miércoles, 26 de diciembre de 2007

La batalla de los tres Reyes, 4 de agosto de 1578

Sebastian, de primera comunión

Tengo un amigo, muy amigo, que posee un negocio dedicado a la venta de plantas, abonos y achiperres varios… un vivero, vamos. Entre nosotros siempre tuvo fama de despreocupado, pasotilla y algo ocurrente, en parte porque lo era (es) y en parte porque, al ser el más joven de todos nosotros, tampoco le resultaba muy difícil erigirse en el más dicharachero de toda la pandilla; ya sabeís… en el país de los ciegos…

El caso es que una mañana me aventuré a dar una vuelta por su negocio. Y mientras un servidor se entretenía entre arizónicas y geranios e intentaba algo parecido a la cuadratura del círculo vegetal – es decir, distinguir una planta de interior de otra de exterior… - se presentó por la zona de caja una buena mujer, bastante peripuesta y completamente embutida en un abrigo de aquellos que resultan imposibles de pagar al contado. La “Pitita” de marras – dicho con todo el respeto que me merecen las pititas – llevaba en su regazo una coqueta planta de flores diminutas, de varios colores y, mientras decidía con cúal de todas sus tarjetas iba a hacer efectiva su compra – jamás ví semejante cantidad de plástico, ni siquiera en un contenedor de los amarillos… - le preguntó a mi amigo: “Caballero… ¿Esta planta es de regarla mucho o de regarla poco… y mejor por la mañana o por la tarde… y debo dejarla al sol… y … y…?”. Mi amiguete, que bastante tenía con no estamparse con el saco de mantillo que estaba a punto de hacerle perder el equilibrio, le miró con escasa empatía y respondió… “Pues, lo que le vaya pidiendo la planta señora…”

El caso es que, bien mirado, lo que parecería un vano intento de zanjar una conversación no deseada es también una verdad como un templo; no hay dos seres humanos iguales, ni tampoco dos personas que reaccionen igual ante un trato semejante. Cada cual exige un entrenamiento, una atención y incluso un cariño diferentes y lo que, para Pepe puede resultar la mejor de las soluciones, a Juan puede condenarle de manera irremediable. Para contrarestar esto, el creador nos otorgó a los humanos el, quizás, más preciado de nuestros dones, la facultad de quejarnos… ¡Que sí, que sí! El ser humano se queja, resopla, frunce el ceño, se enrabieta… esto es, emite señales que, bien interpretadas por el educador – bizarro vocablo, algo caído en el olvido – atisban nuestros límites y favorecen el aprendizaje. Igual que el dolor es un mecanismo de autodefensa, la queja suele ser un banderín que muestra aquello sobre lo que hace falta incidir… o dejar de presionar.

Lamentablemente, o Sebastián de Portugal no se quejó la suficiente, o si lo hizo, sus educadores no vieron que se encendía una luz de alarma en su panel de aviso. Claro que, teniendo en cuenta que este pobre chico se las tuvo que ver con media docena de Jesuitas de la peor especie – tambien los hay de la buena, lo aseguro… - poco pudo hacer. El caso es que, su aprendizaje se redujo a una sola asignatura, “cruzada, cruzada y cruzada” y nulo cariño y, para cuando este hijo de Juan de Portugal y Juana de Austria alcanzó la madurez, estaba absolutamente logotomizado y lo único que tenía en su cabeza eran muchos pájaros y una obsesión: conquistar para el país de las toallas todo el norte Africa.

La empresa no era en absoluto baladí; A pesar de que el Rey Marroquí Muhammad Al-Mutaxakkil acababa de ser licenciado – contra su voluntad – y se había dirigido a nuestro protagonista reclamando su ayuda, los consejos y advertencias recibidos en sentido desfavorable para con su causa eran legión. Ni siquiera Felipe II, por lo general bastante accesible para cualquiera que le solicitara ayuda esgrimiendo la causa cruzada, mostró demasiado interés en el proyecto así que cuando el de Portugal le demandó su ayuda, Felipe autorizó que reclutara mercenarios españoles y le proveyó de numerosos carruajes y animales de tiro pero no consintió en cederle ni uno solo de los soldados de los Tercios que, en aquellos días, valían su peso en oro.

Pero Sebastián seguía a lo suyo; a pesar de su naturaleza enfermiza, de su bipolaridad manifiesta, de su nula capacidad de abstracción y de su poca preparación militar, desembarcó en Arcilla con diecisiete mil hombres y, tras descansar y contarlos a todos – supongo… - se dirigió a la plaza de Alcazarquivir. Allí, la víspera del 4 de agosto de 1578, manifestó ante sus generales las líneas básicas de su “programa”: uno, que nada más alzarse con la victoria iba a escabechar a cualquier judío que se encontrara de frente y dos, que no había que temer… “puesto que era la cruz la que sin duda iba a dar buena cuenta de la media luna”… Todo muy profesional ¿verdad?

Finalmente y a pesar de las advertencias de los españoles – veteranos de aquellas tierras y buenos conocedores de aquellos con los que se iban a enfrentar – los dos ejércitos se encontraban a orillas del río Makhazín o de la “podredumbre”. La batalla fue extremadamente dura y por momentos caótica; se dice que durante gran parte del enfrentamiento se levantó una tormenta de arena que impedía a los ejércitos acometerse. Además, los informes portugueses – si es que los había… - pasaron por alto la presencia de un fuerte contingente de caballería mora, especialmente entrenada para disparar arcabuces a caballo. El resultado final fue una completa derrota de las fuerzas cristianas, con 8.000 muertos y la práctica totalidad del resto prisioneros. Aquel día murieron, no solo Sebastián sino también los dos sultanes que se disputaban el trono de Marruecos, el buen poeta español Francisco de Aldana y lo más florido de la nobleza portuguesa. A resultas, el enfrentamiento empezaría a ser conocido en toda Europa como la Batalla de los tres Reyes.

Cuando nuestros vecinos conocieron la derrota, el país entero se vistió de luto porque no había familia que no hubiera tenido que lamentar alguna pérdida, pero también porque, a pesar del carácter ciertamente iluminado e irreal de su soberano, era adorado por la mayoría de su pueblo que lo tenía por un romántico caballero víctima de las intrigas de la Corte. Su cuerpo nunca apareció, por más que varios escuadrones de caballería lo buscasen a conciencia, quizá porque robaron sus ropas y quedó desfigurado por las altas temperaturas y las alimañas. Esto originó uno de los más grandes mitos del país vecino, el Sebastianismo, o esperanza que aún mantienen algunos de que el soberano vuelva a mostrarse carne y reclame su trono…¡Ay mi madre!

Quizás el mayor beneficiado de todo este embrollo fuera el taciturno Felipe II que, aprovechando la bancarrota y el desgobierno en que quedo sumido el mayor consumidor de bacalao del mundo, anexionó Portugal en 1580.

Esperemos que si vuelve, le apunten a otro colegio...

CLAVES PARA ENTENDER LA BATALLA DE ALCAZARQUIVIR.

1) Sebastián de Portugal tenía tan sólo 24 años y nula esperiencia militar.

2) La quinta parte de la expedición era personal no combatiente: esposas, hijos, mercaderes... y meretrices.

3) Felipe II no consintió retirar ningún Tercio de Flandes y tampoco accedió a movilizar el que, en aquellos momentos, se reorganizaba en Napoles. En parte, los recelos de Felipe obedecían a un cierto mosqueo con la política equidistante de Sebastián con respecto a las Islas Británicas: mientras que ofrecía asilo a católicos irlandeses y escoceses, firmaba tratados comerciales con la Reina Isabel a discrección, para asegurarse un trato "preferente" ante los ataques piratas de los hijos de la Gran... Bretaña.

4) El monarca portugués no hizo caso de un máxima principal que, aún hoy, (corrígeme si me equivoco "Turu") todos los ejércitos del mundo tienen presente: no separarse del agua. La práctica totalidad de los que cayeros prisioneros estaban, al parecer, deshidratados.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Conrois

El Gran Capitán contempla el cadaver del duque de Nemours, tras la batalla de Ceriñola...

En el artículo anterior aparece un término francés, "Conrois", que hace referencia a un tipo especial de maniobra de militar. El conrois es basicamente, una carga de caballería pesada que tiene como objetivo desbaratar las primeras filas enemigas, rompiendo el frente y desorganizándolo. Fue una maniobra muy utilizada por los jinetes franceses y alemanes, en menor medida por los ingleses y de manera casi testimonial por los españoles, más influenciados por las tendencias árabes en materia de doma y monta. En la maniobra, un centenar o más jinetes, montando caballos de guerra pesados - generalmente de raza frisona - juntan filas, se aprietan y se lanzan a la carrera en forma de cuña, en una o dos filas, lanza en ristre, buscando llevarse por delante lo primero que encontraran. El efecto solía ser demoledor; contra un conrois, la única posibilidad era una fila de estacas puntiagudas - al estilo de los arqueros ingleses -... u otro conrois. Sin embargo, ser "conroisista" tenía sus peligros: por un lado, una caída del caballo solía ser mortal porque se corría el riesgo de partirse el cuello o de ser pisoteado por la segunda fila de compañeros. Por otra parte, aún teníendo éxito en la carga, lo normal era que la montura acabara frenada en medio de un mar de soldados enemigos y ahí, el caballero era muy vulnerable a los hombres de a pie del otro bando, deseosos de clavar su puñales entre las juntas de su armadura...

Con el paso de los años, la especialización de los soldados y la aparición de las armas de fuego, el conrois fue perdiendo importancia y, a finales del siglo XV se mostraba ya ineficaz. ¿El culpable? el soldado español de los Tercios, a pie, muy móvil y armado con arcabuz...

domingo, 16 de diciembre de 2007

¡Qué harias tu sin mí!


Es curioso comprobar la cantidad de circunstancias, ideas o personas que son algo en función de tal o cual cosa; quiero decir, a veces es más sencillo explicar a alguien, determinar su contenido es función de su negativo, de aquellos contra lo que luchó y que representan todo lo contrario. Estas intensas dualidades contrapuestas justifican, por sí solas, siglos enteros de historia y conocimiento: sabemos del leopardo gracias a la gacela, de los celtas por mor de los romanos, concebimos el renacimiento como una reacción violenta y natural contra la oscura edad media o al proletariado como la espada justiciera frente al capitalismo. Con las personas, estos antagonismos se acentúan: es imposible estudiar a Julio César sin reparar en Vercingetorix, A Felipe II separado de Isabel de Inglaterra o a Napoleón de Wellington. Naturalmente, hay ocasiones en que los personajes son tan irrelevantes que cuando se contraponen, más que ensalzarse mutuamente parecen aún más prescindibles e gratuitos, tal es el caso de cierto presidente de gobierno y de cierto líder de la oposición pero ¡no temáis!... me voy a ocupar de personalidades ciertamente más interesantes.

