jueves, mayo 22, 2008

Viento Divino


El 15 de octubre de 1944 el vicealmirante Masafuni Arima se quitó sus galones y trepó por la cabina de su avión, en una base aérea perdida, cerca de Luzón, Filipinas. Arima era una figura de categoría del ejército imperial, un militar de la vieja escuela, escrupuloso, que desafíaba diariamente el calor de esta parte del mundo llevando el uniforme completo en todo momento; Guerrero esbelto, gentil, de porte distinguido y voz suave, dicen, provenía de una familia de estudiosos de la obra de Confucio, había traducido decenas de libros orientales al inglés, sabía latín y árabe, y tenía tres hijos, seguramente preciosos; Aquella mañana del 15, este hombre que podía pasar por cualquier cosa, menos por estúpido, realizó su particular contribución al arte de la guerra empotrando su avión contra un portaaviones estadounidense... Y, trágicamente, consiguió muy a su pesar el sueño habitual de la mayoría de los mortales... ser los primeros en algo.

¿Qué lleva a un hombre a renunciar voluntariamente a su existencia? Y... sobre todo... ¿Cómo es posible que una sociedad culta, considerablemente avanzada en muchos campos de índole técnico y, por que no... espiritual... bendiga semejante sacrificio e incluso lo jalee? ... pues... una explicación más o menos unívoca a este “fenómeno” es prácticamente imposible pero, como la totalidad de las acciones que rozan el límite del entendimiento, nacen de la desesperación humana: A finales de 1944 las fuerzas japonesas estaban siendo devastadas por los americanos. El archipiélago nipón, en otro tiempo considerado invulnerable a un ataque aéreo, estaba siendo continuamente martilleado por cientos de bombarderos que cumplían su misión casi sin impedimentos – a causa de la manifiesta inferioridad de la fuerza aérea japonesa – y que se aprovechaban de la capacidad de las bombas incendiarias para arrasar un país construido casi íntegramente en madera. Un piloto naval estadounidense volaba, al menos, unas doscientas horas antes de “disfrutar” de su primera misión operativa; sus homólogos japoneses – seguramente igual de arrojados y valerosos, pues todos los hombres somos, esencialmente, iguales... – volaban durante, digamos, unas 25 horas, lo que representaba una oportunidad única para no regresar de su “primera vez”...

Los ataques suicidas representaban una oportunidad de compensar el desequilibrio de fuerzas ante la imposibilidad para los pilotos japoneses de combatir con sus equivalentes americanos en igualdad de condiciones. En su lugar, se podía explotar la buena voluntad de los jóvenes nipones para conjugar uno de los verbos preferidos para un japonés, “sacrificar”, utilizado con enorme éxito a lo largo de los tiempos de forma nominal y, a partir de ahora, en forma reflexiva. Fue un movimiento que encajó perfectamente con la psiqué japonesa, una forma de vida dominada por la atemporalidad de la existencia, por el bushidoo código de honor japonés – y también, claro, con un cierto fatalismo, fácilmente captable por cualquiera en la pintura o la literatura japonesas; Un occidental se hubiera sentido entre extrañado e indignado por semejante comportamiento... y en el caso de que un oficial se hubiera sentido tentado a requerirlo, su petición habría sido tachada de obscena al momento. Este viaje sin retorno, oficializado definitivamente por el almirante Takijiro Onishi con el nombre de “Viento Divino”Shimpu - no es otra cosa que una gigantesca radiografía, un clarividente negativo de una sociedad sobre la otra que nos recuerda el inmenso abismo presente entre ambas... En el escenario europeo, a ingleses y americanos apenas les separaba una trinchera de sus contrarios alemanes... A los japoneses y estadounidenses... les separaba un mundo.

En su primera misión desde su constitución, el escuadrón de Onishi tuvo, según se mire, mala suerte, y los aparatos regresaron sin encontrar su objetivo pero el mismo día, un kamikaze japonés se estrelló contra el crucero Australia matando a 35 personas y, una semana más tarde, varios ataques concertados causaron graves daños a varias naves aliadas, entre ellas el portaaviones Intrepid. Tan pronto como los “éxitos” de aquellos desgraciados se hicieron presentes, la idea que Onishi se había hecho de salvar al Japón por medio del viento divino alcanzó unas proporciones demenciales: se hablaba de sacrificar las vidas de 10 millones de japones para alcanzar la victoria por medio de ataques especiales... e incluso se empezó a manejar el censo para decidir quienes debían de ser asignados a tamaña paranoia. Mientras semejantes ideas tomaban cuerpo, los ataque se sucedían creando graves problemas a los americanos y, lo que constituye su mayor éxito, provocando a los marineros de la Navy una suerte de psicosis colectiva contra el ataque de un Kamikaze... De pronto, hombres que soportaban con mayor o menor decoro tremendos bombardeos de los acorazados del “Sol Naciente”, que combatían en lugares cerrados, nauseabundos, sin una sola ventana, sufriendo los estallidos de las bombas y los pernos y esquirlas que salían disparados después de cada impacto, empezaron a mirar al cielo con aspecto desvalido ante la posibilidad de que uno de aquellos seres, casi mitológicos, acabará estampándose justo encima de ellos... Los capitanes tuvieron que intervenir llegando incluso a imponer sanciones para aquellos tripulantes que se atrevieran siquiera a hablar del tema.

