, se abrió las venas y murió según los preceptos del estoicismo, aunque posiblemente nunca aprendió a cumplirlos plenamente. Al menos, durante los últimos meses de su vida, se erigió en el único hombre fuera de la camarilla del Emperador, que podía hablar más o menos libremente en su presencia, e incluso cantarle las cuarenta, como cuando, ante una queja de Nerón porque el aire le desarmaba los bucles de su peinado, le espetó “Ignoranti, quem portum petat, nullus suus ventus est” o “Ningún viento es favorable para el que no sabe a que puerto va…”
El paso de los siglos ha engrandecido la figura de Séneca, personaje con muchos más claroscuros, incluso, de los que aparenta, pero lo cierto es que se expresaba como los ángeles. Sin embargo, la mayoría de sus obras no son claras y exigen concentración y constancia. En ellas, el padre del “ensayo moderno” y de la “tragedia hablada” desarrolla y defiende lo que para él, es la manera más “honrada” de encarar la propia vida, además de, inconscientemente, dejar a la luz sus numerosas contradicciones y defectos que impidieron a este hombre vivir de acuerdo a las directrices que plasmaba en el papel.
¿Realmente lo intentó...?