viernes, 17 de octubre de 2008

Domiciano (81 - 96 d.C.)


¡Que hablen de ti aunque sea mal!... curiosa frase castellana que apela a la necesidad de estar en el candelero por más que sea a base de resultar linchado dialécticamente por el resto de la humanidad. El caso es no abandonar esa posición noticiosa de notoriedad que puede hacerle a uno entrar en la historia y que se mide, quizás no por la calidad de los amigos sino por la cantidad de los enemigos. Si así fuera, Domiciano ganaría por goleada; ¡Qué difícil es generar tal cantidad de inquina! Mira que he mirado y remirado, y que he consultado escritos de muchos de sus contemporáneos pero me ha resultado imposible encontrar una palabra amable de este emperador que, aún teniendo que lidiar con una época complicada, era de traca.

Tito Flavio Domiciano nació en el 24 de octubre del año 51 después de Cristo como segundo de los vástagos del tacaño emperador Vespasiano. Muy guapo no sería, porque los primeros años de su vida los pasó en la buhardilla que su tía tenía en uno de los barrios más populosos de Roma y , aunque su padre y su hermano Tito se desplazaban regularmente por todas las provincias del Imperio, el pobre Domiciano fue drásticamente apartado de cualquier responsabilidad ¿Acaso su padre se olía algo...? No sabemos; el caso es que Domiciano era de todo menos simpático y a su agriado carácter no debió de sentarle nada bien el sentirse absolutamente desplazado a tan tierna edad.

Para esas fechas, “Domi” seguía a lo suyo... haciendo amigos... Se le acusó de amoral, de sodomita y fue calumniado hasta decir basta. Incluso por Roma circuló la leyenda de que con su hermano Tito, Emperador a la sazón tras la muerte de su padre, moribundo en su lecho de muerte, fue capaz de cubrirle de nieve para acelerar la muerte. Quizá por ello cuando por fin consiguió ceñirse la púrpura imperial tuvo especial interés en autonominarse censor, cargo con el que podía controlar y etiquetar los comportamiento del Senado, compuesto por la mayoría de aquellos que tanto le habían criticado anteriormente.

A partir de ahí, a Domiciano se le fue la cabeza completamente; Domitia, su mujer, una hermosa dama de Roma que debía de estar para mojar pan, le plantó unos cuernos de plaza de primera categoría con el actor Paris. Domiciano se divorció de ella, rebanó el cuello del Antonio Banderas de la época y no contento aún, empezó a acostarse con la hija de Tito, por supuesto sobrina suya... ¡readmitiendo a la vez en su lecho a su antigua mujer! Aquello debía ser difícil de manejar porque a los pocos años, ambas mujeres acabarían tomando parte en diversas conspiraciones para matarle.

Domiciano intentó enjuagar sus penas en el ejército pero sin suerte; mal militar, propenso a ciertos problemas de salud (era muy dado a las crisis gástricas...) resultó incapaz de soportar las penalidades de la vida castrense aunque hay que decir que a fe que lo intentó y que posiblemente era entre las legiones donde mejor se encontraba... lo que no quiere decir sin embargo que éstas le tuvieran en demasiada estima. Además, pelín envidioso como era, no pudo evitar que se le inflamaran las meninges ante los espectaculares éxitos de su general Agrícola en Escocia, lo que a la postre solucionaría desterrando a héroe britano, hecho que le granjeó – es un decir – aún más simpatías...

Sin apenas apoyos, fracasada su política exterior – se perdió una legión frente a la belicosa tribu de los Catos y Decébalo, el gran rey de los Dacios, incluso se permitió la licencia de exigirle un tributo – Domiciano empezó a ver conspiraciones por todas partes y muy pronto el ritmo de ejecuciones sumarias se volvió insoportable: Persiguió a los generales de las provincias, a los funcionarios, expulsó a los matemáticos por ¡proponer ideas subversivas!, se ensañó con los cristianos... Ante semejante panorama, una conspiración mejor planeada que las demás y que gozaba del apoyo de la guardia de palacio acabó con su vida en el 93 d.C.

Domiciano es, sobre todo, un manifiesto caso de falta de cariño; sin amor, sin amigos verdaderos y víctima de las permanentes comparaciones con su hermano, su personalidad derivó funestamente hacia la impiedad y el odio contra todos aquellos que manifestaban lo que a el le faltaba... el éxito.

Quizá toda la culpa no fuera suya...

2 comentarios:

Edem dijo...

Bueno... es que quizás fue mala suerte lo suyo.

Verás... era hijo de Vespasiano, considerado por muchos como el "sucesor moral" de Augusto. Vamos, que levantó el Imperio y sobre todo su economia desde 0, por lo que era muy querido. Pero es que a la vez, los romanos amaron con locura a Tito, que se desgañitaba por los pobres, por los pompeyanos (lo de Pompeya fue en su reinado), y por la peste.
Y los reinados posteriores, con Nerva, Trajano, Adriano, Marco Aurelio... hombre, fueron considerados la "Edad de oro del Imperio".

Lo que si me ha chocado a sido esos episodios de moral que dices. Si por algo era reconocido, era por una moral enorme, si bien, Domiciano la utilizaba para "relanzar" los antiguos codigos de conducta romanos. Por ejemplo, lo del titulo de Censor lo hizo para quitar malas costumbres. Con el, se persiguió a los Cristianos si, pero era porque atacaban a la moral y a los principios del Imperio, mas que por religion. Pero tambien atacó a cultos, y mandó enterrar viva a una Vestal por haberse dejado seducir.

Creo que su gran error, mas que otros, fue atacar a Agricola. Porque?. Porque Agricola era pariente de Tito Livio, y este se dedicó a difamarle (una vez muerto, claro), y a buscar "las bondades de la republica".
Este Emperador, a mi entender, fue mal entendido, como lo fue Nerón, que no fue ni de lejos un mal Emperador. Solo con mala prensa, quizás.

Un saludo de Edem.

Caboblanco dijo...

Hola Edem.

No defiendo en ningún momento que fuera mal emperador. La historiografía moderna (especialmente la alemana, la más importante de ellas) está revisando la actuación de este emperador y parece que llega a la conclusión de que fue un emperador mediocre tirando a normalito. En cuanto a su obsesión por la moral, fue más encaminada a fastidiar la vida al senado, su gran enemigo, que a otra cosa.

Ciertamente, pudo ser malentendido como cualquiera pero algo de agua llevaba el cántaro cuando se rompió.