Salah Al-Din Yusuf Ibn Ayyub es el molón nombre con el que sus tropas – y la totalidad del pueblo musulmán – conocían a Saladino, espejo de todas las virtudes, caballeroso guerrero, magnífico estratega y, sobre todo, terrible quebradero para todo el occidente cristiano. Saladino, como Sadam Hussein, nació en Tikrit, en 1137 o 1138. Cuando murió – de muerte natural, no como su paisano... – se había convertido en el jefe militar más famoso que combatió contra los ejércitos cristianos en la Tercera Cruzada y, que duda cabe, en protagonista indiscutible de la misma.

En cierto sentido, Saladino nació con el pan debajo del brazo. Fue educado desde pequeño en el cultísimo ambiente de la corte oriental de la Siria árabe, donde, aparte de comer con cubiertos, fue instruido en el arte militar. Probablemente esto último se le diera de campeonato porque con solo veinte años fue promovido a jefe militar de la guarnición de Damasco, y cuatro años más tarde, volvió a Alepo como edecán de Nur al Din, el gobernante de la práctica totalidad de oriente medio. A la muerte de éste, Saladino lo vio claro: inmediatamente cubrió de tierra el cadáver del muerto, entonó aquello del “¡todos al suelo... !” y extendió su voluntad sobre Damasco, Alepo, la mayoría de Egipto y Mosul... y todo ello, teniendo sumo cuidado de no encontrarse con los ejércitos cristianos y chocando solo ocasionalmente con ellos. Lamentablemente para aquellos raciales seguidores de la cruz, este inteligente gesto de contemporización les provocó una impresión equivocada, llegando a tildar a Saladino de “cobarde mujerzuela”... Poco iban a tardar en comprobar que “Dino” avanzaba lento... pero seguro.

En 1187, una vez reunidas unas buenas decenas de miles hombres, Saladino tocó a rebato y emprendió una Yihad o guerra santa contra los estados cruzados, en particular contra la ciudad de Jerusalén, ocupada desde hacía años por los cristianos. Su campaña culminó, brillantemente, con la gran victoria de la batalla de Hattin, el 4 de julio, donde los cruzados fueron salvajemente caneados. Cinco después, caía Acre y para principios de septiembre la práctica totalidad de la costa de Palestina y oriente próximo estaba en manos de Saladino. Entonces, con los ejércitos cruzados dispersos o destrozados, dio media vuelta y exigió la capitulación de Jerusalén, que capituló el 2 de octubre.

A los países europeos, que hasta ese mismo momento solo se dedicaban al hermoso deporte de intentar partirse la crisma entre ellos, la pérdida de Jerusalén les sentó fatal así que no fue difícil posponer momentáneamente viejas rencillas y lanzar una formidable expedición militar dirigida por ¡ahí es nada! tres sandungueros reyes europeos: Ricardo corazón de león, Felipe II Augusto y Federico el Grande, alias “barbaroja”. Conviene aclarar aquí un punto que no carece de importancia; de esta terna, los dos últimos eran consolidados dirigentes e incluso veteranos cruzados. Ricardo – en ese momento Ricardo de poitou – solo asistía al espectáculo como conveniente complemento, toda vez que acudía como sustituto de su padre Enrique II que falleció sin poder cumplir su promesa de reconquistar los Santos lugares – si es que alguna vez tuvo intención de hacerlo.

Sin embargo, el papel asignado al inglés se tornó preponderante casi desde el principio. De camino hacía Tierra Santa, Federico el Grande se interno en un caudaloso rió con un curioso traje de baño... una armadura de casi 40 kilos. Naturalmente, en cuanto que un renuncio del caballo le hizo caerse de su montura, se sumergió de forma irremediable en aquellas frías aguas y fue imposible rescatarle. En cuanto a Felipe, lo mejor que se puede decir es que entre sus propias tropas tenía fama de “flojo” por lo que, como he dicho, a Ricardo le tocó el premio gordo casi por eliminación. Afortunadamente, pronto iba a demostrar que estaba a la altura de las circunstancias.

Nada más llegar, Richi the lion, que fomentaba entre sus tropas la humildad, el recogimiento y la abstinencia, quedó sobrecogido por la dejadez – por llamarla de alguna manera – en la que habían caido los cruzados que ya llevaban un tiempo en Tierra Santa. Cuando inspeccionó barracones y cuarteles vio caballos enfermos, armas sin afilar y una auténtica legión de concubinas y prostitutas que vivía cómodamente dentro de las dependencias de las propias fortalezas. En una de estas visitas animó a un escudero a que le mostrara su manejo de la espada... solo para escuchar horrorizado que no sabía manejarla; Ricardo, descorazonado, le forzó entonces a ensillar un caballo lo que el azorado joven hizo estupendamente...¡colocando la silla al reves!

Mientras Ricardo se recuperaba del pasmo, Saladino no descansaba. Su caballería, que era mucho más ligera y móvil que la cristiana – posiblemente para combatir el calor – se entrenaba a marchas forzadas para hacer frente a los conrois de caballeros con los que las tropas del Rey inglés solían empezar la batalla. Saladino no pudo hacer nada para evitar la nueva pérdida de Acre pero se dedicó a hostigar las caravanas de avituallamiento de los cruzados así como a su flota, impidiendo así una fluida llegada de provisiones. El 23 de agosto, Ricardo, tras ordenar una matanza de prisioneros musulmanes – vaya usted a saber porqué... – puso rumbo hacía el sur, guarnecido por compañías de arqueros y ballesteros, para defender y asegurar los puertos. Saladino, al acecho, se dedicaban a molestar todo lo posible a sus enemigos, con ataques nocturnos y continuos amagos que terminaron poniendo a los europeos al borde de un ataque de nervios. Una mañana, el musulmán ordenó a sus mejores arqueros acercarse lo suficiente para lanzar un masivo lanzamiento de flechas y desbaratar la caballería cristiana pero Ricardo, que era un zorro, tenía preparada una contestación a la altura de su rival; los caballeros cristianos desmontaron rápidamente y utilizaron sus caballos de parapeto hasta que las descargas moras amainaron. Cuando los musulmanes empezaron a estar faltos de saetas aparecieron escuderos a la carrera portando nuevos caballos, y los caballeros se lanzaron en una carga decidida y brutal que aunque no consiguió el embolsamiento masivo que pretendía, sorprendió a gran parte de los arqueros de Saladino desprotegidos, escabechando a gran parte de ellos.

Lamentablemente para los cristianos – y afortunadamente para Saladino – ambos ejércitos estaban cansandos, habrientos y faltos de suministros de toda especie... y este hecho motivó que ambos dirigentes se decidieran a emprender una bulliciosa correspondencia epistolar – no exitía el messenger... – en la que cada uno intentaba llevarse al otro a su terreno. Las conversaciones, que sin duda abarcaban todo tipos de asuntos geoestratégicos y políticos, empezaron a tratar de temas más personales y acabó surgiendo una cierta afinidad entre ellos, sin duda favorecida por el respeto con el que se trataban. Unas semanas más tarde se firmaba un tratado que establecía, amén de otras minucias, el libre peregrinaje de los cristianos al mismo Jerusalén. Saladino lo firmó enfermo y en medio de terribles estertores, muriendo semanas más tarde en Damasco. Eran finales de 1193.

Al igual que la relación entre estos dos magnificos personajes, la tercera cruzada acabaría en tablas. Y, ciertamente, cuando un combate acaba en tablas, puede considerarse sin lugar a dudas como una victoria para el defensor. Para acabar de complicar las cosas, en el camino de vuelta, Ricardo fue capturado por Leopoldo V, Duque de Ausburgo y entregado al emperador del Sacro Imperio. Ricardo sería liberado un año más tarde a cambio de un cuantioso rescate... solo para encontrarse de bruces con la conspiración entre Felipe – su antiguo aliado – y Juan sin Tierra – su taimado hermano, ese que hacía de león en la película de Disney. Tras más de cinco años defendiendo sus derechos moriría, en 1199, ante los muros de Chaluz, en Francia.

Ricardo era alto, apuesto y molón; tenía una tremenda fuerza física y era valiente hasta la temeridad. Por otro lado era obstentoso, con un peculiar sentido de la justicia, con escasa capacidad de abstracción y enormemente voluble. En cuanto a Saladino, a sus tremendas dotes militares unía una bien merecida fama de misericordioso y una enorme facilidad para combinar política y economía y, ciertamente, se le puede calificar de verdadero triunfador de la tercera cruzada al menos, en lo psicológico. En su relación, en sus vivencias y sufrimientos y, sobre todo, en sus cartas, se resume un siglo largo de odio e incomprensión de buena parte de la humanidad para con la otra. Ambos, cristianos y musulmanes, tentarían a la suerte cuatro veces más, con parecidos resultados.

¿Y las que quedan?

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Diocleciano, 284 - 305 d.c

Palacio de Diocleciano, en Split.

Del mismo modo que Diocleciano acabo siendo más ilustre que la mayoría de sus predecesores, su nacimiento fue de lo más oscuro y miserable. Sus padres fueron esclavos en la casa de Anulio, un senador romano bastante bonachón y sandunguero y es probable que, a su abrigo, la habilidad de su padre como escriba le facilitara la obtención de la libertad y la posibilidad de ganarse la vida con este oficio, por otra parte muy común entre los libertos. Y ya que desde esta humilde posición fue capaz de impulsar a su vástago desde los cargos más humildes del ejército hasta la responsabilidad más alta del imperio, se hace imprescindible honrar al padre antes que al hijo.

