miércoles, 15 de octubre de 2008

El sitio de Malta, 1565

Determinados acontecimientos han iluminado, no necesariamente para bien, la historia de la humanidad... Hombres y mujeres, cuerdos y locos, ancianos cercanos a la santidad y aventureros de la peor especie se han sentido atraídos por ellos, han dejado su mundo atrás para intentar formar parte de otro, hacerse ricos o simplemente abandonar una existencia con la que no estaban del todo conformes. En 1565, el destino otorgó a todos ellos una oportunidad en la isla de Malta.

El sitio de Malta fue, a mi modesto entender, una confrontación mitad estratégica, mitad psicológica; La isla, situada en medio del mediterráneo, controlaba las principales rutas comerciales entre oriente y occidente, tenía excelentes puertos naturales y defensas pero, sobre todo, era la sede de la Orden de los Caballeros Hospitalarios, una especie de congregación de monjes guerreros que, al igual que sus rivales los Templarios (anteriormente extinguidos a su pesar) eran una fuerza no solo militar, sino económica de primer orden. La isla les había sido entregada muchos años después de que tuvieran que dejar Rodas, gracias a lo inmensamente pesados que se pusieron con Carlos V quien, quizá con la esperanza de perderlos de vista definitivamente, se la concedió. Las heridas abiertas entre el Imperio otomano y la cristiandad, especialmente con sus adustos caballeros de negro, no habían acabado de cerrarse por lo que el turco decidió atacar.

Militarmente, el encargó que recibió Mustapha Passa fue un regalo envenenao; Después de las victoriosas intervenciones otomanas en Trípoli y la carnicería que ocasionaron a las fuerzas españolas en Djerba, el siguiente paso era un secreto a voces. El comandante cristiano, Jean de la valette, estuvo rápido y mando emisarios a todos los prioratos de la orden para que sus caballeros tuvieran hechas las maletas por si había que salir pitando... ¿conclusión? En cuanto que se detectaron las primeras señales de peligro, cientos de hermanos hospitalarios procedentes de lugares tan dispares como Portugal o Dinamarca llegaron pertrechados para defender la cruz. Enfrente suyo estaba lo mejor que podía oponer el Sultán, que no era poco: fuerzas Búlgaras, Húngaras, arqueros ávaros, guerreros persas, mamelucos y sobre todo, varios regimientos de jenízaros, una especie de contrapartida de las órdenes religiosas cristianas que observaban un rígido comportamiento en lo militar y en lo intelectual y que, por ejemplo, guardaban celosamente su celibato y practicaban el voto de silencio... No deja de ser curioso lo cerca que pueden llegar a estar los extremos.

En resumen, unos 6.000 caballeros cristianos, reforzados por unos cientos de tercios españoles que mandó a la carrera el Virrey español de Nápoles contra cerca de 22.000 musulmanes, otros tantos hombres pertenecientes al tren de avituallamiento, cañones, arietes y una gigantesca catapulta que arrojaba bolardos de más de metro y medio de anchura... y en este momento los musulmanes cometieron su primer error... La inconsciente atracción que sufrían por el fuerte de San Elmo, sin duda el más impresionante, les llevó a concentrar sus principales esfuerzos contra él, lo que dejó su línea de ataque fatalmente desequilibrada. Dicho fuerte estaba defendido por un centenar de caballeros de la orden, la mayoría de origen aragonés, y por más que recibía castigo, el de la Vallette conseguía aprovisionarlo por la noche y desactivar los intentos de deserción de los caballeros... no por temor, sino porque para evitar bajas tenían prohibido salir de la fortaleza y los hospitalarios consideraban humillante no morir con las espadas en la mano. Por fin, treinta y un días después de haber empezado el asedio, los turcos pusieron el pie en lo alto de la principal torre de San Elmo; habían muerto todos los caballeros cristianos menos 9... ¡pero les había costado cerca de 5.000 bajas propias, más de la mitad de ellas jenízaros!

Semejante nivel de bajas era insostenible pero Mustafa estaba decidido a aprovechar el tirón... Dos días más tarde una horda de guerreros musulmanes atacaba otro de los fuertes pero fracasó porque, aparte de la tenacidad de los defensores, la noche anterior habían tenido tiempo de introducirse milagrosamente una compañía de cerca de 200 arcabuceros españoles de élite; cuando la miriada de musulmanes se lanzó contra el burgo que rodeaba la fortaleza fue rociada con varias descargas de fusilería y prácticamente aniquilada. En una segunda oportunidad, el comandante turco estaba ya cerca del fuerte de San Miguel pero unos gritos le hicieron volver la cabeza hacia retaguardia... ¡Para descubrir que un destacamento de caballería cristiano estaba atacando su campamento!... En realidad, lo que Mustafa tomó por refuerzos llegados desde la península italiana eran en realidad varias docenas de jinetes italianos que había salido a escondidas de la ciudad y, cabalgando con el agua de la costa hasta las ancas de sus monturas, consiguieron llegar al hospital turco para “felicitarles las fiestas”; La carnicería que siguió debió de ser, lamentablemente, histórica... pero sirvió para hacer que el ejército turco tuviera que acudir en rescate de los suyos y aliviar la presión sobre los defensores en el, seguro, mejor momento.