Curiosamente, el daño que puede provocar uno de esos ataques no tiene comparación posible con el desastre que una bomba bien colocada puede causar en la cubierta de un navío de combate pero, como dijo alguien alguna vez... “yo siempre prefiero tenérmelas que ver contra algo que no tenga ojos”... Los japoneses consiguieron personalizar la amenaza, ponerla cara, hacer sentir a cada americano que era un japonés, y no un bomba ni un avión, el que quería acabar con su vida... Y a los occidentales, mirar a los ojos a la muerte y observar como su mano trata de estrechar la propia siempre se nos ha dado, a Dios gracias, bastante mal...

Afortunadamente, semejante estrategia estaba sujeta a unos estrictos términos de caducidad... obligado por el lamentable estado en que las incursiones de bombardeos había sumido a la industria nipona que, literalmente, se quedó sin material para fabricar ni una sola aeronave; En un momento dado, fue relativamente sencillo encontrar voluntarios dispuestos a partir hacía el paraíso pero, en una broma macabra, no tenían con que llevarlos. Hacía mediados de diciembre, la unidad de Onishi tenía 151 pilotos pero menos de diez aviones disponibles... y los americanos lo agradecieron enormemente, pues desaparecía así la última amenaza enemiga, en un momento en que la guerra estaba casi ganada.

A estas horas de la noche, apenas puedo ya ejercer mi raciocinio; pero, haciendo un absoluto esfuerzo de interiorismo, quizás pueda imaginarme, a mí mismo, en el meollo de una batalla, en un momento muy concreto, llevando a cabo de repente, puede que por defender a los míos, una acción que, probablemente, lleve aparejada mi muerte. Pero, lo que soy absolutamente capaz de imaginarme es que me levanto una mañana a las cinco de la mañana, me voy a rezar a alguna iglesia, todo eso sabiendo que, dentro de unas horas, perderé mi vida a propósito. En cierto modo, no fueron seres humanos los que ejecutaron esos ataques puesto que, la característica última del hombre, amén de amar, es su capacidad para crear siempre una última esperanza. Yo no sería capaz de vivir sin ella... ¿Y ellos?... Me gustaría pensar que tampoco, que en algún lugar de esos aviones, viajaba esa última esperanza.

miércoles, mayo 14, 2008

Rocroi, 19 de Mayo de 1643

En la mayoría de los libros de historia, Rocroi aparece como un gigantesco punto de inflexión, una imaginaria cortina que, casi meridianamente, separa la España portadora del triunfo y del orgullo de su inminente y arrollador negativo, enfrentando a aquel Imperio en el que no se ponía el sol de su tenebroso y dolorosísimo reverso... No es extraño; la gran mayoría de los humanos nos sentimos cómodos con aquello que parece sencillo de entender y tendemos a asimilar mejor soluciones cristalinas que acarreen las menores disquisiciones morales posibles... blancos y negros, buenos y malos, ricos y pobres... antes y después... Una raya en el suelo, una fecha, un límite, un mojón, es una poderosa arma que crea y deshace épocas e ideas, que nos embelesa con falsas evidencias intentando, de manera taimada y maliciosa, clasificar lo inclasificable... el sufrimiento de los hombres.

Deberíamos – es mi muy humilde opinión – protegernos a toda costa de aquellos intentos de compartimentar la humanidad, de sus pueblos e imperios, y de los hombres y mujeres que los conformaron. No existen en esencia más de una docena de acontecimientos históricos a los que debamos atribuir la suficiente fuerza creadora o destructiva como para ser causa y no resultado. Interiorizando este silogismo – o dislate, según se mire... – en el caso español, el Imperio no entró en ninguna barrena ideológica o económica porque se perdiera en Rocroi... Se perdió en Rocroi porque, desde casi ciento cincuenta años antes, un pequeño y semidespoblado país mandó a sus tropas más allá de sus fronteras para defender unos curiosos y tozudos intereses y acabó jugando a ser Dios con una espada en la mano y una cruz en la otra, contrarestando la fuerza de sus enemigos y sus propias y nunca reconocidas carencias a fuerza de inventiva – no necesariamente entendida ésta como inteligencia… – y orgullo a partes iguales y, lo más importante, de una casi enfermiza confianza en las propias posibilidades... que le llevaron a no entender que el fin comenzó prácticamente al mismo tiempo que el principio.

El 19 de mayo de 1643, en el contexto de uno de los múltiples asedios llevados a cabo por los ejércitos españoles en Flandes, las fuerzas del Duque de Melo sitiaron la plaza de Rocroi, cuyo cerco prentendía romper el Duque de Enghien. Melo posiblemente se confía, infravalorando las capacidades de su joven contrincante – 22 años – y no toma siquiera las más elementales medidas para cerrarle el paso antes de que, cruzando un desfiladero muy fácilmente defendible, veintitrés mil hombres desemboquen en una llanura y le desafien...