Pero centrémonos: Diocleciano era dálmata, esto es, nacido en Dalmacia, un territorio que se correspondía poco más o menos con la antigua Yugoslavia y que se caracterizaba por otorgar a sus hijos personalidades recias, frugales y belicosas, pero nuestro protagonista atesoraba, además de estas, otras virtudes más relacionadas con la calma y el raciocinio. Semejante dualidad ha motivado que la mayoría de los historiadores relacionen al personaje con actitudes dubitativas o faltas de “punch”; nada más lejos de la realidad… El valor de Diocleciano siempre estuvo a la altura de su responsabilidad y el deber pero, al parecer, ni poseyó el espíritu osado del héroe que va al encuentro del peligro y de la fama, ni cultivó el gusto por las ejecuciones ni el derramamiento de sangre. Simplemente, se distinguió más como hombre de estado que como guerrero y no empleó la fuerza cuando sospechó que el objetivo era alcanzable por otro fines… virtud que en la actualidad parece más necesaria que nunca y que denota firmeza de carácter más que cualquier otra.

Más, como digo, tampoco le temblaba la mano; pasó la mayor parte de sus primeros años en interminables campañas a lo largo del Danubio, guerreando con una infinidad de pueblos poco dados a la conversación y sí al guantazo… y se le daba de maravilla. Desarrolló una extraordinaria carrera con los emperadores Aureliano y Probo y llegó a ser el jefe de la guardia personal de Numeriano, cargo para el que se adivinan necesarias grandes dosis de confiabilidad además de mando. A la muerte de éste por orden del Prefecto del Pretorio, Diocleciano desenmascaró al usurpador y le ejecutó, más para escarmentarle que como vía para conseguir sus fines personales pero ¡Ay…! cuando se quiso dar cuenta, el ejército le aclamaba emperador en plan torero en Nicomedia el 20 de noviembre del 284, seguramente porque detectó en él las condiciones para acabar con la anarquía que, de hecho, asolaba el Imperio desde hacía ya muchos años.

Diocleciano apenas tuvo tiempo de jurar el cargo; el día después de su proclamación salía a uña de caballo al encuentro de Carino, un aprovechado bastante gris que pretendía convertir en su feudo particular la parte occidental del Imperio, derrotándolo a pesar de contar con ejército que era ciertamente de chiste. Inmediatamente, quien sabe si contrariado por la inmensidad de sus dominios, hizo a un camarada de armas, Maximino, César y lo despachó a someter la rebelión de los bagaudas en la Galia y, a su regreso, ofreció otra prueba de que su sentido de la justicia y la responsabilidad estaban por encima de su ambición: proclamó a “Maxi” corregente, convencido de que, en aquellos tiempos sin teléfono móvil, era mejor repartir el marrón entre dos manos fuertes que en una sola y más despiadada.

Con la llamas de la guerra apagadas, los caminos más seguros y la gente mucho más convencida sobre la posibilidad de un futuro próspero y mejor, Diocleciano se puso manos a la obra con su verdadero plan: devolver a Roma a la tranquilidad mediante uno de los programas reformadores más eficientes de su tiempo para así, restaurar un Imperio que en los últimos tiempos solo se aparecía de cuando en cuando: se potenció la agricultura – muy maltratada por tantos años de guerras y saqueos – el comercio y la artesanía, reformó la administración, creo un sistema “provincial” que mejoró la gestión de los recursos públicos y acabó – en parte – con la corrupción, y… fue el responsable de, posiblemente, la persecución contra los cristianos más dura de todos los tiempos. El motivo de tal saña, aunque nos repugna, también nos resulta casi comprensible: en el modelo de estado unitario que propugnaba, en el que la esclavitud era esencial para el funcionamiento económico de la sociedad, aquellas gentes que hablaban continuamente de igualdad y perdón no podían dejar de resultar subversivas. Diocleciano se lanzó contra ellas con saña, ejecutando a miles y contribuyendo, a su pesar, a dar un buen empujón al santoral.

Pero su gran aportación será la instauración de la tetrarquía, complicado palabro que resume la división de las funciones ejecutivas del Imperio entre dos Augustos y dos Césares. Diocleciano se quedó Egipto y Asía – posiblemente porque prefirió manejar las relaciones con los persas, que ya aparecían por el horizonte como un buen “marrón” – otorgó a Galerio los Balcanes, a Maximiano, Hispania, Italia y el África, y a Constancio Cloro la Galia y la Britannia. En este curioso formato de poder, cada Augusto abdicaría de sus funciones en su respectivo César al cabo de 20 años, y así sucesivamente. Y lo mejor es que lo cumplió…

Diocleciano se retiró a una coqueta villa en Spalatum, muy cerca de la actual Split y, quien sabe, de su presunto lugar de nacimiento, y ni siquiera la abandonó cuando Maximiano le solicitó su ayuda para intervenir en la grave crisis que su sistema de sucesión “patentado” estaba a punto de crear. Allí, en medio de un huerto bien trabajado y cuidado, fue donde Diocleciano espetó a su contrariado visitante... "¿Has visto que hermosas crecen mis coles?”

Murió, de muerte natural, en el 313 d.C.

martes, 11 de diciembre de 2007

Aclaración a "Camarero"

Hola a todos.

A requerimiento de uno de los lectores paso a aclarar un punto del artículo “camarero”, publicado hace unos días. Cuando hacía referencia a que “… se les debían 37 mensualidades”, hay que entender el asunto en su justa medida. Evidentemente, nadie que coma tres veces diarias puede subsistir demasiado con semejante desbarajuste de cobros. Para paliar estas situaciones – que no eran nada inusuales en la España imperial – existían varias posibilidades; por un lado, el capitán podría “adelantar” determinados importes de sus propios dineros para la manutención de los hombres. Estas cantidades recibían el nombre de “socorros”, el mismo que las monedas que los hombres de los Tercios ingresaban en una caja común para completar el sueldo de capellanes y cirujanos, y evitar a matasanos y hombres poco piadosos. Si no era posible que el capitán financiara el retraso, quedaba el recurso al saqueo, que tampoco era nada infrecuente en esos días. En este caso, o bien los soldados arremetían contra la plaza de turno o bien la plaza pagaba una fuerte cantidad – si la tenía – para evitar el desmadre posterior, y esta cantidad se repartía entre los hombres.

Curiosamente, Farnesio era muy dado a ofrecer capitulaciones honrosas a las ciudades que asediaba, circunstancia que contrariaba a sus tropas sobremanera ya que eliminaba la posibilidad de botín.

Además y volviendo al tema de los atrasos, fue práctica corriente que se pagara primero a las tropas alemanas y valonas que, al tener fama de levantiscas, eran muy dadas a desertar en caso de impago de sus honorarios. Esta necesidad de tenerles contentos ocasionaba enormes atrasos para con las tropas italianas, irlandesas y sobre todo españolas, que quedaban pendientes de la puntualidad con que llegarán los metales preciosos de las Índias. Por eso y por alguna cosas más – como la costumbre alemana de beber cerveza, que los españoles tildaban de orín de caballo... o no poco sufridas que eran los germanos a la hora de soportar asedios o tiros de artillería...- las relaciones entre las nacionalidades que integraban el orden de batalla “español” no eran muy fluidas, y no era raro que, de cuando en cuando, se escapara algún arcabuzazo.

Por último, el record mundial de impago no son los mencionados 37 meses…

Saludos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

¡Camarero!

Alejandro Farnesio, de domingo...

A veces, a los humanos nos gusta o bien parecer lo que no somos, o bien hacer de otros, ya sea para intentar pasar desapercibidos o escapar de algún entuerto – mala señal... – o, en ocasiones, con la sanísima intención de echarnos unas risas; Lo de adoptar un rol ajeno parece que es cosa muy moderna pero nada más lejos de la realidad: en culturas como la romana o la azteca, determinadas fiestas se celebraban intercambiando las poses de dueños y esclavos por una noche. Así, los amos se transformaban en siervos y “permitían” toda una suerte de chanzas y burlas a sus nuevos “dueños”, eso sí, con la seguridad de que, al salir el sol, las cosas iban a volver a la normalidad con lo que ¡pobre de aquel al que se le hubiera ido la mano más de la cuenta!... Esta farsa me recuerda a esas personas que se afanan en autoproclamarse amantes de la soledad, y que olvidan que la mayoría solo cultiva un tipo de ella... aquella de la que uno puede prescindir cuando se canse y como quiera...

En fin... en la España Imperial también eran más o menos frecuentes estas curiosas bromas, las más de las veces, escenificadas con motivo de la conquista de alguna ciudadela o plaza señalada. Uno de los gerifaltes que más uso hizo de esta “tradición” fue el Duque de Parma, Alejandro Farnesio, aunque, si acaso, las mayoría de las veces lo hacía con la sincera intención de agasajar a aquellos que, entre sus tropas, más se habían distinguido en la batalla y no utilizándola como una frívola manera de pasar el rato.

Cuando el 17 de agosto de 1585, Amberes, posiblemente la ciudad más rica y suntuosa de la época, se rendía a los tercios españoles, los generales del Duque y algunos arribistas varios y vencedores del último momento empezaron a preparar un banquete que debería ser recordado por los siglos de los siglos. Los habitantes de la ciudad, que estaban deseando congraciarse con sus nuevos dueños, ofrecieron una hermosísima vajilla de oro y plata para celebrar la cena, vajilla compuesta por cientos y cientos de platos, a cual más hermoso. Mientras Alejandro recorría el hospital de campaña español, lleno a rebosar de heridos y mutilados de todo porte, uno de sus sirvientes le dio cuenta del homenaje que se le preparaba y “sondeo” su predisposición a oficiar, al menos un rato, como camarero del evento, en plan “vamos a echarnos unas risas...” Alejandro, al parecer con los ojos fríos como el acero, sonrió socarronamente y dijo...

- Haré de sirviente, no lo dudeís... más no para quien estás pensando...

Aquella noche, mientras la ventajista nobleza flamenca engatusaba las mentes más débiles de entre los nuevos ricos españoles, el de Parma daba otro banquete en el puente de acceso a la ciudad, tomado con enormes esfuerzos un día antes, al “insignificante” precio de 700 vidas españolas. A él solo asistían aquellos sargentos, capitanes y soldados que se habían distinguido por su comportamiento y heroísmo en la toma de la plaza, siendo servidos por cuatro camareros de postín... Alejandro Farnesio y tres de sus generales. Como quiera que, desde el puente, se oían las risas de la otra celebración e incluso, se acertaba a ver como los comensales, borrachos, tiraban la vajilla a los márgenes del Escalda, el de Parma, enrabietado, colocó una red bajo la ventana en la que recogió todas las "sobras"... para fundirlas.

