martes, 13 de noviembre de 2007

Regreso al futuro

Odoacro, autor desconocido

Recientemente, un sesudo estudio ha concluido que, sin duda ninguna, los inmigrantes son responsables del 65% de los delitos que se cometen diariamente en nuestro país. Semejante dato me llena de orgullo y satisfacción, ya que demuestra de forma irrefutable que, es evidente, los españolitos nos limitamos a dejar que nos aligeren la cartera. En este dato, sibilinamente, va incluida la segunda parte del corolario… esto es… que si no hubiera emigrantes nos ahorraríamos ese 65% de delitos. Llegados a este punto se me ocurren una serie de reflexiones: supongo que en España, hace 50 años, la práctica totalidad de los delitos los cometían nacionales con lo que, de seguir el razonamiento, para acabar con la delincuencia nos bastaría dejar el suelo patrio como un erial. Por otro lado, el dato aporta otra gran dosis de tranquilidad por cuanto es bien diferente, bien lo sabe Dios, que te robe un boliviano a que te desvalije un marroquí… ¡Como si hubiera mucha diferencia entre que te arranque la pantorrilla un pastor alemán o un pitbull! Para acabar de redondear el asunto, el pasado sábado estuve en un “Vips”, en un “Starbucks” y en unos grandes almacenes… y les puedo asegurar que la práctica totalidad del personal de seguridad provenía de la otra orilla del Atlántico. Pero… ¿no habíamos dicho que estos son los que nos roban? ¿Y les ponemos a guardar las gallinas?...

Tranquilidad... Los “argumentos” anteriores no son más que una suerte de pensamientos al primer toque, una retahíla de exabruptos intelectuales poco macerados que responden, no obstante, a un asunto de candente actualidad y que, seguramente, parafrasea una situación parecida ocurrida hace muchos cientos de años. En la Roma imperial convivían una variada colección de “nacionalidades”, seguramente, tan variopinta o más que la que se pueda encontrar hoy en día en, por ejemplo, el madrileño barrio de Lavapiés. Los romanos, quizás influenciados por su natural tendencia a abreviar, calificaban como bárbaros a todos aquellos pueblos a los que se enfrentaban porque les resultaban inferiores en campos como la agricultura o la escritura pero, sobre todo, porque la mayoría carecían de la más mínima organización política y eso, para un romano, era la más miserable de las existencias. En un principio, insisto, bárbaro sólo significó extranjero pero según la penetración de estos pueblos en el devenir romano se iba haciendo más y más evidente, los hijos de la loba se mosquearon y empezaron a usar el calificativo de la forma más despectiva posible.

Y que conste que Roma no era en sí misma una sociedad racista; si uno echa mano de los escritos de un Tito Livio o un Lucano, puede inferir que, al igual que en la actualidad, el componente discriminatorio romano tenía un fuerte matiz económico... exactamente igual que ahora, y en cierto modo les venía dado a consecuencia de la gran cantidad de esclavos que era necesaria para que su economía no se colapsara. Pero, si dejamos momentáneamente de lado la esclavitud – por difícil e incluso injusto que ello pueda ser – podemos empezar haciendo notar que Roma nació como una sociedad multiétnica, compuesta de sabinos, latinos y etruscos. Según el Imperio fue avanzando, hubo momentos en que los destinos de Roma, que era tanto como decir del mundo mundial, eran regidos por emperadores árabes – Filipo – africanos – Séptimo Severo – o hispanos – como Trajano; Uno de los más grandes generales de este último, Lucio Quieto, que literalmente se dejo en alma en las montañas de la actual Rumania, era de color, vamos... negro. ¿Es acaso posible en Europa imaginarse una Alemania, una Gran Bretaña o una Francia, gobernadas por un turco, un hindú o un argelino?

Esta integración – no debemos engañarnos – tuvo también un matiz de obligada necesidad: como en la actualidad, determinadas profesiones o trabajos empezaron a tener una nula aceptación por parte de las nuevas generaciones romanas, más preocupadas de seguir estudiando hasta los 35. El destino que esperaba a un colono, un marinero o un legionario tenían tan poco tirón que paulatinamente hubo de echar mano a extranjeros... a bárbaros. Los próceres romanos seguro que pensaron que era mejor que estuvieran a sueldo de sus propios dineros, que dejar que muertos de hambre rememoraran viejas amistades con sus primos del otro lado de la frontera. A consecuencia de este fenómeno, en las legiones romanas empezó a predominar el componente foráneo e incluso determinadas unidades estuvieron compuestas en su totalidad por no romanos, conservando en la mayoría de los casos una representación itálica casi testimonial. Naturalmente, dichas unidades combatían como Julio Iglesias... a su manera, lo que motivó que a medio plazo, no hubiese ninguna diferencia palpable entre los bárbaros que luchaban por entrar y aquellos que intentaban que aquellos no lo consiguieran.

Este matrimonio de conveniencia funcionó durante más de un siglo pero a principios del V d.C la presión de estos pueblos se hizo insoportable y las invasiones más o menos cíclicas se convirtieron en movimientos migratorios sin solución de continuidad. Ninguna estructura social compleja – y el estado romano lo era, con su burocracia, su gobierno y su economía – podía soportar una presión de ese nivel; el latín se empezó a hablar de mil y una maneras, el numerario se volvió ininteligible y el gasto militar se hizo insoportable generando una presión fiscal demencial que provocó una fractura social de tal calibre, que se acabó “cepillando” la clase media y acabó generando una hecatombe demográfica que hizo que el Imperio perdiera – se dice – un 15% de su población durante el mencionado siglo. Lo demás es por todos conocido: más bárbaros, más asedios, más guerras... hasta que en el 476 d.C. Odoacro entregó el finiquito a Rómulo Agústulo.

En mi opinión – que petulante... - los bárbaros no querían destruir Roma sino formar parte de ella. Si esto finalmente hubiera sido así, los pararelismos con la situación que hoy se vive en la Europa ¿rica? a la que pertenecemos por obra y gracia de Cobi y la Expo 92 es aún mayor; Los bárbaros querían – y los inmigrantes seguramente quieren – participar del bienestar de una civilización en cierto modo más avanzada que la suya. El peligro que hubo entonces – y que para algunos puede haber ahora – es que si todos acaban viniendo, el resultado puede ser miseria para todos... y si en las sociedades de acogida acaban alzando la voz determinados salvapatrias e iluminados, se pueden levantar impenetrables muros de intolerancia y discriminación que acaben dando lugar a a ínsulas de odio y rencor.

¿qué?

3 comentarios:

Turulato dijo...

¿Qué?
¿Y..?

Quinto Flavio Vero dijo...

Salud!

Que podemos decir..la Historia se repite..una y otra vez..algunos llegan a conocerla pero..al final no se puede evitar que se repita.
Los paralelismos son evidentes. Pero será la situación igual,serán iguales las actuaciones?? Son mil años suficientes? El Libro "llegan los bárbaros" es muy representativo de ello.pues habla precisamente de la inmigración y la imagen de "invasión" que da a los países receptores.

Esta claro que es un tema muy complejo.

Bradomino dijo...

Supongo que también podría añadirse algo con respecto a la "decadencia" y "degeneración" de la sociedad romana que acabó necesitando soldados extranjeros para defenderse y que necesitaba del trabajo esclavo (mano de obra barata) para mantener su estado de bienestar, puntos todos sobre los que más de uno podría seguir haciendo paralelismos.