Los ejércitos son muy similares, decía Napoleón... “todos se componen de hombres”... Melo y Enghien disponen a sus tercios o regimientos de manera parecida: caballería en las alas e infantería en el centro y, casi sin solución de continuidad, los franceses toman la iniciativa y se lanzan contra las alas imperiales – menos de un tercio del ejército de Melo está compuesto por españoles... – para ser rechazados y puestos en desbandada al menos en uno de los dos flancos del enfrentamiento pero, estúpidamente, las órdenes cursadas por el general imperial no llegan a las formaciones con lo que éstas no cargan contra el centro francés para aprovechar ese momentáneo instante de desconcierto. Error... el general galo es hombre temperado y, a galope tendido reune a su caballería, la agrupa, y se lanza de nuevo contra la caballería española, que ha abandonado la protección de los mosqueteros, resultando desecha, separando de paso a los tercios españoles de resto de sus alidados lo que, militarmente, equivalía a separar el trigo de la paja…

Comienza entonces la sistemática destrucción de la que hablan los libros... esencialmente, una vulgar carnicería de dos horas de duración. Los franceses caen contra la tercera línea, la de los alemanes, y los masacran sin piedad; Igual sucede con la segunda, la de los valones e italianos. Melo acude para ayudarles pero, advirtiendo que es demasiado tarde, vuelve grupas y cierra filas con lo que los franceses llamaron “la espléndida y vieja infantería española”, los tercios, que luchan bajo un huracán de fuego, se agrupan, disparan, se ayudan y vuelven a agruparse, y así una y otra vez, defendiendo unas banderas que, en cierto modo, en poco o en nada les representaban ya... Los capellanes corren por la vanguardia española intentando confesar a los moribundos resultando muchos caídos en el intento, Melo es alcanzado en un brazo y pelea manejando la espada con su mano siniestra y sus hombres, desgarrados en cuerpo y alma, se resisten a morir, sin saber que el imperio que les cobija hace ya mucho tiempo que no respira... que es un muerto viviente. Enghien, poseído por la emoción, proclamaría al día siguiente que el valor de aquellos hombres le había resultado inaudito...

No es sencillo para un hombre de nuestra época, mediatizado por los sucesos que nos ha tocado vivir – o, más acertadamente, que no nos han tocado sufrir... – entender el comportamiento de aquellos soldados, o ser capaces de mostrar siquiera una cierta empatía; uno puede leer que las últimas descargas las hicieron solo con pólvora, por carecer ya de balas, puede emocionarse, quizá, con la imagen de aquellos hombres a los que se permitió rendirse con condiciones de fortaleza asediada, es decir, sin renunciar a sus banderas, y abandonar el campo de batalla con las enseñas desplegadas ondeando al viento y sus espadas en el tahalí… Es posible que nos maravillemos ante el hecho de que, tan solo unos meses más tarde, los supervivientes de Rocroi sirvieran para constituir el núcleo de un nuevo ejército que realizó una campaña tan bien dirigida que Enghien apenas pudo sacar fruto de aquella victoria...

No es eso lo que me interesa pero no se me malinterprete por favor… vaya por delante mi respeto para todo aquel a quien le toque lidiar con parecidas circunstancias, así como mi admiración. Sin embargo, no puedo dejar de hacer notar la evidencia de que una victoria en Rocroi no hubiera cambiado absolutamente nada salvo la nacionalidad de dos o tres mil muertos. El punto de inflexión, si es que lo hubo, fue sin duda el momento en el que el primero de los soldados españoles se embarcó con destino a ninguna parte… muchos años antes de Rocroi.

“Un país se convierte en imperio a medida que se alejan los intereses de cada uno de sus ciudadanos de los del conjunto de ellos” - Kant

sábado, marzo 08, 2008

La sonrisa de Yamamoto


Soy un afortunado... ¿Qué porqué? Pues... porque tengo la suerte de trabajar en algo que no me obliga a estar todo el día sonriendo. Me explicaré: Ayer por la mañana pasé por delante de una de las cafeterías de la cadena Starbucks y, contrariamente a lo que sería normal en mí – yo soy más de pan con tomate... – me decidí a entrar y llevarme un café con leche y algo de bollería para hacerme más llevadera la mañana. Una vez dentro, no sé que es lo que más me llamó la atención, sí los desorbitados precios de los artículos que dicha cadena ofrece, o las alicatadas sonrisas de los tres ¿camareros? – si estoy en una cafetería deberían ser camareros ¿no... ? – que se afanaban en atender al público. Las sonrisas eran tremendas, máximas, superlativas... Cuando por fin llegó mi turno, una hermosa joven se afanó solícitamente en prepararme mi pedido a la vez que me preguntaba mi nombre para escribirlo en el vaso (¡!) provocando en mí una cierta desazón, como si me fueran a hacer devolverlo... y todo ello con aquella sonrisa deslavazada y enorme que, en comparación, podía certificar que, a su lado, Julia Roberts tenía “boquita de piñón”... Total que, mientras aquella joven me acomodaba mi pedido en un bolsa de cartón, un compañero suyo pasa por detrás, la golpea accidentalmente y la hace perder un poco el equilibrio, con el resultado de que mis magdalenas empezaron a estar empapadas de leche algo antes de lo esperado. La joven y el joven miran en lo que se había convertido mi pedido, se miran entre ellos... y atornillan aún más sonrisas en sus bruces, hasta el punto de parecer que iban a saltar de su cara por el efecto de la tensión...