Los tercios españoles e italianos cobraron los adeudado días más tarde, el 20 de septiembre...

Se les debían 37 mensualidades...

Alejandro Farnesio conservó uno de los platos, en el que recogió, como si fuera el cepillo de una iglesia, una cantidad deducida de cada pago a modo de "socorro" para soldados mutilados y tullidos...

...con un par.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Hacienda ya eran todos

Carlos II y su banquero Fugger - ¿Durero?

Soy Director Financiero.

Sí… ya que no es precisamente la profesión más glamurosa del mundo, pero ¡que queréis que os diga…! para alguién que, de pequeño, no quería ser ni astronauta, ni policia, ni bombero, ni nada un poquito sandunguero, conseguir hacer algo medianamente bien y encima vivir de ello es todo un éxito. Además, si bien con esto se liga poco -… más bien tirando a nada – tiene sus cosas buenas; para empezar, eres el encargado de pagar la nómina, esto es, eres todopoderoso… la gente, al verte avanzar hacia la máquina de café, tiende a apartarse de forma algo incosciente, dejando libre un violento pasillo, que a uno le dan ganas de recorrer en papamóvil, saludando a lo Leticia Ortiz. Esta malsana sensación de poder le empuja a uno hacia ciertas corruptelas más o menos inocentes, como archivar la hoja de gastos del pesado de turno lo más abajo posible del montón o, por el contrario, ser extraordinariamente diligente a la hora de liquidar las comidas a esa compañera que todos tenemos, y que está como una flor…

Sin embargo, el cargo también tiene un puñado de fuertes servidumbres; si tienes la suerte de estar en una compañía fuerte y saneada, tu trabajo seguramente se volverá cada vez más aburrido pero tu salud mental se resentirá mucho menos que si, por ejemplo, tus claves bancarias solo abren la puerta de la miseria más absoluta. Suerte que, a mí, un antiguo jefe – y como tal, un hijo de la gr… - me dio, de forma totalmente gratuita, un pedazo de consejo:

- Usted – Me dijo… - lo que tiene que hacer es respetar los dos grandes mandamientos de la dirección financiera.

- ¿Y cuales son, Maestro…?

- Primero, mejor pagar tarde que pronto y, segundo, para que el dinero lo tenga otro lo tengo yo. Si los sigue, cosa bien sencilla, usted tendrá siempre trabajo.

El caso es que, una vez analizado el asunto con el paso de los años, tan sencillo no es. Si todo el mundo siguiera este corolario, el universo entero entraría en suspensión de pagos y además, el problema de cuadrar las cuentas ha perseguido al hombre desde el inicio de los tiempos, sin excepción siquiera de los financieros de, por ejemplo, Felipe II, a los que el trabajo les quedaba, como mínimo, pelín grande.

En aquellos días la Hacienda Pública estaba al cargo del Consejo de Hacienda y ante la dificultad de cobrar impuestos, los derechos de recaudación se alquilaban al mejor postor, con el nombre de encabezamientos. Este primitivo sistema presentaba ciertas ineficacias: como los recaudadores pagaban elevados canónes, la sangría a la que sometían a los pobres paisanos era directamente proporcional a su codicia. Además, ante la dificultad de transportar el numerario, las rentas conseguidas se solían consumir en el lugar de recaudación, con lo que, de solidaridad territorial… ¡na de na!

Los que podríamos llamar impuestos indirectos, funcionaban algo mejor. El equivalente a nuestro IVA, la alcabala, era una tasa fija que gravaba, sobre todo, el comercio y el transporte de mercancias. El tipo impositivo era más o menos del 10% y, seguramente, fuese el impuesto más odiado por nuestros abuelos ya que, ante la imposibilidad de actualizar los tributos calculando la inflacción, se tendía a crear nuevos impuestos que acababan determinando un aumento porcentual de la alcábala. Por último, además del Rey, tenían potestad para recaudar impuestos los nobles y la iglesia a través del diezmo con lo que, en determinados momentos era más sencillo comer todos los días si no tenías nada, que si tenías dos duros.

Pero bueno… como seguíamos “a two candles”, el Solbes de turno fue apretando la tuerca cada vez más. A medida que el comercio con las Índias cobraba más y más importancia, se extendió al tabaco y otros productos el sistema que ya triunfaba con el azufre, el azogue o el plomo… esto es, el de los estancos o monopolios comerciales, tanto en la producción como en la venta, a favor del Estado. También se reclamaron servicios o impuestos extraordinarios e incluso impuestos, ya en desuso como el de la sisa, que consistía en entregar menores cantidades de productos básicos, cobraron de nuevo gran importancia.

El caso es que por mucho que se recaudara, las necesidades financieras de España y su Imperio, sobrepasan con mucho las posibilidades de unos reinos poco poblados y cada mes con menos brazos trabajando en la ganadería, la agricultura o la artesanía. Poner una pica en Flandes, o mejor dicho, entre 6.000 y 8.000 picas o soldados de infantería españoles en los Países Bajos venía a ser como movilizar a la 82th división aerotransportada a Kerbala o Kirkuk… y, al igual que a los norteamericanos, nos lucía más bien poco. Felipe II lo intentó solucionar con empréstitos primero, y luego endeudándose con cargo al oro de las Índias. Esto solo sirvió, empero, para que la sangría en los pantanos y ciudadelas neerlandesas no se detuviera nunca, para que banqueros como Gentile, Spinosa, Fugger o Cueñas se forraran con estrépito y para que España se declarara sucesivamente en quiebra, un año sí y otro también, desde 1557…

… básicamente para nada.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Valeria

Valeria es un hermoso nombre latino que, etimológicamente viene a significar valioso o valeroso. Si hacemos caso a esas tarjetitas que venden en las tiendas de regalos – sí… esas que comprábamos cuando éramos más jóvenes y nos quedaba algo de calderilla del bote del cumpleaños… - las personas así llamadas son tremendamente perfeccionistas, más bien recatadas y bastante tímidas. Su trato con los demás, dicen que es frío y distante, tienen un gran sentido del deber, de la previsión y de la prudencia y, en la vida progresan lentamente, pero de forma certera. A mí, estas cosas no pueden dejar de motivarme una amplia sonrisa: el que una persona, con sus sensaciones, vivencias y comportamientos a cuestas, pueda ser “así” o “asá” por causa de un apelativo que ni siquiera se elije por propia voluntad, me parece la “repera”... pero, en fín, a los humanos nos vuelven locos estas pequeñas gotas de irracionalidad.

Afortunadamente, Valeria es también el nombre de algo mucho más palpable e indiscutible, uno de los conjuntos arqueológicos más importantes – y a la vez más desconocidos - de la península al menos en lo que a la Hispania Romana se refiere. Llegar es sencillo… una vez en la carretera de Valencia basta coger el desvio de Arcas y atravesar la propia Arcas, Tórtola y se llega a Valeria. La ciudad fue fundada en el año 94 a.C. por el procónsul Valerio Flaco, un militar romano bastante molón que tuvo muchísimo éxito a la hora de someter a nuestros tatatarabuelos, que por aquel entonces andaban pelín asalvajados en lo que hoy en día es la actual provincia de Cuenca. La ciudad nació con una clara finalidad romanizadora y muy pronto se convirtió en un importante centro comercial y político.

Pero... ¿Qué es lo que hace que merezca la pena visitarla? Pues creedme, infinidad de cosas; Por un lado conserva restos en muy buen estado de uno de los ninfeos o fuentes monumentales más grandes de todo el Imperio romano. Dichas construcciones estaban dedicadas a las ninfas y no eran muy usuales por lo que su valor, en este caso, es doble. Además, su foro está considerado como uno de los mejor conservados que existen en la península ibérica, conservándose restos de diferentes épocas y estilos, con lo que es sencillo imaginarse como cambió de apariencia según se fueron añadiendo modificaciones estéticas. Las últimas excavaciones – que desgraciadamente avanzan al mismo ritmo que el de las administraciones públicas que las sufragan, es decir, más bien cansino… - se han centrado en completar las excavaciones del mencionado foro y el área monumental de esta antigua ciudad donde se ubicaban la mayor parte de sus edificios públicos. Gracias a ellas, se ha recuperado la práctica totalidad de la planta y los cimientos de lo que debió ser una magnífica basílica, además de otro gran edificio, de planta rectangular y formado a partir de dos grandes naves, que fue destinado a servir como "domus pública", es decir a su uso por parte de los magistrados municipales para impartir justicia o celebrar los más variados saraos y actos institucionales. Por último, Valeria se esfuerza en hacer participar al visitante de su belleza y de sus historia, y periódicamente acoje todo tipo de actos culturales que van desde charlas y recreaciones históricas hasta representaciones teatrales.

Pero, no es precisamente todo lo que os acabo de contar lo que hace casi imprescindible darse una vuelta por Valeria… amén de todo lo que visual y culturalmente nos pueda ofrecer, la ciudad, junto con el paisaje y su atmósfera, es capaz de transportarnos hasta épocas pasadas y hacernos rememorar imágenes de las que nunca pudimos ser testigos. Y, lo más importante, Valeria es capaz de fabricar en el que la ama miradas como la que yo hace poco tuve oportunidad de contemplar; miradas fugaces pero penetrantes e inmensamente hermosas… rayos de un verde cautivo que anulaban la razón y solo animan a concentrarse en su dueña…

Verdes, verdísimos…

martes, 20 de noviembre de 2007

El fabricante de viudas

Sumbarino usado en el film, americano, por supuesto...

Cuando los norteamericanos parieron su primer submarino nuclear, el Nautilus, a los rusos les entró, de forma irremediable y con carácter de urgencia, una descomposición espectacular. En aquel entonces los sumergibles funcionaban a base de una dualidad de motores diesel y eléctricos lo que ocasionaba, en resumidas cuentas, que cada tres por cuatro tuvieran que emerger para poner en marcha sus motores, recargar sus baterias y reabastecer así su sistema vital. El problema es que, teniendo en cuenta que la principal virtud de estas máquinas es la furtividad, el que un submarino deje de ir sumergido – valga la rebundancia – es como si un francotirador fuera por la selva congoleña vestido de lagarterana. Los rusos – o soviéticos, que uno ya no sabe... – aceptaron el reto porque en aquel mundo bipolar y en cierto modo más seguro que ahora, moverse equivalía a no salir en la foto y cuatro años más tarde, en 1958, pusieron la quilla de la primera de sus contrapartidas. Esos primeros sumergibles soviéticos eran, si los medimos por baremos occidentales, de auténtico chiste: portaban únicamente tres misiles, enormes eso sí, y la tarea de acomodarlos en el casco resultó como meter a un hipopótamo en un seiscientos; además, tenían muy poco alcance por lo que las naves portadoras tenían que colocarse extremadamente cerca de su objetivo – Estados Unidos – para poder lanzarlos, tarea no exenta de riesgos y que requería... ¡Diecisiete minutos con el submarino en superficie!. Los norteamericanos, aunque contemplaron de forma algo displicente su última amenaza, se tomaron el aviso muy en serio y catalogaron a estas naves con el sobrenombre de clase “Hotel”... sin saber que uno de ellos se iba a convertir en el submarino más famoso de la historia.

