Otros tiempos
Un día cualquiera, un general holandés aguardaba, impaciente, a que los suyos acertaran a reunir los dineros acordados con las tropas españolas para proceder a su liberación. Estaba inquieto, y no era para menos… Los componentes de los Tercios de Flandes garantizaban la vida de los grandes señores extranjeros ya que, al fin y al cabo, era una obligación y una muestra de gallardía permitir al enemigo retornar al campo de batalla y morir como un noble, o al menos como un hidalgo, y no como un siervo. Más el señorío del prisionero se medía en lo poco o mucho que tardaran sus compatriotas en juntar el capital exigido, y en aquel caso particular, el asunto no iba particularmente rápido. Fadrique de Toledo, hijo del Duque de Alba, observaba divertido los nervios que atenazaban a su invitado – rehén y, quizás para hacerle más llevadora la espera, le ofreció conversación. En un determinado momento, el holandés, sin duda buscando alargar la espera y así aumentar sus posibilidades de abandonar la tienda de una sola pieza, preguntó a su homólogo hispano cual era la virtud más destacable en el proceder de sus hombres, aquellos españoles invencibles que en medio de enormes dificultades, estiraban la agonía imperial en las traicioneras tierras de Flandes; Fadrique, sorprendido se limitó a balbucear “… pues, no sabría decirle a ciencia cierta a vuesa merced”. El holandés insistió en sus preguntas y preguntó de nuevo: “y… ¿Qué es entonces lo que más sufren?"; Al general español le cambio el rostro, sonrió y espetó: “¡Ah sí! ¡Eso si lo se!... Sin duda… ¡que les hablen alto!
Eran otros tiempos pero, por lo que hoy consideramos trasnochado, superfluo o simplemente extravagante... por eso... se mataban los hombres a puñaladas hace cuatro siglos. El episodio no deja de ser apócrifo pero, por eso mismo, es más que probable que representara la norma y no la excepción, y dibuja, muy a las claras, la difícil tarea de sujetar al tipo de hombre que encarnaban aquellos españoles. De un lado, un exagerado sentido del honor, de su reputación y de su propia importancia. De otro, despreciadores de la muerte, acostumbrados a vivir “con la hostia en la boca, el cristo en las manos y la muerte en los ojos”. Desde que se alzaban por la mañana, con las carnes henchidas de orgullo, eran un foco de riñas y problemas pero, con esa misma energía tomaban fortalezas imposibles, atravesaban canales a nado y, siempre que se les pidiera como a señores... cavaban como gañanes. Y todo con la fuerza que da el creerse superior con razón o sin ella, y el saber que toda su vida, su propia existencia, giraba en torno a algo bien sencillo... la honra.
Y definirla es harto difícil, más aún si pretendemos ponerla en consonancia con un español de entonces pero, para no saberse muy bien que era y en que consistía... era bien fácil mancillar la de un compañero y, conociendo como se las gastaban aquellos hombres, lo que sorprende era que no acabaran todos a puñetazos desde la hora del desayuno, por no hablar de las situaciones inverosímiles que tanto celo propio y ajeno propiciaba: Un sargento o capitán tenía autoridad para, en un momento dado, colgar a un hombre, llenar su cuerpo de paja, atravesarlo con una pica y dejarlo allí, en medio de la plaza o en lo alto de un carro para escarmiento de sus compañeros y de la totalidad del tercio pero ¡ay como se le ocurriera castigar a un soldado abofeteándole o golpeando su cuerpo con un vulgar palo o cualquier otro instrumento desprovisto de filo! Entonces, en mitad de la formación, el ofendido, por más que fuera el más humilde de los tambores, pedía pleito a su comandante para a continuación limpiar su honra a base de estocadas en el trasero de su superior... Y todo esto era visto como normal por la tropa, los mandos y la totalidad de la oficialidad. Exigencias como estas acarreaban limitaciones a los mandos que en un ejercito moderno parecerían de pandereta pero entonces eran el pan nuestro de cada día.
Pero claro, esta obligación de castigar con filo las afrentas ajenas hacía que, a poco que las cosas anduviesen revueltas, el devenir del tercio se transformara en los campeonatos mundiales de esgrima de manera que, al cabo de unas semanas de operaciones, el que no se adornaba con una cuchillada era porque tenía dos, tres o cuatro. Para evitar males mayores se definieron unas complejísimas ordenanzas que trataron de aunar lo que debía ser el ejercicio de la disciplina en un ejercito serio, con la acentuada afirmación del "yo" del soldado patrio, y esto desembocó en un texto legal que a nadie satisfacía pero que, al menos, conseguía limitar los duelos a uno o dos al día, ordenando por ejemplo que ofensor y ofendido se tomasen un tiempo para decidir si querían seguir con sus pendencias o aconsejando al sargento salir a reprender a sus subordinados de noche, para evitar que sus compañeros presenciaran el correctivo. Eso sí, si se guardaban estas elementales normas de convivencia, se podía pedir a aquellos hombres prácticamente cualquier cosa... su honra les obligaba a aceptar la orden, por estúpida que fuese... y bien que se aprovecharon de ello los Austrias...
En 1623 las ordenanzas se reformaron y otorgaron al bastón de mando de los oficiales la categoría de arma, para evitar que los soldados se sintiesen mancillados en contacto con él. Hubo que hacerlo después de que, en el Tercio de Enríquez, un capitán rozara inconscientemente con él a uno de sus hombres, y el ofendido le abriera la cabeza de un espadazo...
Nadie en el Tercio lo vio como algo anormal....
... eran otros tiempos.