¡Jooooooder! ¡A mí... me pasa eso... y empiezo a mentar al padre de toda la humanidad desde los Reyes Católicos y el Cid Campeador! Pero por Dios... ¿Qué sentido tiene la vida si no te puedes cabrear? Por eso me alegro de mi condición de Director Financiero: la gente asume que, al estar todo día con cobros, pagos, vencimientos, proyecciones, datos, presupuestos y cahs flows... vamos... con dinero pa’arriba y pa’abajo... tienes todo el derecho de mundo a estar todo el santo día de mal café. Y eso amigos, no tiene precio... Puedo chillar, maldecir jurar en arameo, tener el ceño permanentemente fruncido, llamar a voces a la gente, asomar la cabeza por la puerta del despacho y gritar... “Yolanda... vamos ¡coño!... ¡que es para hoy!”... y a todo el mundo le parece normal. En resumen, vivo en un continuo desahogo que a nadie extraña. Además, mato dos pájaros de un tiro: no solo puedo cabrearme “ad infinitum” sino que, como en el fondo soy tan buena persona como vosotros, tiendo al arrepentimiento... y ¿acaso para alcanzar la salvación no hay que arrepentirse?

El almirante Isoroku Yamamoto tampoco era mucho de reírse, la verdad. Normal... teniendo en cuenta el pastel que le tocó comerse... Este militar con nombre de moto de dos tiempos fue el séptimo hijo de un maestro de escuela y su nombre, “Isoroku”, significa “56” en japonés, la edad de su padre cuando él nació. Quizá por el cabreo que se cogió cuando se enteró de que se llamaba como un número de bingo, llegó a ser alférez de marina por la vía rápida y durante la guerra ruso – japonesa de 1905, en la que se comportó con excepcional heroísmo perdiendo además dos dedos de la mano izquierda, fue adoptado por la familia Yamamoto. Una vez acabada la guerra se casó y fue enviado a Estados Unidos, nada menos que a la Universidad de Harvard, donde completó su formación a todos los niveles, destacando en literatura europea y razonamiento lógico y verbal.

De regreso a su país desempeñó toda clase de cargos de responsabilidad, desde jefe de arsenales y bases navales hasta el cargo de agregado militar de la embajada de Japón en Washington. Durante estos años empezaron a revelarse ciertos desencuentros con las tradiciones niponas, sobre todo en el campo de la aviación. Yamamoto se hizo amigo de la mayoría de los agregados militares del resto de embajadas de los grandes países occidentales y, gracias a sus conversaciones con éstos y a sus visitas a las enormes factorías estadounidenses se convenció bien pronto de que, en la próxima guerra, un acorazado iba a ser tal útil como un rinoceronte blanco en el Gran Ballet Ruso. En una de sus conferencias en Japón – siendo ya Viceministro de Marina – espetó a su auditorio que la construcción de los nuevos acorazados Yamato y Musashi era, literalmente, “quemar billetes con un mechero”. Semejante afirmación, en un país en el que las tradiciones se las ponía uno al levantarse cada mañana y en el que se medía la hombría por el diámetro del tubo de los cañones – también llamado calibre... – ocasionó tal polvareda que se puso a una buena parte de la sociedad en su contra. “56”, no solo no levantó el pie del acelerador sino que se hartó de decir al que le quisiera escuchar, que Japón no tenía la más mínima posibilidad de mantener un conflicto con Estados Unidos más allá de 18 meses.

Las afirmaciones de Yamamoto no eran fruto del derrotismo sino del conocimiento óptimo de las posibilidades del enemigo... y de las suyas propias. Y, al mismo tiempo, que enumeraba los problemas en los que iba a ver en envueltos sus hombres – y, por ende, su pueblo – se dedicaba a corregirlos afanosamente, ya convertido en Almirante y Jefe de la Flota Combinada. Isoroku no deseaba entrar en guerra con los Estados Unidos pero una vez tomada la decisión por su gobierno, se dedicó en cuerpo y alma a dar a su país una posibilidad de vencer. Fue él el que decidió que Pearl Harbour debía de ser sometido por la aviación y no por un desembarco y suyo fue también plan de atacar la base. Tras su éxito, Yamamoto sufrió una terrible derrota en Midway quizá, por el exceso de confianza acumulado tras una carrera de éxitos militares que le había llevado a dominar la mitad del océano pacífico. Meses más tarde, durante la batalla de Guadalcanal, decidió visitar a sus hombres para inspirarles confianza y reforzar su moral. El cable que anunciaba su llegada fue interceptado por los americanos que desplegaron un sin fin de cazas para “recibirle”. Fue localizado y derribado, el 18 de abril de 1943.

