martes, 23 de septiembre de 2008

Coraceros


En una ocasión me dijo mi padre... “Hijo mío... procura que te paguen por pensar, y no por trabajar...” Naturalmente, al principio no le hice caso y así me fue durante un tiempo... desarrollando toda clase de trabajos de nula capacitación, más nula retribución y con la espada de Damocles siempre sobre mi cabeza. Una vez que me acostumbré a empujar con las meninges y no con los riñones, la cosa mejoró bastante aunque la tortilla se ha girado tanto que ahora mi padre es incapaz de explicar a sus compañeros de partida a que se dedica su hijo... “No se – le escucho - ...creo que anda con ordenadores...” ¡Que jodío! Claaaaaaaro... como manejo un bolígrafo en vez de un destornillador y vivo colgado del portátil y de la Palm, mi progenitor empieza a recelar de que su hijo realmente desarrolle una ocupación productiva real... y como, además, soy incapaz de cambiar una bombilla, no se donde está el bote sifónico y si me pides una llave allen, lo más factible es que te de una espumadera, el hombre tiene dos sensaciones contradictorias: primera, que su hijo no le ha pedido nunca un duro con lo que, o le va realmente bien, o se alimenta del aire... y segundo, que a su hijo, algún pobre imbécil, le paga por no hacer nada.

A mí me gustaría explicárselo pero me metería en tal batiburrillo de Excel, Cash Flow, Balance Sheet, Outlook, Blackberries... que mi padre pensaría que le estoy dando la alineación del Liverpool... ¡Que gusto aquella época en la que se podía explicar, sencillamente, a lo que te dedicabas! Porque, llevando las comparaciones al extremo y exagerando sin mesura alguna, si, por ejemplo, uno de los coraceros de Napoleón tuviera que haber explicado a su pobre padre a que se dedicaba, solamente debería decirle “yo me subo a un caballo, pico espuelas y me lanzo contra el enemigo... intentando matarle, mayormente...” y ya esta...

Por supuesto todo lo dicho no deja de ser una grotesca hipérbole; sin embargo, como todas las exageraciones, traen causa de una verdad, en el sentido de que, efectivamente, la única función de esta suerte de caballería pesada, era desmembrar a los infortunados ocupantes de la primeras filas enemigas y darles caza en la persecución subsiguiente. Ya se que esta idea la encontramos presente en los campos de batalla desde que el mundo es mundo pero, en su forma definitiva, se la debemos al monarca franchute Luis XIII que fue quien les otorgó un espíritu de cuerpo al configurarlos como una suerte de guardia personal, así como una nota de distinción definitiva por cuanto les uniformó con una molona coraza que les protegía - relativamente - el torso contra las descargas de fusilería enemigas... de ahí su nombre en francés, curassier.

La idea estaba clara; hemos visto que el coracero es un jinete pesado que se lanza contra la infantería contraria, eludiendo el enfrentamiento con la caballería, también enemiga. Lo de “pesado” se lo debemos principalmente al caballo, las más de las veces ejemplares bretones, frisones o británicos de enorme fuerza, que se criaban desde pequeños acostumbrándoles a los ruidos y a los gritos de los hombres. De su importancia, habla el hecho de que en el ejército prusiano tenían su tren de avituallamiento propio, que solía tener preferencia sobre el de los hombres o el que, en la Francia napoleónica, el segundo gasto militar tras las piezas de artillería fueran estos animales. En fín, sobre el caballo decíamos que colocábamos a su jinete, también fornido y armado a la francesa – es decir, con un largo sable capaz de cercenar un brazo a la altura del hombro... – o a la española – armado con dos pistolas de mecha –, en cuyo caso se le llamaba Reiter o, más comúnmente, Dragón.

Su utilización era, en sí, sencilla; una vez que el cuadro de infantería se empezaba a descomponer fruto de la tensión del combate y de las cargas de fusilería, el escuadrón atacaba, al galope tendido, buscando desordenar al enemigo y aniquilarle. La única opción de la infantería era formar un cuadro, apiñarse unos contra otros, rezar el padrenuestro y apuntar las bayonetas como si fueran pequeñas lanzas, intentando disuadir a la caballería de continuar su ataque. Naturalmente, para hacer esto último había que tenerlos “bien puestos”... Si hacemos caso a los escritos de “Napo”, el enfrentamiento era en su mayoría psicológico: los jinetes cargaban desaforadamente... solo para girar en el último momento si veían que la infantería no se dispersaba... y la infantería intentaba, con toda suerte de alaridos, mostrar más arrestos de los que realmente les acompañaban. De lo que sí se aseguraban los comandantes de estos escuadrones era de que los caballos descansasen cada poco tiempo, agrupando a sus hombres en una zona “tranquila” de la batalla antes de volver a cargar, de no atacar cuesta arriba – para evitar que el caballo llegara a su objetivo absolutamente reventado - y, sobre todo, de no abandonar los lugares abiertos. En Waterloo, lo mejor de la caballería francesa contravino los dos últimos mandamientos y así le fue...

En España, los coraceros estuvieron presentes durante los siglos XVII, XVIII y XIX, en mayor o menor medida, dependiendo de las circunstacias del país y de sus posibilidades financieras que, como sabemos, no eran muchas. La generalización de las armas de fuego de largo alcance y cañón estriado – que permitía hacer fuego con cierta precisión a considerables distancias – acabó definitivamente con ellos en 1874.
Mañana, Heinz Guderian.

4 comentarios:

Hispa dijo...

¡Jó! ¡Qué buena entrada! Imperiona el simple hecho de imaginar a una unidad de coraceros lanzándose contra el enemigo con los sables en alto. Supongo que una buena descarga de fusilería a corta distancia podría, no obstante, hacerles mucha pupa.

Y sobre lo otro, a veces yo también me pregunto porqué me pagan, pero procuro callarme esos perversos pensamientos y procurar que no se me note.

Hispa dijo...

Errata: "impresiona", no "Imperiona" (Se me sale el Imperio por los dedos cuando escribo)

Caboblanco dijo...

Sobre la descarga de fusilería. Estudios modernos (y bastante profesionales puedo decir, ya que he tenido acceso a ellos...) están cerca de demostrar que, por ejemplo, en Waterloo, menos del 8% de los disparos hicieron blanco y eso teniendo en cuenta que el rango de disparo estaba entre 50 y 125 metros. Por otro lado, para la misma batalla se sugiere que en el bando francés, más del 70% de los soldados hicieron fuego.

Muchos años más tarde, un estudio parecido refleja que en la guerra de Vietnam, menos del 10% de los soldados estadounidenses vieron realmente al enemigo y no llegaron al 8% los que hicieron fuego.. curioso ¿no es cierto?

Hispa dijo...

Muy, muy curioso.