El K – 19 fue el quinto submarino de la serie, y llevaba ciertas modificaciones que debían de haber hecho de él, el más complejo y potente de la flota del norte. Sin embargo, sufrió tal suerte de problemas, avatares y extraños sucesos durante su construcción, que asignarle el calificativo de “gafe” puede calificarse de extremadamente benigno. Mientras la nave estaba aún completándose en los astilleros, una serie de pruebas efectuadas en su reactor nuclear causaron que dos tripulaciones completas mostraran signos de contaminación radioactiva. A la tercera, por supuesto, hubo que traerla primero engañada, y más tarde, prácticamente a punta de pistola. El 4 de Julio de 1961, ya con el K – 19 en mar abierto – a causa de la insistencia de los almirantes rusos en efectuar maniobras de combate “reales”... almirantes que, que duda cabe, no iban dentro de semejante trasto – se detectó una nueva fuga en el reactor que contaminó a cinco tripulantes que entraron en los compartimentos contaminados a sabiendas que iban hacia una muerte cierta. El capitán pidió ayuda por radio y el submarino fue remolcado bajo una lona para evitar que los aviones de reconocimiento enemigos pudieran proporcionar a los periódicos de la mañana siguiente la portada del siglo...

Pero, como el hombre es el animal que tropieza con el mismo canto las veces que haga falta, el 4 de febrero de 1972 y, con la mayoría de las imperfecciones y defectos de la nave aún sin solucionar – y ya habían pasado 11 años... – el K – 19 volvió a salir de puerto, esta vez para patrullar las aguas de Terranova. Tres días más tarde, sufrió un incendio, posiblemente a causa de que el cableado de la nave no era adecuado para contener la intensidad de la energía eléctrica que necesitaba el submarino. En un principio los marineros pudieron contenerlo pero, el deficiente equipo de seguridad favoreció que el fuego se extendiera y alcanzara al reactor nuclear. Apagar el incendio costó la vida a 28 tripulantes – de 104... – y más de la mitad fallecieron a los pocos años, víctimas de cáncer.

El K – 19, el “Widowmaker” de la versión cinematográfica, ha dado para infinidad de libros, media docena de documentales, dos películas pero, curiosamente y hasta donde se sabe, no motivó la asunción de responsabilidades por parte de ningún miembro del alto mando de la marina soviética. El capitán, no obstante, si tuvo oportunidad de pasar años añejos purgando penas en algún gulag siberiano, vaya usted a saber porqué...

La Unión Soviética ha perdido infinidad de sumergibles a lo largo de la historia, más, sin duda, que la suma de todos los accidentes sufridos por el resto de usuarios de estos ingenios.

Hasta hace bien poco, las posibilidades de rescatar con vida a los marineros atrapados en uno de estos accidentes, eran nulas.

El mar dará a cada hombre una nueva esperanza - Cristobal Colón

domingo, 18 de noviembre de 2007

Cría cuervos

Juliano el Apóstata presidiendo una conferencia, por Edward Armitage (1875)
Hace años tuve la oportunidad de visitar una fábrica de zapatos cerca de Elche. El dueño, un valenciano saleroso, portador de una sonrisa que le daba la vuelta a la cara, procedió a mostrarme su “pequeño Imperio”; en varias naves trabajaban más de doscientas personas, cosiendo, remachando y cortando cuero. Al mismo tiempo y de forma muy emotiva, me bombardeaba con decenas de datos de facturación, ventas y beneficios, para sin solución de continuidad, conducirme hasta un patio interior donde descansaban tres vehículos de altísima gama. Eran los últimos días de diciembre y, efectivamente, esos tres preciosísimos coches esperaban a ser entregados la víspera del advenimiento de nuestro señor. Mientras un servidor abría la puerta de uno de ellos y tomaba asiento, con algo de respeto y bastante envidia mal disimulada, le pregunté francamente al valenciano: - ¿Qué, y no nos retiramos a descansar de una vez?. El pobre hombre, algo molesto de que alguien le llamará viejuno en su propia casa, afeó el semblante y me espetó: - No... no hasta que no consiga vender la compañía – Sorprendido, me le quede mirando sin saber muy bien que decir, ya que conocía a sus tres hijos, y los tres manejaban en su cabeza la posibilidad de regentar la compañía en plazo más o menos breve. Él, viéndome en un brete, me ahorró una segunda pregunta y dijo: - Ninguno tiene idea del negocio... saben lo que vale un BMW pero no un zapato, y yo vendo calzado, no coches... y no quiero que se maten, al menos, no mientras yo viva.

A algún emperador romano le hubiera mejor de haber escuchado a este sabio valenciano; Constantino fue el único entre los sucesores de Augusto que permaneció en el trono más de 30 años, todo un logro teniendo en cuenta que en aquellos años, morir de viejo era pura casualidad. Pero, como en tantas ocasiones, dilapidó toda una vida de trabajo al dividir el Imperio entre sus tres hijos y sus dos sobrino – nietos. Intentar resumir lo que pasó en aquellos años es pura alquimia; me conformo con indicar que, con el cuerpo del gran Constantino aún caliente, empezaron los bofetones entre sus vástagos, y que parece que un tal Constancio fue el que consiguió llevarse la mejor parte. Una vez eliminados los nietos consiguió una alianza de pura conveniencia entre sus hermanos, con la sanísima intención de que se mataran entre ellos y él pudiera recoger las migajas de la forma más incruenta posible; El asunto le salió bien a medias, puesto que consiguió eliminar a uno de sus rivales pero, sin embargo, el otro se reforzó de forma superlativa.

Los dos hermanos que quedaron respondían a los nombres de Constante y Constancio. Era una especie de Pixie Dixie del Imperio romano pero con bastante menos gracia ya que se llevaban a matar. Uno era un buen general, pero irreverente, zafio y con más vicios que una garrota; El otro, respondía al patrón del buen funcionario pero era gris y con más bien poco uajo. Cuando el segundo se iba a lanzar contra el primero, un usurpador, Vetranio, le ahorró parte del trabajo eliminando a su hermano, para inmediatamente poner cara de ... “bueno, al fin y al cabo es lo que ibas a hacer tú” pero, como con las cosas de la familia no se juega, a Constancio se le inflaron aún más las meninges y decidió vengar a su hermano.

Así hubiera sido, de no haber mediado el Rey Persa Sapor, enemigo de antiguo de los romanos y piedra en el zapato durante los últimos años para las legiones romanas. Con la amenaza persa “ad portas”, los dos rivales, Constancio y Vetranio, hicieron las paces, unieron sus ejércitos y la emprendieron contra un tal Magnencio, especie de hombre de paja del rey persa en su loca carrera hacía el Imperio. Ambos ejército se encontraron en una llanura cerca de la actual Budapest, y se dieron hasta en el cielo de la boca. Constancio prevaleció, perdonó a Vetranio – suponemos que con un buen aguinaldo de por medio – y empezó a reinar.

A Constancio, la historia no le ha tratado bien, suponemos que a causa de su padre, tan esplendoroso, magnífico... y cristiano. Sin embargo, en cierto aspectos, tenía una personalidad aún más fuerte que su padre, era justo, celoso de sus deberes y, aún considerando la guerra un acto repugnante, cuando en las fronteras bramaban las trompas, era el primero en “arremangarse” y acudir espada en mano para dejar las cosas en su sitio. Más, semejante derroche de esfuerzo y sacrificio no consiguió enganchar a su pueblo, más acostumbrado a dirigentes más sandungueros. En cierto modo, se asemeja a Felipe II de España o a Francisco José de Austria; Como ellos, era piadoso y caritativo... pero le faltaba la tercera de las virtudes teologales, la esperanza, y así, pesimista por naturaleza y sin herederos conocidos, se acercó por un villorrio de Capadocia, donde malvivían los dos últimos elementos de la progenie de Constantino: Galo y Juliano.

Constancio eligió al primero, quizá por eliminación. Inmediatamente, Galo se reveló, no solo como un incapaz sino como un peligroso sádico que no se contentaba con ejecutar hombres sino poblaciones enteras. Constancio, sobresaltado, le tendió una emboscada y le decapitó, para acto seguido elevar a los altares a Juliano, al que juzgaba aún más incapaz que a su hermano. Pero, casualidades de la vida, acertó: Juliano era un hombre duro, vital y generoso, que llamaba las cosas por su nombre pero que no derramaba una gota de sangre de más, si no era verdaderamente imprescindible. En una de estas, y con los persas de nuevo a la gresca, Constancio le pidió la ayuda de sus tropas y le conminó a renunciar al trono. Juliano vaciló, seguro que poco a dispuesto a perder aquello que, aunque de rebote, le había correspondido. No hubo guerra porque Constancio murió de camino a la batalla decisiva. Cuando abrieron el testamento, todos vieron con estupor que había designado como heredero a aquel al que se dirigía a matar. Juliano, de luto riguroso y llorando a lágrima viva sobre el féretro, le obsequió con los funerales más espectaculares de la antigüedad... Una hermosa comedia, interpretada magníficamente por ambas partes.

A juliano, que solo pudo reinar veinte meses, se le ha dado una importancia desmesurada, mitad porque escribía a las mil maravillas, mitad porque se le atribuye el propósito de restaurar el paganismo contra el cristianismo. Lo cierto es que era cristiano y – al menos eso parecía... – de los fervientes. Pero muy paganamente, consideraba a la iglesia una creación de los hombres y se propuso controlarla a toda costa. Muy influenciado por una serie de cristianos poco piadosos que conoció en su adolescencia, confundió a los pastores con el rebaño, y posiblemente cultivó la “sana” intención del retorno al paganismo como religión oficial del Estado. Pero todo retorno, en política, es ya un error.