Su muerte dejó al Japón, no solo sin un gran líder, ciertamente valiente y capaz, sino sin la única persona entre su Estado Mayor que valoraba correctamente el potencial de su enemigo... aquel “gigante dormido” que él mismo confesó haber despertado. Yamamoto luchaba, pero deseaba fervientemente la paz.

Quizá por eso, y por lo que le estaba tocando vivir, apenas sonreía...

lunes, marzo 03, 2008

Las enfermedades del mar

Algo que leer nunca viene mal...

Mi médico – al que afortunadamente veo de pascuas a ramos... – suele decir que nos preocupamos demasiado por las enfermedades, teniendo en cuenta que son parte de nuestra condición humana y nos acompañaran siempre... que, al igual que el destino último de todo buque es hundirse y el de un avión terminar acercándose contra el suelo a una velocidad absolutamente insana, el de todo hombre es enfermar, constituyendo lo contrario, prácticamente, una anatema sanitario. Claro, pienso yo... eso se puede decir si, como él, tienes casi cincuenta años, la apariencia de diez o doce menos y estás, casi a las ocho de la tarde, fresco como una lechuga; estoy seguro que a la legión de ancianitas que le vistan por la mañana, el tema les preocupa algo más y, seguro, de manera bien diferente...

Cierto es que las enfermedades se han constituido como nuestras muy fieles compañeras de viaje desde que el hombre es tal, y que, al igual que la ropa, han ido apareciendo casi por modas y ligadas a épocas concretas y problemáticas humanas bien diferenciadas. Por ejemplo... con el desarrollo de la navegación ultramarina, a mediados del siglo XVI, se generalizaron entre los pasajeros y, más aún, entre los marineros, dos curiosas dolencias que han dado para un sinfín de literatura: el escorbuto y el tifus.

La primera de ellas, el escorbuto, aún causaba verdaderas sangrías entre las tripulaciones de largas travesías en una época, en principio, tan desarrollada como los años finales del siglo XVIII. Después de meses, o a veces incluso unas pocas semanas en la mar, los marineros empezaban a desarrollar unos curiosos y muy específicos síntomas que hacían la enfermedad absolutamente reconocible; al principio, se quejaban de debilidad y falta de energía y de malestar general, trastornos que eran seguidos de violentas hemorragias alrededor de los folículos capilares, sangrados de encías, afloramiento de los dientes y una halitosis como no os imagináis. A medida que el mal avanzaba, se hacían presentes unas manchas en la piel y, en las tripulaciones de los buques de guerra, hombres generalmente víctimas de numerosas y violentas heridas, éstas acababan por no cicatrizar, volviéndose a abrir e incluso quebrándose fracturas óseas que, en apariencia, estaban perfectamente soldadas. Sin un adecuado tratamiento, el afectado moría sin remedio y, hasta pocos años antes de Trafalgar, dicho tratamiento sencillamente no existía. El escorbuto estaba tan generalizado que incluso Nelsonel vencedor de españoles y franceses – lo padeció y evitaba a toda costa reírse porque la enfermedad le había destrozado todos los dientes.

Hoy se sabe que el escorbuto solo afecta a seres humanos, primates y ¡cobayas! puesto que todas estas especies carecen de una enzima que convierte un tipo de azúcar llamado gluconato en una sustancia esencial llamadas ascorbato. En tierra, el hombre goza de una dieta que le permite complementar este déficit a base de, sobre todo, vitamina C pero en alta mar, con una dieta construida a base de insípidas galletas, trigo, avena, y apenas carne o fruta, el marinero tipo desarrollaba la enfermedad sin remedio. En el largo tiempo que los médicos estudiaron de cerca la enfermedad, notaron que los tripulantes que regularmente ingerían manzanas o cítricos eran muy poco propensos a contraer y mal y, poco a poco, se generalizó el consumo de limones y naranjas hasta que, una ración media de tres piezas de fruta o un vaso de zumo se estableció como obligatoria, figurando en las ordenanzas de las armadas de los principales países europeos. Más chocante y mucho menos apetecible era la forma alternativa de evitar el escorbuto... simplemente... complementar la dieta con las ratas que, a cientos, vivían en las bodegas de los grandes navíos de línea... ¿el porqué?... fácil: las ratas son, literalmente, una máquinas de sintetizar ácido ascórbico y constituían la mejor, aunque más desagradable manera de evitar el escorbuto.

