Todo hombre tiene un límite, incluso el más poderoso. Sin embargo, el límite de todo hombre está bastante más alejado de lo que el mismo se cree… Atinar con esa especie de punto de inflexión entre despeñarse y quedarse corto es el paso previo e ineludible hacía el éxito en cualquiera de sus formas. El problema es que, cuanto más poderoso se es, más difícil es conservar esa equidistancia... los enemigos son variados, las circunstancias traicioneras y tanto sube el nivel del agua, que cada vez es más complicado hacer pie, por muy alto, fuerte y guapo que se sea: te hundes por el propio peso de lo que representas... y Carlos llegó a representarlo todo...
Carlos V vino al mundo, si hacemos caso de la tradición, en un excusado, en 24 de febrero de 1500… curioso modo de nacer para quien, al paso de los años, se convertiría en la luz de la cristiandad. De estatura mediana, delgado, de aspecto contrahecho y desgarbado, en verdad parecía que aquel chaval no iba a dar para mucho. Además ceceaba, lo que al parecer sacaba de sus casillas a su preceptor, el cardenal Adriano de Utrech, que las más de las veces abandonaba la habitación rojo de ira, enfurecido porque su joven alumno ni estudiaba, ni intentaba disimular ese vicio tan molesto. Carlos le observaba risueño, intentando contener la risa que le producía ser capaz de hacer perder los estribos a aquel que en la corte tenía fama de no perderlos nunca… como si supiera que años más tarde, no iba a tener que volver a contenerse nunca con nada, ni con nadie.
Pero los inicios no fueron fáciles. Cuando abandonó Flandes por vez primera, lo hizo para dirigirse hacía su desconocido reino, España. Su llegada produjo un hondo malestar en las clases medias y altas, que le veían como un usurpador, debido a su educación flamenca y a que no sabía pronunciar ni una palabra en español. Para acabar de “revolver” las cosas, apenas llegó, solicitó fondos para financiar sus asuntos en los Países Bajos primero, y para acudir a su coronación como regente del Sacro Imperio Romano Germánico después. En fin, entre que no les cayó bien a los castellanos y que les pidió dinero a los catalanes, decir que empezó mal es quedarse corto. Afortunadamente, todo lo que de desgarbado tenía su cuerpo, lo tenía de lúcida su mente y pronto aplacó los ánimos, jurando los fueros castellanos y despidiendo a la mayor parte de su camarilla flamenca, que amenazaban con saturar todos los prostíbulos desde Laredo a Jerez de los Caballeros. Una vez libre de pleitos con súbditos y siervos, pudo al fin tomar conciencia de la compleja herencia recibida por ende de sus abuelos paternos y maternos, supongo que con cierto vértigo: entre legados, conquistas y adquisiciones de último momento, el monarca era dueño del reino de Navarra, las Coronas de Castilla y Aragón, las posesiones americanas de estas, Cerdeña, Sicilia, Nápoles, el Milanesado, el Franco Condado, los Países Bajos, el Sacro Imperio, Portugal… Vamos, que si en vez de ser un potente monarca hubiera sido un jugador de monopoly, tirar el dado era pagar seguro…
Normal que, con Francia como un inmenso islote en medio de tanta posesión española, y con su propia casa a medio barrer – Francia no era ni mucho menos un Estado moderno – Francisco I no durmiera ni con valerianas. Nada menos que cuatro guerras provocó, en las que se puso de manifiesto no solo la tradicional rivalidad hispano - gabacha, sino la animadversión personal que se tenían estos dos grandes hombres; Francisco, católico confeso, no tuvo el mayor reparo en aliarse con los turcos con tal de hacer la puñeta a Carlos. Parecidos desaires se repitieron numerosas veces durante años hasta que un par de espectaculares derrotas francesas silenciaron las intenciones francesas hasta la Paz de Crépy, en 1544, en la que Francisco aceptaba, poco más o menos, estarse quietecito de una vez y dejar de dar guerra a cambio de no ser caneado de nuevo.
Con el patio francés más o menos tranquilo, Carlos pudo por fin concentrarse en sus verdaderos – por sus propias palabras – enemigos: el turco y Lutero. El primero de ellos estaba comandado por un hombre capaz de hacer sombra al mismo emperador, Solimán el magnífico, y quizás por eso Carlos se lanzó a una cruzada personal más al estilo de los antiguos héroes de caballerías que al monarca de un estado moderno. Las operaciones, al principio, tuvieron relativo éxito, y se consiguió tomar Túnez en 1535. Pero la variedad de frentes a los que España tenía que atender, los problemas financieros y la escasez de infantería española – Castilla empezaba a tener problemas demográficos por tanta guerra y tanto joven que se iba a hacer las Américas... – determinaron la vuelta a una política más “a verlas venir”, que culminó con el estrepitoso fracaso de Argel, posiblemente, la mayor derrota del gran Carlos.
En cuanto a los príncipes luteranos, estos eran aún más listos que el turco y, como se sabían inferiores e incapaces de golpear al monarca del mundo, decidieron, muy sibilinamente, tocarle las narices. Para ello formaron la liga de Schmalkalda, empezaron a gritar a los cuatro vientos lo esclavizados y aterrorizados que les tenía Carlos y, como estaban mal de pasta, convencieron a Francisco I “el derrotado” de volver al ruedo europeo, no como guerrero, sino como socio capitalista. Al principio les fue bien, pues consiguieron poner en jaque al ejército imperial en varias escaramuzas victoriosas pero el exceso de confianza que les otorgó esa pequeña racha triunfal, fue su cruz: cometieron el error de provocar a los imperiales en campo abierto y Carlos, por fin, les derrotó en las llanuras de Muhlberg, tal y como ilustra el cuadro de Tiziano, lanza en ristre, pues efectivamente la carga definitiva fue comandada por el emperador en persona.
Curiosamente, esta victoria fue también para Carlos el principio del fin. Cuando apenas había enfilado el camino de vuelta, los luteranos volvían a rebelarse reclamando libertad política y religiosa y, apenas llegado a Gante, su ciudad natal, tuvo que ver como sus paisanos se amotinaban ante el enésimo pago de impuestos, imprescindible para financiar un imperio que caminaba, como el mismo decía, “con la espada en la mano y la hostia en la boca”. Harto de tanta campaña, desilusionado, y sobre todo, extraordinariamente cansado, decidió abdicar en Felipe, el hijo que en nada se parecía a su padre y, enfermo de gota, enfiló el camino al monasterio de Yuste, donde pasó sus últimos años, hasta su muerte en 1558.
Cuando llegó a Yuste, la primera noche la pasó entre intensos dolores que no le dejaban conciliar el sueño. Uno de los monjes del monasterio, presentado “voluntario” para intentar aliviar su sufrimiento y, seguramente, sin saber muy bien que decir al antaño hombre más poderoso del mundo, balbuceó… “Señor, que bien dormiría usted sin la gota…”
Carlos le respondió… “Y sin Lutero padre... y sin Lutero”