Mientras Roma se debatía entre creyentes y ateos, con la gente dirimiendo sus disputas a pedrada limpia, el apóstata se preparaba para dar la última lección a los recalcitrantes persas. Aquella difícil y peligrosa expedición empezó bien pero sucumbió ante las terribles fortificaciones de Ctesifonte. Juliano, parafraseando a Cortés, quemó sus naves y abatido, ordenó el regreso del ejército, más abatido aún. En la retirada, un pequeño dardo persa atravesó el hígado de Juliano y éste, al intentar sacarlo, ensanchó la herida provocando una hemorragia mortal. Dicen que en su lecho de muerte, metió la mano en la herida y, sacándola empapada de sangre, exclamó con rabia: “Venciste Galileo”...

... aunque probablemente no es cierto.

martes, 13 de noviembre de 2007

Regreso al futuro

Odoacro, autor desconocido

Recientemente, un sesudo estudio ha concluido que, sin duda ninguna, los inmigrantes son responsables del 65% de los delitos que se cometen diariamente en nuestro país. Semejante dato me llena de orgullo y satisfacción, ya que demuestra de forma irrefutable que, es evidente, los españolitos nos limitamos a dejar que nos aligeren la cartera. En este dato, sibilinamente, va incluida la segunda parte del corolario… esto es… que si no hubiera emigrantes nos ahorraríamos ese 65% de delitos. Llegados a este punto se me ocurren una serie de reflexiones: supongo que en España, hace 50 años, la práctica totalidad de los delitos los cometían nacionales con lo que, de seguir el razonamiento, para acabar con la delincuencia nos bastaría dejar el suelo patrio como un erial. Por otro lado, el dato aporta otra gran dosis de tranquilidad por cuanto es bien diferente, bien lo sabe Dios, que te robe un boliviano a que te desvalije un marroquí… ¡Como si hubiera mucha diferencia entre que te arranque la pantorrilla un pastor alemán o un pitbull! Para acabar de redondear el asunto, el pasado sábado estuve en un “Vips”, en un “Starbucks” y en unos grandes almacenes… y les puedo asegurar que la práctica totalidad del personal de seguridad provenía de la otra orilla del Atlántico. Pero… ¿no habíamos dicho que estos son los que nos roban? ¿Y les ponemos a guardar las gallinas?...

Tranquilidad... Los “argumentos” anteriores no son más que una suerte de pensamientos al primer toque, una retahíla de exabruptos intelectuales poco macerados que responden, no obstante, a un asunto de candente actualidad y que, seguramente, parafrasea una situación parecida ocurrida hace muchos cientos de años. En la Roma imperial convivían una variada colección de “nacionalidades”, seguramente, tan variopinta o más que la que se pueda encontrar hoy en día en, por ejemplo, el madrileño barrio de Lavapiés. Los romanos, quizás influenciados por su natural tendencia a abreviar, calificaban como bárbaros a todos aquellos pueblos a los que se enfrentaban porque les resultaban inferiores en campos como la agricultura o la escritura pero, sobre todo, porque la mayoría carecían de la más mínima organización política y eso, para un romano, era la más miserable de las existencias. En un principio, insisto, bárbaro sólo significó extranjero pero según la penetración de estos pueblos en el devenir romano se iba haciendo más y más evidente, los hijos de la loba se mosquearon y empezaron a usar el calificativo de la forma más despectiva posible.

Y que conste que Roma no era en sí misma una sociedad racista; si uno echa mano de los escritos de un Tito Livio o un Lucano, puede inferir que, al igual que en la actualidad, el componente discriminatorio romano tenía un fuerte matiz económico... exactamente igual que ahora, y en cierto modo les venía dado a consecuencia de la gran cantidad de esclavos que era necesaria para que su economía no se colapsara. Pero, si dejamos momentáneamente de lado la esclavitud – por difícil e incluso injusto que ello pueda ser – podemos empezar haciendo notar que Roma nació como una sociedad multiétnica, compuesta de sabinos, latinos y etruscos. Según el Imperio fue avanzando, hubo momentos en que los destinos de Roma, que era tanto como decir del mundo mundial, eran regidos por emperadores árabes – Filipo – africanos – Séptimo Severo – o hispanos – como Trajano; Uno de los más grandes generales de este último, Lucio Quieto, que literalmente se dejo en alma en las montañas de la actual Rumania, era de color, vamos... negro. ¿Es acaso posible en Europa imaginarse una Alemania, una Gran Bretaña o una Francia, gobernadas por un turco, un hindú o un argelino?

Esta integración – no debemos engañarnos – tuvo también un matiz de obligada necesidad: como en la actualidad, determinadas profesiones o trabajos empezaron a tener una nula aceptación por parte de las nuevas generaciones romanas, más preocupadas de seguir estudiando hasta los 35. El destino que esperaba a un colono, un marinero o un legionario tenían tan poco tirón que paulatinamente hubo de echar mano a extranjeros... a bárbaros. Los próceres romanos seguro que pensaron que era mejor que estuvieran a sueldo de sus propios dineros, que dejar que muertos de hambre rememoraran viejas amistades con sus primos del otro lado de la frontera. A consecuencia de este fenómeno, en las legiones romanas empezó a predominar el componente foráneo e incluso determinadas unidades estuvieron compuestas en su totalidad por no romanos, conservando en la mayoría de los casos una representación itálica casi testimonial. Naturalmente, dichas unidades combatían como Julio Iglesias... a su manera, lo que motivó que a medio plazo, no hubiese ninguna diferencia palpable entre los bárbaros que luchaban por entrar y aquellos que intentaban que aquellos no lo consiguieran.

Este matrimonio de conveniencia funcionó durante más de un siglo pero a principios del V d.C la presión de estos pueblos se hizo insoportable y las invasiones más o menos cíclicas se convirtieron en movimientos migratorios sin solución de continuidad. Ninguna estructura social compleja – y el estado romano lo era, con su burocracia, su gobierno y su economía – podía soportar una presión de ese nivel; el latín se empezó a hablar de mil y una maneras, el numerario se volvió ininteligible y el gasto militar se hizo insoportable generando una presión fiscal demencial que provocó una fractura social de tal calibre, que se acabó “cepillando” la clase media y acabó generando una hecatombe demográfica que hizo que el Imperio perdiera – se dice – un 15% de su población durante el mencionado siglo. Lo demás es por todos conocido: más bárbaros, más asedios, más guerras... hasta que en el 476 d.C. Odoacro entregó el finiquito a Rómulo Agústulo.

En mi opinión – que petulante... - los bárbaros no querían destruir Roma sino formar parte de ella. Si esto finalmente hubiera sido así, los pararelismos con la situación que hoy se vive en la Europa ¿rica? a la que pertenecemos por obra y gracia de Cobi y la Expo 92 es aún mayor; Los bárbaros querían – y los inmigrantes seguramente quieren – participar del bienestar de una civilización en cierto modo más avanzada que la suya. El peligro que hubo entonces – y que para algunos puede haber ahora – es que si todos acaban viniendo, el resultado puede ser miseria para todos... y si en las sociedades de acogida acaban alzando la voz determinados salvapatrias e iluminados, se pueden levantar impenetrables muros de intolerancia y discriminación que acaben dando lugar a a ínsulas de odio y rencor.

¿qué?

jueves, 18 de octubre de 2007

Ta ta, taaaaaaaaaaaaaa ta, ta ta ta ta...

España no tiene himno.

Valiente perogrullada además, teniendo en cuenta como está el patio, pero verdad como un templo al fin y al cabo; porque lo que suena cuando Nadal se merienda a un adversario sobre la arcilla de Roland Garros o al paso de nuestros equipos de baloncesto, waterpolo, Voleyball o fútbol... sala, no es propiamente un himno sino una marcha militar, concretamente la Marcha granadera o Marcha real. Y así pues no es de extrañar que no seamos capaces de ponerle letra... ¡Si ni siquiera sabemos quien pudo ser su autor!

Es posible que el tachán tachán fuese mérito del rumboso Federico I de Prusia, que, falto de pasta para hacer un regalo de boda en condiciones a su hija María Amalia de Sajonia, decidió regalarle el politono con motivo de su boda con el futuro Carlos III de España en 1738. A Carlos le debió de gustar mucho porque al parecer se la ponía hasta en el despertador y, salvo algunos periodos en los que el “top ten” musical benefició más al Himno de Riego, siempre nos ha adornado los actos oficiales, besamanos y demás fiestas. La versión actual fue modificada en 1997 en dos versiones – no es coña – una corta para los actos con menos relumbrón y otra, más larga, que se suele ejecutar cuando algún miembro de la familia real esta presente.

Contrariamente a lo que puede indicar la que se esta montando – y la que se va a montar – el himno español no es el único que no tiene letra. El británico tampoco la tiene y no creo que a nadie se le escape que en solemnidades, los hijos de la Gran Bretaña van tres o cuatro cuerpos por delante. Pero se ve que, como nuestros deportistas ganan hasta a los chinos y más allá de nuestras fronteras sorprende la cara de sosos que ponen los españoles en el podio cuando les ponen la chapa y se giran hacia la bandera, el Comité Olímpico a convocado un concurso para darle contenido a la dichosa marchita y que los nuestros se rompan los pulmones como el que más. Pero el asunto es bastante más peliagudo de lo que parece...

Si se opta por la versión reivindicativa de lo español, en plan “balones a mí que los arrollo...” podemos dar la impresión de facciosos, caducos, añejos, fachas o caciques e inmediatamente el nuevo contenido de uno de los símbolos básicos del Estado – eso pone en nuestra Constitución – no sera aceptado por, más o menos, la mitad de nosotros. Si, en cambio, elegimos ir por ahí cantando alabanzas al talante, la musiquita será inmediatamente tachada de progre, roja, republicana, melenuda y alguna lindeza más, y la otra mitad de los nuestros no se la pondrá ni en el móvil. Y, por último, si preferimos no dar la de cal ni la de arena y hacemos un “temazo” en plan Manu Tenorio con alabanzas al amor, a la amistad, a la solidaridad, al respeto y, en fín, a todos estos hermosos principios hoy sólo vigentes en el mundo Teletubbie, al final, solo va a servir para perder nueve o diez meses a base de estériles discusiones y disponer de media docena de buenos chistes sobre el asunto.