En cuanto a la segunda de las dolencias del marinero, dependiendo de la nacionalidad de la tripulación la llamaban fiebre del calabozo, del hospital, de los barcos... y en general, hacía alusión a los escenarios donde era más probable contraerla: donde quiera que hubiese grandes grupos de gente conviviendo sin demasiado higiene, allí habría, seguro, multitud de piojos y pulgas capaces de transmitir el tifus. Quienes se infectaban padecían unas fiebres absolutamente malsanas, el pulso se les aceleraba hasta rozar la taquicardia, sufrían delirios terribles y, normalmente, morían al cabo de tres días. Por eso en los barcos españoles se conocía a esta enfermedad como “la fiebre del tercer día”...

Los galenos de los buques sospechaban que las ropas sucias provocaban el tifus aunque, curiosamente, no porque estuviesen llenas de piojos y chinches sino por el hediondo olor que desprendía el marinero medio. Una limpieza obsesiva del buque y el lavado o destrucción de la ropa de cama y las vestimentas contaminadas demostraba ser una solución efectiva contra la diseminación del tifus pero sólo si al mismo tiempo se aniquilaban las ratas de a bordo; de lo contrario éstas – que seguían portando a las pulgas y piojos infectados – volvían a contagiar a la tripulación. Además, por muy pulcro que fuese el capitán del buque, la costumbre de completar las tripulaciones con conscriptos procedentes de las prisiones no colaboraba a erradicar el mal para siempre del barco. Sin embargo, el tifus también hizo que el ser humano se devanara un poco los sesos para contrarrestarlo y los médicos se las ingeniaron para combatir el mal de una forma un poco excéntrica: como el jabón apenas enjabonaba – valga la redundancia... – mezclado con el agua salina, se empezó a lavar la ropa con una mezcla de jabón, agua del mar y orines, lo que se reveló como un poderoso aliado contra la enfermedad.

Bendito siglo XXI...

jueves, febrero 28, 2008

Hermanos de sangre

Fotograma de "Enrique V"

Enrique V fue un hombre seguro de sí mismo, con una capacidad de liderazgo fuera de lo común y una habilidad diplomática que, en una Europa en la que la mayoría de los reinos estaban divididos o en vísperas de estarlo, no tenía precio. No lo tuvo fácil; Su juventud estuvo marcada por la inestabilidad del reinado de su padre, Enrique de Bolingbroke, que casi perdió la razón a fuerza de intentar contentar a los estamentos eclesiásticos de Inglaterra, a los que debía en buena medida su acceso al trono. Durante su infancia y su juventud se produjeron tal cantidad de usurpaciones e intentos de asesinato que el pobre Enrique tuvo que aprender el arte militar y el uso de la espada, más como necesidad de autodefensa que como obligación derivada de su rango. Pero, afortunadamente, tal estado de permanente necesidad, de desconfianza, de desapego... esa tremenda de falta de cariño, de un asidero emocional en el que apoyarse... no produjo en él ningún mal irremediable ni le convirtió en un monstruo... en absoluto; Enrique emergió apoyado en su increíble valor y en su apabullante ingenio y, por encima del juicio que se pueda hacer sobre sus acciones y la época que le tocó vivir y lidiar – tremendamente diferente a la nuestra - queda fuera de toda duda que se trataba de un ser humano excepcional.

Su vida es de sobra conocida, así como sus méritos: aseguró su reino, formó un gobierno fuerte, sofocó las rebeliones de los galeses y los escoceses, conquistó Normandía y amenazó el mismo corazón de Francia, todo ello con unos recursos limitadísimos, un ejército exiguo y por momentos enfermo y desnutrido pero ejerciendo su liderazgo con grandes dosis de pasión y una firme voluntad de sacar adelante todo aquello con lo que se enfrentaba.

Afortunadamente nos han llegado testimonios de algunos de los que combatieron con él, pasaron la noche en la misma tienda o trinchera, o le siguieron a través de llanuras y pantanos... En las cartas y escritos, de muy diferentes estilos, algunas muy concienzudas y con gusto por el detalle... otras mucho más emotivas, se aprecia una visión del personaje casi idílica que costaría mucho creer... de no ser porque todas ellas coinciden en ello sin, prácticamente, ningun matiz de discrepancia. Sus compañeros, sus generales, sus amigos – que los tuvo, aún siendo Rey... – hablan de las sensaciones que sentían a su lado, de la seguridad que transmitía, y de su mirada, al parecer, absolutamente clarividente. Su jefe de suministros y materiales, Nicolás Merbury, que le acompañó en la batalla de Agincourt, en 1415, nos dice “... hablaba del amor por Inglaterra, de sus ilusiones, del calor que sentía cuando se acordaba de los que había dejado en la patria... En palabras de otro casi parecían estupideces pero... en su boca... uno se sentía obligado a creerlas”

En vísperas de la batalla, Enrique se subió a un carro y se dirigió a sus hombres en un discurso cordial y cercano pero muy firme y decidido; les habló de lo que se jugaban, de las responsabilidad para con los suyos y con Inglaterra y al parecer, les pidió – no exigió… - lo mejor de ellos mismos. Por desgracia, no nos han llegado las palabras exactas que se pronunciaron aquel día; sin embargo, nada impide leer las que Shakespeare puso en su boca un siglo más tarde en el tercer acto de “La vida de Enrique V”… porque resultan igualmente emocionantes:

