Cuesta admitir cómo es posible que un fausto acontecimiento como el advenimiento al trono del más grande Emperador de la antigüedad, se debiera a una casualidad y a un acontecimiento más bien sucio, como el adulterio. Es cuestiones de “
cuernos” no hay que hacer mucho caso a lo que se oye por ahí, pero parece claro que
Plotina, la virtuosa mujer de
Trajano, una mano le echó a su amante para que alcanzara el trono de la manera más sosegada posible. Para acabar de complicar el asunto, Trajano y Adriano eran tío y sobrino, aunque gracias a Dios, no consanguíneos. Además también eran paisanos, andaluces de
Itálica ambos, aunque en lo que se refiere al carácter, no podían ser más distintos. Adriano era un muchacho lleno de vida, de curiosidad e interés, que lo estudiaba todo con fervor: Matemáticas, historia, arte, ciencia… y aprendía muy rápido. Pero parecía que todo eso esfuerzo solo iba dirigido a conocer el interior de los hombres, quizá para intentar parecerse lo menos a ellos… en definitiva, Adriano fue siempre un escéptico. De ahí que conquistar mundos lejanos no le llamara demasiado la atención y que, contando con la escultural
Julia Sabina como esposa –
un “cañón” a decir de los entendidos de la época – no la pusiera la mano encima, ni para bien, ni para mal.
Cuando subió al trono tenía cuarenta años y su primera medida fue pegar carpetazo a las conquistas militares con que había engrandecido Roma el divino
Trajano. Inmediatamente salieron de Persia, de Armenia y de Arabia las victoriosas legiones que años atrás no habían dejado por aquellos confines títere con cabeza. Lo hicieron ordenadamente, como siempre, pero seguro que refunfuñando y con malos modos, porque presentían que se acababan los tiempos de gloria, de triunfos… y de sobresueldos. Y para asegurarse de que lo habían entendido, cuatro de los mejores comandantes fueron ajusticiados, sin proceso, sin abogados defensores y sin pruebas. Adriano, que no estaba en Roma, regresó a la carrera, les preparó lo más fastuosos funerales que el dinero podía comprar y respiró aliviado, porque ya tenía un problema menos del que preocuparse. En ese momento el pueblo se temió lo peor: volver a los tiempos de un
Calígula, un
Nerón o un
Domiciano, pero no fue así. Adriano se reveló como un incansable administrador, un soldado competente y un político capaz. A ello sin duda ayudó su físico, pues era alto y más bien guapo, y sus cuidadísimos modales y estudiados hábitos, propios de lo que ahora denunciaríamos como “
populismo puro”.
Y es que, a ciencia cierta, nadie sabía con seguridad que era lo que llenaba los pensamientos de este hombre. Intelectualmente, tendía al
estoicismo, pero en la práctica se cuidó mucho de aplicar sus preceptos. Tomo el placer allá donde lo encontró, pero siempre dominándose a si mismo y sin sentir el menor remordimiento por ello. Le daba igual un chico guapo que una muchacha hermosa pero cuando había que coger la espada lo hacía sin tardanza y ni unos ni otras le hicieron perder la cabeza. Hacía lo que quería aún cuando parecía que se dedicaba a lo que debía; parecía que no estaba pero se enteraba de todo… estaba tan presente, que no necesitaba aparecer. Por eso sacó tiempo para viajar; bueno, por eso, y porque tuvo la infinita suerte de rodearse de los funcionarios más competentes de la historia del Imperio. Gracias a esta burocracia cualificada tuvo la oportunidad de ir de una parte a otra del Imperio, reventando caballos, para inaugurar palacios, comprobar que los sillares de piedra del
Muro que lleva su nombre estaban bien armados, para supervisar el traslado de grano desde África o para sofocar la insurrección anual de los siempre belicosos judíos. Si uno echa mano de sus libros de viaje, parece imposible que hubiera estado en la mitad de los sitios en que estuvo, teniendo en cuenta que lo había más AVE´s que las de verdad...
Más, como los hombres ni siquiera estamos contentos con el mejor de los destinos posibles, en Roma empezaron a cansarse de ese Emperador que nunca volvía y pronto, cuando se supo que remontaba el Nilo acompañado de un joven de cabellos rubios y piel aterciopelada, los rumores tomaron las calles de la capital. Sus consejeros, algo preocupados, decidieron hacer lo de siempre, obrar sin consultarle, aunque en esta ocasión, para quitarle los pájaros que pudiera tener en la cabeza… y
Antinoo, que así se llamaba el “problema” se las arregló para ahogarse voluntariamente las veces que hizo falta hasta que dejó de respirar. Un accidente vamos. Y pasó lo que no había pasado nunca: Adriano se lo tomó mal; las crónicas cuentan que se pasaba el día llorando por las esquinas de palacio como un alma en pena y debieron de pasar meses hasta que el Emperador se acordó de quien era y se puso a ejercer de nuevo.
Pero aquel hombre ya no era el mismo. Perdió toda su energía vital, su humor y hasta su encanto, enfermó gravemente, y las horas que antes pasaba viajando o inspeccionando obras o guarniciones las llenaba ahora escribiendo las cosas más tristes a que puede dar lugar un alma desgarrada. Su sufrimiento era tan intenso, que en sus conversaciones solo aparecía la necesidad de irse a la tumba. Él, que desde joven había desconfiado del género humano y sus servidumbres, agudizó aún más todas sus fobias, hasta ser incapaz de hablar con otra cosa que no fuera un papel en blanco. Un día, ya inmovilizado en la cama, el filósofo estoico
Eúfrates le pidió permiso para suicidarse. Adriano conversó con él sobre la futilidad de la existencia y se lo dio. Acto seguido pidió seguir su ejemplo, más nadie se atrevió a acercarle el veneno. Se lo ordenó a su médico, que para no hacerlo, se mató y un esclavo al que rogó que le proporcionase un puñal, huyó despavorido por las escaleras pensando que su amo se había vuelto loco. Adriano, desesperado, exclamó
“he aquí un hombre con poder para hacer morir a quien quiera, salvo a sí mismo". Meses más tarde, murió.
Con él no se fue solo un Emperador excepcional, que entendió como nadie las posibilidades reales del Imperio y de sus súbditos, sino también un ser humano irrepetible, inentendible, dual, cautivador e incierto. Y como su antecesor, se despidió nombrando como sucesor al más capaz entre los disponibles, quizá para que no le echaran de menos. Más eso era imposible…