En días posteriores se vivieron varios intentos más, todos ellos perpetrados por grandes máquinas de asedio y todos ellos acabaron igual... con la máquina de asedio en el taller. En estado de desesperación, los atacantes se reunieron con la intención de sacar fuerzas de flaqueza e intentar exterminar a los defensores que, seguro, estaban por lo menos igual de desanimados que ellos. En ese instante, se confirmó que a los hijos de Alá les había mirado un tuerto: tres tercios españoles al mando de García de Toledo desembarcaron en la Isla y al grito de ¡Santiago, Santiago! Formaron sus temidos cuadros... Era lo que les faltaba a los de la media luna; decidieron que ya estaba bien y que, a lo mejor, Malta no tenía tanta importancia.

Las consecuencias del asedio de malta fueron discutibles; murieron de hambre infinidad de personas, dos tercios de la isla quedaron completamente arrasados y hubo que reconstruirlos a base de donaciones procedentes de Europa y del dinero perteneciente a la fortuna de los hospitalarios que valoraron, incluso, abandonar la isla. Malta quedó casi indefensa en el momento que la abandonaron los tercios pero el sofoco musulmán fue tan grande que seguramente prefirieron variar el objetivo del próximo ataque: primero atacaron sin éxito a Hungría, solo para que dos tercios de sus fuerzas sucumbieran a causa de la peste; después, se estrellaron con las galeras españolas y venecianas en Lepanto y, pelín hartos ya, se volvieron hacia oriente a ajustar las cuentas a Irán. Gracias a ello, el mediterráneo se llenó enterito de banderas azules y los tercios españoles pudieron dirigirse a Flandes... para morir allí.
Curiosamente, a efectos del vocabulario español, la contienda sí tuvo efectos duraderos: Los jenízaros llevaban floridos gorros en cuyo frontal guardaban la cuchara de palo con la que comían; los soldados españoles codiciaban esta cuchara a la que consideraban un verdadero amuleto y registraban a los jenínaros muertos para despojarles de ellas. Desde entonces, "entregar la cuchara" es, para los españoles, sinónimo de morir.
Saludos.

6 comentarios:

Hispa dijo...

Gran relato, a fe mía. Mucho mejor que que el yo hice tiempo ha. Por cierto, llevo toda la vida diciendo lo de "entregar la cuchara" y hasta hoy no he sabido de dónde venía. Gracias por eso y por tan amena lectura.

Edem dijo...

bueno, es que el Fuerte de Sant Elmo era un punto elevado desde donde disparar. Solo despues del ataque, La Vallete, construyó su ciudad para evitar que eso mismo pasara en el futuro con otro enemigo.

Además, los turcos perdieron a Dragut, uno de los principales corsarios de los suyos, y se quedaron asi muy tocados para Lepanto.

La Orden, llamada "La Religion" por los Turcos, tenia una merecirisima fama de tocarles las... narices al Sultan. Primero desde Rodas, luego desde Malta, su audacia era de pelicula. Con 13 barcos, llegaron a interrumpir el comercio muchas veces del poderoso imperio otomano. Pero el que hicieran "excursiones" cerca de Estambul, ya fue la gota que colmó el vaso.

Y otra cosa... si bien no fue el final, casi lo fue para el avance turco. Es lo que pasa cuando demuestras que no eres invencible. Eso mas unos sucesores nefastos del Sultan, lo complicó todo. 100 años despues, los Austriacos ya estaban conquistando Buda y Pest. 100 años mas, y los Rusos se los comieron por Crimea.

Un saludo de Edem

Descubre Irlanda/Europa Napoleónica dijo...

Censure y borre, censure y borre, prosiga; que de ingeniero* tiene Ud. lo que yo de arzobispo de Canterbury.

*Nota: La ingeniería cursada por fascículos del quiosco no cuenta. Y todavía osaba hablar esta tarde del paro, ¿entiende ahora por qué Ud. se encuentra a años luz de poder escribir algo sin errores garrafales?

Sigo esperando sus "argumentos" sobre Malta 1565.

Écrasez l'infâme!

cbqs dijo...

entregar la cuchara

cbqs dijo...

jeje

Iñaki dijo...

En los caseríos vascos existía la costumbre de que la suegra entregase a la nuera la cuchara de palo usada para repartir la comida; esto simbolizaba la cesión del poder a la recién llegada, algo que la anciana hacía muy a disgusto. En mi familia, siempre hemos usado esta expresión con el sentido de "ceder" o "morir". La explicación relacionada con el adorno de los jenízaros podría ser cierta; sin embargo, el uso del verbo "entregar" sugiere una cesión formal más de acuerdo con la costumbre o ritual que menciono. Por otra parte, se pueden ver cucharas de madera usadas como parte del tocado y con valor aparentemente simbólico en cuadros antiguos que muestran bodas tradicionales, como, por ejemplo, "Boda campesina", de Brueghel.