Esta historia la enseñará el buen hombre a su hijo, y desde este día hasta el fin del mundo la fiesta de San Crispín y Crispiniano nunca llegará sin que a ella vaya asociado nuestro recuerdo, el recuerdo de nuestro pequeño ejército, de nuestro feliz pequeño ejército, de nuestra banda de hermanos; porque el que vierta hoy su sangre conmigo será mi hermano; por muy vil que sea, esta jornada ennoblecerá su condición y los caballeros que permanecen ahora en su lecho en Inglaterra se sabrán malditos por no haberse hallado aquí entre nosotros, y tendrán su nobleza en bajo precio cuando escuchen hablar a uno de los que han combatido el día de San Crispín

Eran otros tiempos.

miércoles, febrero 27, 2008

Triunfar

"El triunfo romano", de Rubens

Curiosa la idea que tenemos en la actualidad sobre aquel o aquellos que triunfan en la vida... Esta sociedad que tenemos, que obliga a buena parte de su población a tener que hacer tres trasbordos para llegar a trabajar, a ser afortunados poseedores de una hipoteca “gatuna” – esto es, que es necesario tener siete vidas para pagarla – o a medir el éxito profesional por lo que te cuesta la guardería en la que se aparca a los niños de ocho de la mañana a ocho de la tarde... se ha inventado una curiosa constraprestación con la que calmar al populacho: la posibilidad de triunfar… pero... ¡cuidado! no de la manera que pensamos; no caigamos en la tentación de que nuestro entorno social favorece el conocimiento o la virtud... ¡no, no, no!... nuestra sociedad favorece el resultado, independientemente del camino que se haya recorrido para llegar hasta él, o los méritos acumulados en tan complicado viaje. Al contrario que la antigüedad, donde el conocimiento era un objetivo a conseguir por sí mismo, con independencia de que luego se aplicara una, cien o mil veces, y se perseveraba en él toda la vida, actualmente se ha convertido en una excusa con la que escalar lo más alto en el menor tiempo posible, generalmente hasta que uno llega al límite de su propia incompetencia... Una vez allí, lógicamente, con el tiempo se nos empieza a ver el plumero pero, con suerte, estaremos rodeados de más incompetentes como nosotros con lo que saldremos beneficiados por el más común de los corporativismos... el de los mediocres, y con suerte, acumularemos el suficiente tiempo en nómina para ser tremendamente caros de despedir y, de propina, tener algo más con lo que adornar el currículo e intentar, de nuevo, parecer mucho mejor de lo que somos solo sobre el papel.... En eso se ha quedado la existencia del ser humano... en parecer...

Que conste que no estoy en contra de los triunfadores... ¡Nada más lejos de mi intención que dejar de reconocer el justo mérito! Pero convivo mejor con la idea de triunfo que pervivía en el mundo clásico, por más que estuviera casi ligado en exclusiva a los acontecimientos militares. En la antigua Roma, la selecta élite gobernante mantenía – o al menos lo intentaba – una serie de costumbres y exigencias sobre su misma pervivencia. Una de ella era el cultivo de la virtus, curioso e inclasificable termino latino que, salvando las distancias y nada menos que veinte siglos, vendría a ser algo así como los méritos logrados por el individuo en una cierta trayectoria, civil o militar. Cuando era de este segundo tipo, se entendía como la demostración de valor conseguida durante una guerra. En una sociedad acostumbrada a liarse a palos a las primeras de cambio, la valentía militar era especialmente reconocida por el estado y, a tal efecto, existían diversos tipos de condecoraciones y saraos para premiar a todos aquellos que se habían distinguido en el arte de zurrar la badana a la multitud de pueblos con los que los romanos tuvieron… ciertas discrepancias. Así, se otorgaban coronas al valor por haber sido el primero en subir a una muralla, haber salvado al compañero, a todo un ejército, conseguir pasar de cuartos en la Eurocopa y todo tipo de hazañas patrias.

Naturalmente, para el mando supremo del ejército semejantes historias se quedaba pequeñas; para él, había reservado un ceremonial mucho más complicado – y caro – que permitía exhibirse con la familia y mostrarse ante todo el mundo como poseedor de la anhelada virtus: era el Triunfo. Según cuenta la leyenda, los primeros hombres que fundaron Roma, principalmente soldados y agricultores, llegaron a las siete colinas sin la compañía de ninguna mujer. Acto seguido procedieron al rapto de sus esposas entre las aldeas circundantes - ¿os acordais de las sabinas? - y todo ello desencadeno en un gran conflicto armado en el que Rómulo, muy molón él, se impuso en combate singular contra el caudillo enemigo. Una vez finiquitado el problema, Rómulo se acercó al muerto y procedió a quitarle la armadura y sus armas, y las colgó en una rama de roble como trofeo. Acto seguido lideró a sus hombres en procesión, cantando viejas canciones militares y rancheras varias... Este es el verdadero origen del triunfo romano.

