Hacienda ya eran todos
Carlos II y su banquero Fugger - ¿Durero?
Un punto de encuentro para todos aquellos que sientan inquietud por conocer la evolución de la civilización romana aunque, desde hace poco, aquí se habla de todo
Carlos II y su banquero Fugger - ¿Durero?Afortunadamente, Valeria es también el nombre de algo mucho más palpable e indiscutible, uno de los conjuntos arqueológicos más importantes – y a la vez más desconocidos - de la península al menos en lo que a
Pero, no es precisamente todo lo que os acabo de contar lo que hace casi imprescindible darse una vuelta por Valeria… amén de todo lo que visual y culturalmente nos pueda ofrecer, la ciudad, junto con el paisaje y su atmósfera, es capaz de transportarnos hasta épocas pasadas y hacernos rememorar imágenes de las que nunca pudimos ser testigos. Y, lo más importante, Valeria es capaz de fabricar en el que la ama miradas como la que yo hace poco tuve oportunidad de contemplar; miradas fugaces pero penetrantes e inmensamente hermosas… rayos de un verde cautivo que anulaban la razón y solo animan a concentrarse en su dueña…
Verdes, verdísimos…
Cuando los norteamericanos parieron su primer submarino nuclear, el Nautilus, a los rusos les entró, de forma irremediable y con carácter de urgencia, una descomposición espectacular. En aquel entonces los sumergibles funcionaban a base de una dualidad de motores diesel y eléctricos lo que ocasionaba, en resumidas cuentas, que cada tres por cuatro tuvieran que emerger para poner en marcha sus motores, recargar sus baterias y reabastecer así su sistema vital. El problema es que, teniendo en cuenta que la principal virtud de estas máquinas es la furtividad, el que un submarino deje de ir sumergido – valga la rebundancia – es como si un francotirador fuera por la selva congoleña vestido de lagarterana. Los rusos – o soviéticos, que uno ya no sabe... – aceptaron el reto porque en aquel mundo bipolar y en cierto modo más seguro que ahora, moverse equivalía a no salir en la foto y cuatro años más tarde, en 1958, pusieron la quilla de la primera de sus contrapartidas. Esos primeros sumergibles soviéticos eran, si los medimos por baremos occidentales, de auténtico chiste: portaban únicamente tres misiles, enormes eso sí, y la tarea de acomodarlos en el casco resultó como meter a un hipopótamo en un seiscientos; además, tenían muy poco alcance por lo que las naves portadoras tenían que colocarse extremadamente cerca de su objetivo – Estados Unidos – para poder lanzarlos, tarea no exenta de riesgos y que requería... ¡Diecisiete minutos con el submarino en superficie!. Los norteamericanos, aunque contemplaron de forma algo displicente su última amenaza, se tomaron el aviso muy en serio y catalogaron a estas naves con el sobrenombre de clase “Hotel”... sin saber que uno de ellos se iba a convertir en el submarino más famoso de la historia.
El K – 19 fue el quinto submarino de la serie, y llevaba ciertas modificaciones que debían de haber hecho de él, el más complejo y potente de la flota del norte. Sin embargo, sufrió tal suerte de problemas, avatares y extraños sucesos durante su construcción, que asignarle el calificativo de “gafe” puede calificarse de extremadamente benigno. Mientras la nave estaba aún completándose en los astilleros, una serie de pruebas efectuadas en su reactor nuclear causaron que dos tripulaciones completas mostraran signos de contaminación radioactiva. A la tercera, por supuesto, hubo que traerla primero engañada, y más tarde, prácticamente a punta de pistola. El 4 de Julio de 1961, ya con el K – 19 en mar abierto – a causa de la insistencia de los almirantes rusos en efectuar maniobras de combate “reales”... almirantes que, que duda cabe, no iban dentro de semejante trasto – se detectó una nueva fuga en el reactor que contaminó a cinco tripulantes que entraron en los compartimentos contaminados a sabiendas que iban hacia una muerte cierta. El capitán pidió ayuda por radio y el submarino fue remolcado bajo una lona para evitar que los aviones de reconocimiento enemigos pudieran proporcionar a los periódicos de la mañana siguiente la portada del siglo...
Pero, como el hombre es el animal que tropieza con el mismo canto las veces que haga falta, el 4 de febrero de 1972 y, con la mayoría de las imperfecciones y defectos de la nave aún sin solucionar – y ya habían pasado 11 años... – el K – 19 volvió a salir de puerto, esta vez para patrullar las aguas de Terranova. Tres días más tarde, sufrió un incendio, posiblemente a causa de que el cableado de la nave no era adecuado para contener la intensidad de la energía eléctrica que necesitaba el submarino. En un principio los marineros pudieron contenerlo pero, el deficiente equipo de seguridad favoreció que el fuego se extendiera y alcanzara al reactor nuclear. Apagar el incendio costó la vida a 28 tripulantes – de 104... – y más de la mitad fallecieron a los pocos años, víctimas de cáncer.
El K – 19, el “Widowmaker” de la versión cinematográfica, ha dado para infinidad de libros, media docena de documentales, dos películas pero, curiosamente y hasta donde se sabe, no motivó la asunción de responsabilidades por parte de ningún miembro del alto mando de la marina soviética. El capitán, no obstante, si tuvo oportunidad de pasar años añejos purgando penas en algún gulag siberiano, vaya usted a saber porqué...
La Unión Soviética ha perdido infinidad de sumergibles a lo largo de la historia, más, sin duda, que la suma de todos los accidentes sufridos por el resto de usuarios de estos ingenios.
Hasta hace bien poco, las posibilidades de rescatar con vida a los marineros atrapados en uno de estos accidentes, eran nulas.
El mar dará a cada hombre una nueva esperanza - Cristobal Colón