Y que conste que yo no digo que no haya que hacerlo pero... ¿tiene que ser ahora? A mí, que al contrario que a la mayoria de la gente sí me interesa la política, me parece bien que el himno refleje una serie de valores o principios más o menos comunes que nos acerquen a todos y así, que cuando suene, se le quiten a uno las ganas de bailar la Macarena, pero me da que el momento político no es el más adecuado - con elecciones en el horizonte -, y que el tema va a servir no solo para encontrarnos sino para alejar la discusión de los temas que realmente importan a la ciudadanía, hoy más preocupada por el precio al que se está poniendo el muslo de pollo.

Y además, si no hemos sido capaces de reflejar en nuestros nuevos libros de texto que nuestro país, estado, nación o lo que carajo sea, llevó a cabo la epopeya más grande de la humanidad al otro lado del Atlántico y que sirvió para que hoy tenga en común mucho más con bolivia que con indonesia, esto es, si no nos esforzamos en que nuestra juventud tenga claro porqué somos lo que somos en sus diez o doce años de formación... ¿Por qué corre tanta prisa intentar que la gente lo asimile en minuto y medio?. Yo creo algo habrá que nos una para que hayamos sido capaces de aguantarnos, de diferentes maneras y con sus más y sus menos, un buen montón de siglos y que, si tanto nos interesa encontrarlo, corre más prisa aplicarlo en las conversaciones entre los que nos gobiernan y en la manera en que atajan los problemas y se llega a los acuerdos, que meterlo en un mp3.

Por cierto, hoy no se habla de otra cosa más que de la absurda disquisición de si un catalán debe poner en su buzón Jose Luis o Josep Lluis... Grandes visionarios los directores de los periódicos españoles al dedicarle portadas y editoriales, recabando testimonios de prestigiosos linguistas y con ociosos testulianos de canal en canal...
...y forzando a la gente a posicionarse en una discusión bastante menos importante que alguna otra.

Yo, les recuerdo que esta subiendo el pollo.

Calígula, 37 - 41 d.C.

Una versión más agradable del tipo...

Cuando un personaje genera una cantidad de literatura como la que fue capaz de motivar Calígula, parece que forzosamente alguna de esas historias tiene que ser cierta. En realidad, la mayoría de las atrocidades, anécdotas y chascarrillos que se le atribuyen datan de la época medieval y podrían no serlo pero, al menos, hay que reconocerle a este pobre loco que diera el perfil suficiente para que, tratándose de él, nos entren ganas de creérnoslas.

Y esto es así porque Cayo César Augusto Germánico, "Calígula", estaba como una auténtica cabra. Era el tercer hijo de Agripina, llamada la mayor, y Germánico, un apuesto y molón general queridísimo por los romanos, que estuvo a punto de conquistar la Germaniade ahí su nombre – y que, quizás para ir sentando precedente, se entretuvo en morir envenenado. De niño solía acompañar a su padre en las expediciones militares pero desde el principio se vió que de su progenitor, no había heredado ni el blanco de los ojos; Calígula era alto pero con poco porte, más bien delgado y enclenque pero con una enorme acumulación adiposa en su vientre que le daba un aspecto panzudo y desagradable. Sus ganchudos brazos y una marcada curvatura de sus rodillas hacía adentro, se ocupaban de completar una figura para olvidar. En otras circunstancias la naturaleza se compadece y compensa con otras cualidades, de índole mental y cognoscitivo… y así pareció en un primer momento… pero muy pronto se empezaron a hacer presentes algunos pequeños vicios, como fundirse la paga de la semana en locales de alterne o suplicar por estar presente en todas las ejecuciones que se ponían a tiro.

Los padres, algo azorados por las extrañas aficiones del muchacho, se dijeron aquello de "cariño... este niño no anda bien" pero justo cuando andaban buscando especialista que ofreciera un remedio a sus males, a Tiberio le dio por abandonar el mundo de los vivos, en el 37 d.c. Inmediatamente el Senado anuló su testamento y proclamó Imperator a Calígula, que empezó a mandar en el escenario soñado por cualquiera: con el apoyo del Senado, ejército y pueblo. A favor del loco contó que la gente estaba hasta las meninges de Tiberio así como su juventud y la popularidad de su padre.

El caso es que gobernar, gobernaba… si bien no acertaba a cometer más que barbaridades. Para evitar problemas dinásticos nombró a Tiberio Gemelo - el sobrino de Tiberio -princeps iuventutis y lo adoptó y nombró heredero pero luego mancilló tan buenas intenciones cortando el cuello del pobre desgraciado. Económicamente, tampoco se puede decir que fuera una fiera; el enorme excedente con que Tiberio había dejado las arcas romanas, a Calígula le duró aproximadamente un año, a fuerza de pagar sobornos, incomprensibles dádivas, otras más entendibles – una pasta a los pretorianos para que le dejaran tranquilo – y diversas estupideces para sus mujeres, sus concubinas o incluso para su caballo. Su política diplomática fue igualmente dispersa, llegando a tratar a países e imperios según la apariencia o el aspecto de sus embajadores… y militarmente, se adornó con algunas operaciones de lo más extrambótico, como aquella en que sus soldados acabaron buscando conchas en las playas de normandía u otra en la que, al no encontrar enemigos, se le atribuye la ocurrencia de vestir a la mitad de sus hombres como bárbaros, para enfrentarlos a la otra mitad.

Mientras tanto, los males que le aquejaban – probablemente una epilepsia galopante – se enredaron con algunas disfunciones de personalidad, grandes dosis de sadismo y paranoia y una cada vez peor dependencia de las relaciones sexuales. En este sentido, era partidario del “a pelo y a pluma” de forma que nadie se encontraba a salvo, fuese cortesana, hermana, luchador o senador. Tuvo cuatro esposas y media docena de amantes, más o menos conocidas, de las que tres eran hermanas suyas. Para rematar la fanea, al final de su reinado, intentó que se le proclamara Dios. En circunstancias normales tampoco habría que rasgarse las vestiduras por ello, ya que podría obedecer a una estrategia para reforzar su poder entre los pueblos helenísticos, más acostumbrados a tratar a sus soberanos como a San Pancracio. Pero, ante el lamentable estado en el que se encontraba, el pueblo se lo tomó por la tremenda y el ambiente se puso “calentito”…

En este preciso momento se atisbó que la situación ya había tocado fondo: Los pretorianos empezaron a cizañear, primero a las espaldas del soberano pero más tarde con una “soltura” que rayaba la insubordinación. El 24 de enero del 41, un grupo de guardias del pretorio le rodeo y uno de ellos le seccionó el cuello con un puñal; después vinieron más cortes y estocadas hasta totalizar unas 30 mientras el resto de los agresores coreaba a sus compañeros. La guardia germana de Calígula reaccionó pero ya fue tarde… afortunadamente.

Un saludo a todos.

sábado, 6 de octubre de 2007

Y los cuarenta ladrones

Dos navíos de línea, peleándose por aparcar...
Yo creo, que el hombre pasa la mayor parte de su existencia viviendo situaciones manifiestamente antinaturales; Si uno observa la morfología humana, estar sentado delante de un ordenador es, ergonómicamente, un disparate... No sé para que estará hecho un trasero pero no, desde luego, para aguantar 8 horas con las piernas dobladas. Antinatural podría ser también trabajar, si hacemos caso a Aristóteles y extraño me resulta que se le ponga de ejemplo de sabiduría excepto para eso. Y antinatural nos parece, a veces, la vida en pareja, o al menos la monogamia, ya que son escasos los animales que se emparejan para toda la vida... por más que alguno de nosotros tenga que dar gracias a Dios, cada mañana, porque alguien amanezca al lado de lo que está reflejado en el espejo...

A mí, que nada me parece más antinatural que llegar a fin de mes con 900 euros, me maravillan enormemente los imposibles de carácter técnico; el que a uno le pongan una víscera de otro y no reviente, me parece obra del mismísimo Diablo, y el que a algún otro paisano le perforen las córneas con un láser en una clínica de la Castellana y salga viendo las señales de tráfico del otro extremo de la calzada, me resulta ciertamente de locos. Otros éxitos de la humanidad, como que los aviones lleguen al otro extremo del globo de una pieza o que un barco no se hunda por más millonarios gordos que en él se alojen, me dejan igualmente perplejo pero ¡que le voy a hacer si soy de letras puras!

Hablando en serio, si bien que un barco flote es, en el fondo, mucho más lógico de lo que parece, me parece una proeza dotarle de la estructura adecuada para que navegue, maniobre, vierta su fuego sobre el enemigo y aguante al mismo tiempo sus cañonazos - si es que hablamos de un navío militar - y consiga terminar su carrera envejeciendo en un dique y no en el fondo de alguno de los ¿siete? mares. En esto de la construcción naval, los españoles hemos sido desde siempre unos auténticos artistas; nuestra tradición marinera es tan antigua como nosotros mismos y barcos botados en astilleros españoles conforman las listas de muchas armadas y líneas comerciales del mundo. La lástima es que alcanzamos nuestro cénit creativo en mal momento, cuando en España había aún menos dinero de lo normal... me explico:

Entre 1796 y 1800, los avezados diplomáticos españoles, poseedores del título CEAC de “mano izquierda negociadora”, cayeron en los brazos de la Francia Imperial y, por los tratados de San Ildefonso - curioso nombre... sería porque se veía que nos iban a tocar las bolas -, se comprometieron a ayudar a los fransuas, no sólo económicamente, sino poniendo a disposición gabacha los barcos de nuestra Armada para combatir a la flota inglesa que se entretenía molestando a las posesiones francesas en el Caribe.

Dinero, no había y sobre cómo es posible que una España pobre, pelín acomplejada y bastante más atrasada que el resto de naciones europeas tuviera unos buques decentes, ciertamente... no tengo la menor idea. Seguro que ayudó la proverbial improvisación hispana, una bullente imaginación y nuestra reconocida capacidad de hacer de nuestra capa un sayo. El caso es que maravillas como el Santísima Trinidad, el Rayo, el Príncipe de Asturias o el San Juan Nepomuceno fueron puestos al servicios de los franceses a cambio de casi nada, al servicio de ideales o entuertos que en nada nos favorecían. Y ¡ojo! Cuando hablo de ceder un buque, no penséis que es como si de pronto te llama tu cuñado y te pide las llaves del coche; aunque en el fondo moleste lo mismo, el esfuerzo para poner en el agua uno de esos navíos de línea – que así se llamaban – era sobrecogedor...