Con el tiempo, el desfile triunfal casi adquirió el rango de manifestación y tuvieron que establecerse muchos y variados protocolos. En la cabeza del desfile se situaban magistrados y senadores. A continuación iba el botín conseguido por el enemigo acompañado de maquetas que pretendían simular las ciudades conquistadas. Seguidamente desfilaban unos bueyes blancos, de gran porte, que estaban destinados a ser sacrificados, acompañados por los prisoneros capturados, con el objeto de ser exhibidos antes todos antes de que se les separara la cabeza del tronco… Por fín , aparecía el general en su carro dorado, tirado de cuatro caballos a ser posible blancos. El triunfador era el verdadero protagonista de toda la ceremonia, llevaba el rostro pintando de rojo – parece que por cuestiones religiosas - y se le trataba como a un rey mientras que un esclavo se situaba a su lado y continuamente le susurraba… “recuerda que solo eres un hombre” con el objeto de recordarle a cada poco su condición de mortal. Detrás de él, tenía derecho a desfilar la totalidad del ejército vencedor pero, con el tiempo, solo se permitiría que lo hiciera un grupo más o menos simbólico con el objeto de no congestionar la ciudad ni tampoco descuidar las obligaciones militares de las legiones. Los soldados iban vestidos únicamente con túnicas blancas y desfilaban desarmados – seguramente por la imposibilidad religiosa de portar armas en el pomerium, o límite más o menos místico de la ciudad tan solo “armados” con sus condecoraciones, celebrando con sus cánticos las glorias del general, o ridiculizando satíricamente sus defectos. En un triunfo de César que nos recuerda Suetonio sus soldados no hacían más que difamar a su general por sus malas costumbres, Estas canciones y los insultos que le dirigían no llevaban la intención de deshonrarlo sino de evitar las malas envidias, reafirmar de nuevo su condición de mortal ¡e impedir el enojo de algunos dioses que pudieran vengarse de él como consecuencia de sus celos!

En ocasiones, semejante espectáculo quedaba un poco deslucido por el lamentable estado en que se encontraban los prisioneros que resultaban “elegidos” para participar en el sarao. En el Triunfo de Titoel hijo de Vespasiano – que conmemoraba la caída de Jerusalén, a los cautivos judíos se les alimentó a base de bien varios días antes de la celebración con el fín de que presentaran el mejor aspecto posible y algo parecido ocurrió en la celebración de la caída de Numancia cuando a Escipión le fue virtualmente imposible reunir más que un pequeño grupo de mujeres y niños. ¡Esta claro que la intención del enemigo – es lógico – era deslucir en lo posible el acto!

Saludos

jueves, febrero 07, 2008

"Napoleon" de Richard Holmes


Título: Napoleón, Batallas y Campañas
Editorial: Librería Universitaria de Barcelona
ISBN: 9788496865075
Tamaño: 30 x 26
Páginas: 80
Precio: 39 €

Ayer me gaste los dineros, como casi siempre, en ese triángulo maldito para mí que forman la Cuesta de Moyano, la Casa del Libro y las librerías de la zona de la Calle Arenal y, como siempre, salí contento en grado sumo. Entre mis adquisiciones - alguna de ellas llevadas por la desesperación de un mal día - destaco ésta, el libro "Napoléon, Campañas y batallas", de Richard Holmes. Me gustaría empezar diciendo que no es un libro al uso: es más ancho que alto, tiene relativamente pocas páginas y el amante del ulceroso corso no encontrara, en principio, datos o enfoques diferentes a los que se pueden inferir del estudio de otras obras o de la navegación en Internet. Sin embargo, es libro justifica su precio por dos motivos... 1) la selección de fotografías, grabados, cuadros.... es, sencillamente, genial. Aparte de su cuidada selección, el papel elegido para soportarlo es de altísima calidad con lo que la imagen, destaca doblemente... y 2) cada uno de los capítulos en que se divide la obra - que son muchos y breves - se acompaña de diversas reproducciones tipo facsimil, de todo género de documentación asociada al texto, escaneada en alta calidad con lo que es posible disfrutar de, por ejemplo, la carta con la que uno de los soldados ingleses del ejército de Wellington se despide de su madre antes de la batalla de Talavera, de las anotaciones tácticas de Napoleón la noche previa a la batalla de Waterloo o del testamento político del francés, reproducido de su puño y letra. Todas estas "addendas" son independientes a la encuadernación y se pueden extraer del libro para su más fácil lectura. Además - y esto se agradece... -el libro viene protegido por una funda o carcasa, detalle que no se aprecia con regularidad en obras que multiplican por dos o por tres el precio de ésta. En suma, una obra exquisitamente cuidada que no aporta más luz de la que ya existe, pero que causa especial agrado por la infinidad de detalles con que está realizada. Yo, la recomiendo.