martes, 21 de octubre de 2008

Y otro puente


...Siguiendo con el tema del Rhin, conste que estamos hablando del río más caudaloso de Europa (más que el Danubio, incluso...) y que, atención, en algunos puntos de su recorrido la distancia entre ambas orillas puede establecerse en 650 metros con una profundidad máxima de 23. Tomando como referencia los ríos patrios, no hay comparación posible. En tiempos de Julio César y de sus guerras galas, el Rhin aún no era la frontera administrativa del Imperio – de hecho, ni siquiera había Imperio – sino una especie de límite psicológico que separaba, teóricamente, a las poblaciones de origen galo de las de ascendencia germánica. Eso, en realidad, no era así en absoluto porque había algunas tribus galas en la margen derecha y algunas germanas en la margen izquierda, lo que daba lugar a enfrentamientos y variados ajustes de cuentas... y como estas “mini invasiones” estaban tomando un preocupante matiz – sobre todo desde que a las tribus germanas de los Téncteros y los Usípetos les daba por ir a comprar el pan al otro lado del río – Julio César decidió intervenir, por aquello de tener el patio de casa tranquilito...

El asunto no era sencillo; una cosa es que una banda de germanos cruce el Rhin en un par de botes para calentar la cabeza a los antepasados de Napoleón, y otra muy distinta pasar al otro lado del río a una o varias legiones con impedimenta, tren de avituallamiento y equipajes varios; lógicamente, era necesario un puente. A Julio no se le ocurrió otra cosa que elegir como emplazamiento del mismo un lugar – cercano a la moderna Coblenza – en el que el río tenía una anchura de 500 metros y una profundidad de casi 8. La cara que debieron poner sus ingenieros cuando se bajo del caballo y señaló la orilla debió ser de no creer pero, como en las legiones no mandan marineros, toco ponerse a ello con la mejor de las sonrisas... y lo lograron.

Primero de todo, se construyó un campamento fortificado a orillas del Rin para las legiones y del que partiría el mismo puente. Mientras centenares de legionarios se afanaban en talar los cientos de árboles del tamaño necesario para la construcción, los armeros de las legiones moldeaban y soldaban las complicadas piezas que servirían de molde, los engranajes e incluso los clavos y remaches... de los que hubo que hacer miles. El procedimiento, aún simple, tenía tela: Primero se clavaban en el lecho del río los gigantescos maderos que soportarían su estructura, ligeramente inclinados a favor de la corriente; para clavarlos era necesaria una enorme balsa, primero atada a la orilla y más tarde a los postes ya colocados, que disponía de una piedra pesadísima que hacia las veces de martillo y que manejaban legionarios que portaban complicados arneses. Cuando dos de las vigas estaban alineadas se unían con un tercer poste y, sucesivamente, se tendían entre ésta y la anterior los maderos que conformaban la calzada. Por último, unos cuantos metros por delante de estos “pilares” otra ingeniosa construcción en forma de cuña ayudaba a desviar los posibles objetos que, al amparo de la corriente, podrían impactar en el puente. ¡Una obra de diez!

Y así debió de ser; de las tribus que se preparaban para dar el salto y entregarse al saqueo en la otra orilla, no quedaron ni los rescoldos... El impacto de la construcción del puente – con todos mis respetos, algo similar a cuando nuestros padres vivieron a Amstrong poner el pie en la luna... – fue de tal calibre que las incursiones germanas pararon durante unos años e, incluso, Julio César fue tan bien considerado por su logro que los mejores jinetes germanos se alistaron gustosamente en sus filas, encantados de unir su destino a aquel que había sido el responsable de tamaña hazaña.

PD: El puente duró 10 días en pie. Los romanos cruzaron el río, hicieron una demostración de fuerza y se volvieron sobre sus pasos tan ricamente, destruyendo la obra que tanto esfuerzo les había costado realizar. Cumplieron la máxima de las legiones... aprovechar lo aquello útil del enemigo e impedir que aquel pueda aprovechar nada de lo propio. Las ideas, muy claritas... y eso que solo corría el año 55 a.C

2 comentarios:

Hispa dijo...

Una de las cosas que más me chocó cuando hice mi entrada sobre este tema fue el desprecio con que Napoleón comenta la -según él- poca importancia que tuvo en el aspecto de la ingeniería la construcción de este puente. Como se suele decir: "Más quisiera el gato lamer el plato".

j p dijo...

Desde luego, Julio dominaba (aparte del arte de construir puentes) el arte de la guerra psicológica. Les demostró a los germanos que podía cruzar el río más caudaloso por donde quisiera y cuando quisiera, darse una vueltecita por sus tierras yluego volver y destruir el puente porque en cualquier momento, si le apetecía , podía construir otro igual. Buen ejemplo de guerra psicológica.
saludos