El navío se línea más común, vamos, el modelo bajo de la gama, era un monstruo de 74 cañones, pesaba 1.700 toneladas y requería de 2.000 robles para su construcción, árboles que se talaban en su mayoría en los bosques cántabros y asturianos. En España, aún había bosques para aburrir pero países como Inglaterra tenían que importar más de la mitad de la madera que necesitaban a un precio que quitaba el hipo. También se probaron las maderas de abeto o de cedro pero no existía material que igualara al corazón del roble a la hora de resistir el tremendo castigo de una batalla o los embates de una tormenta atlántica. Para poner los palos y vergas, había que volver a rascarse el bolsillo, ya que solían ser necesarios enormes abetos noruegos, mientras que la verga mayor, de 32 metros de alto era coto privado de los grandes árboles de Norteamérica. Por último, si se le quería añadir algún “extra” como una buena quilla de olmo o unas planchas protectoras para el casco, que salvaguardaran la nave de los ataques de moluscos o caracoles marinos, había que volver a hipotecarse.

Bien, pues todo esto, se nos daba francamente de miedo. Los constructores españoles eran reconocidos como los mejores de Europa y periódicamente les sonaba el móvil con sugerentes cantos de sirena, frecuentemente expresados en Libras; como quiera que la movilidad laboral no estaba inventada y, en este caso, cambiarse de trabajo por las buenas podía garantizarle a uno un bonito collar en forma de soga, los hijos de... Inglaterra optaban por métodos más expeditivos como intentar apoderarse de planos de maestros patrios y copiar el buque de arriba abajo, en plan bolso de Louis Buitton. Pero a los perros – nombre con el que los marineros españoles identificaban a sus homólogos británicos – no sólo le fallaba la imaginación, sino también el procedimiento: sus barcos a menudo eran lentos, armaban demasiados cañones y solían ser muy “celosos”... término con el que se denomina a la nave que no absorbe bien el viento y se tumba demasiado.

Entre los peores barcos de la historia anglosajona hay que nombrar a los “cuarenta ladrones”, esto es, cuarenta navíos de línea construidos en astilleros particulares por contratistas corruptos a base de copiar un modelo español, gracias a unos planos robados en Laredo. Bien porque no entendían bien nuestro idioma o porque pusieron los planos boca abajo, el caso es que esas cuarenta naves fueron consideradas desde el principio ataúdes flotantes y hasta se pagaban sobornos con tal de no embarcar en ellas. Cuando nos enteramos en nuestro país – gracias a agentes encubiertos, que de esto también había... – se montó un auténtico despelote y empezaron a circular chistes de todo porte hasta que terminó por adoptarse el mote de “the forty thieves” incluso por los británicos.

Sin embargo, aunque sus barcos eran una pena, su artillería era soberbia, sus suboficiales enormemente profesionales, sus marineros de notable para arriba y, para colmo, pasaban la mayor parte del año en el mar, no como sus compañeros de la piel de toro que, por falta de dineros – y de interés – apenas estaban fuera de dique 45 días al año.

Por esto y por otras cosas una buena generación de españoles tuvo que vivir la “antinatural situación” de ser sucesivamente caneado en San Vicente o Trafalgar, a pesar de tener las llaves del mejor barco; sus mandos, o más bien sus políticos, no cayeron en la cuenta de que detalles entrenar, motivar o pagar a tiempo y lo convenido, son imprescindibles si queremos que alguien consiga hacer algo en condiciones; En estas lamentables circunstancias tan sólo queda espacio para la temeridad o la heroicidad, generalmente dos caras de la misma moneda. En Trafalgar los españoles – y los franceses – lucharon bravamente contra un enemigo cualitativamente superior, hasta el límite de lo humanamente imaginable: En 5 de los 15 navíos españoles, no se pudo “formalizar” la rendición correctamente... porque no quedaba un solo oficial vivo que pudiera hacerlo.

Un saludo.

lunes, 24 de septiembre de 2007

¡Ni quito ni pongo Rey!

Cuentan que Bertrand Duguesclín era el mayor de diez hijos, que descendía de un rey moro llamado Aquín y que éste, vencido en el campo de batalla por Carlomagno, huyó a la carrera dejándose en una esquina de la habitación al muchacho cuando solo tenía un año de edad. El gran Rey franco, con la tranquilidad que le dan a uno las victorias en el campo de batalla y decidido a “liberar” al hijo de todo un monarca de la fe del profeta, se habría apiadado del nuevo huérfano acogiéndole entre los suyos y bautizándole por el mismo precio, con el nombre de Giacquín. Semejante historia, y semejante afán por enaltecer sus propios orígenes solo pueden derivar de todo lo contrario… esto es… unas raíces extremadamente modestas y unos principios lo suficientemente oscuros para que uno pueda mentir sobre sí mismo como si estuviera en "Dolce Vita".

El caso es que, de ser noble, no lo parecía en absoluto: tenía la cabeza enorme, un cuerpo chato y nervudo, las piernas cortas, los ojos pequeños y una mirada de aquellas que es difícil aguantar más de dos segundos seguidos. Bertrand entendió muy pronto que ligar, con ese cuerpo, se iba a convertir en misión imposible así que concentró sus energías en las artes de la guerra para las que, evidentemente, estaba mucho mejor dotado. Mientras se esforzaba en aumentar su ya extraordinaria fuerza, y en mejorar su manejo de la espada, desarrolló un recalcitrante sentido del humor que le acompañaría hasta su muerte y que se basaba en el gusto por ridiculizarse a sí mismo… eso sí, dejando bien claro desde el principio que semejantes licencias eran solo para consigo, y que cualquier comentario ajeno en parecidos términos acarrearía una bofetada de aquí te espero…

Su carácter y su natural amabilidad, un poco al estilo Fernando Fernán Gómez, era perfecta para el espantoso estado en el que la guerra de los cien años estaba dejando a Francia. Bertrand empezó a usar un durísimo sistema de guerrillas, cuyas víctimas eran siempre destacamentos aislados y escoltas de convoyes, lo que además le granjeó el respeto reverencial de sus enemigos ingleses que, con razón o no, le empezaron a echar la culpa hasta de la subida del pan; muy pronto, cualquier emboscada, cualquier ataque para liberar una ciudad o secuestrar a un noble, era irremediablemente obra del forzudo francés, con independencia de que, como a cualquier mortal, le fuese del todo imposible estar en dos sitios a la vez. Pero como a caballo regalado no hay que mirarle el dentado, Bertrand se ocupó personalmente de que su leyenda creciera, lo que le acabó reportando más títulos que a la Duquesa de Alba: Capitán de Pontorson, Duque de Bretaña y del Mont Sant Michel además de otorgarle el señorío de La Roche.

Con normandía invadida de nuevo por los ingleses – y van… - Duguesclín se presenta con una compañía de cien lanzas y les canea salvajemente pero, tiempo más tarde, las tornas se cambian y es hecho prisionero en Aurai. Semejante personalidad debió de tornarse insoportable hasta para los hijos de Gran Bretaña, que rápidamente exigieron un rescate más bien simbólico por su libertad, seguro que con la esperanza de perderle de vista lo antes posible… pero la cantidad fijada le resultó al francés claramente inferior a la que sus méritos militares y su abolengo exigirían con lo que, por su propia mano, la fijó en una cantidad altísima, 100.000 francos de entonces… cantidad que pagó gustosamente Carlos V de Francia a cambio de que librara a la nación de los cientos de mercenarios y desertores que, sin control alguno, saqueaban y violaban a discreción. Ni que decir tiene que, una vez más, Bertrand cumplió su labor con sobresaliente.

Con poco que hacer, el nuevo “señor más importante” de fransualandia se pasó a Castilla, donde las cosas andaban bastante revueltas entre los partidarios de Enrique de Trastámara y los de Pedro I de Castilla. Después de unos primeros escarceos en forma de toma de contacto, los ejércitos rivales toman contacto en Nájera, con Bertrand apoyando los intereses de Quique pero… ¡atención!... con las huestes de Pedro gozando de la ayuda del otro “Sex symbol” militar de la época: El príncipe Negro. La batalla fue durísima y en ella nuestro protagonista francés cayó prisionero – otra vez… - y de nuevo auto impuso un precio a su libertad de aquellos de la sección de trajes de El Corte Inglés… libertad que a los partidarios de Pedro, les iba a salir carísima.

Y es que, tras la victoria en una pequeña batalla en Montiel, Bertrand fingió consentir la fuga de Don Pedro, que había caído prisionero de los “Trastamerinos”, y consiguió que le siguiera hasta una tienda. En ella esperaba Enrique, seguramente con la intención de darse el gustazo de liquidar a su rival con sus propias manos pero, no se sabe si por incompetencia propia o por las ganas de Pedro de llenarle la cara de cardenales, el combate se tornó en su contra, quedando en posición muy desventajosa, justo debajo de su enemigo. En ese momento, el francés, que hasta entonces ejercía de mero espectador de la refriega, avanzó hacía ellos y, con su fuerza extrema, los volteó de manera que invirtió la situación de los combatientes; Pedro, con los ojos fuera de la órbitas, le tuvo que decir algo así como “pero tú ¡¿De que vas?!” provocando la histórica frase del gabacho: Ni quito ni pongo Rey… pero ayudo a mi señor…

Tan heroico comportamiento motivó que Bertrand volviese a Francia con el riñón bien almidonado pero los éxitos cosechados contra los ingleses en todo el norte de Francia favorecieron que Carlos V incorporara la Bretaña a la corona, lo que generó el efecto contrario: Duguesclín fue tachado por los suyos de traidor, desertor y no se cuántas cosas mas. Perdida la fama, arruinado y sin amigos ni apoyos de importancia, intentó volver a España, pero paró a echar gasolina frente al castillo de Randán, donde no se pudo resistir a participar en el asedio que se estaba produciendo. Ante sus muros, murió de disentería en 1380.

Carlos V respiró por fin ante el final de su principal problema que, curiosamente, no eran los ingleses, sino un vasallo demasiado poderoso que pasó de alumbrar, a hacer sombra. Lo hizo enterrar en St. Denis, en la tumba de los reyes de Francia, satisfecho de que no pudiera llegar a convertirse en uno de ellos.

Un abrazo.