viernes, 29 de abril de 2005

Patriotismo


Reprodución de un "Aquila", según la descripción de Flavio Josefo

La virtud pública que entre los antiguos se denominaba patriotismo se deriva de la firme convicción de que nuestro interés radica en la preservación y prosperidad del gobierno libre del que, como ciudadanos, formamos parte. Este sentimiento convirtió a las legiones de Roma, más que ningún otro, en tropas casi invencibles y, desde el labriego al terrateniente, todos asimilaron que el acceso al ejército suponía el ascenso a una profesión más digna y más útil, donde su rango y reputación dependerían de su valor. De este modo, aunque la proeza de un soldado individual con frecuencia escapaba a la fama, su conducta podía llegar a conferir gloria o vergüenza en la compañía, legión o ejército a cuyos honores estaba asociado de por vida. Este sentimiento íntimo de responsabilidad del individuo para con el conjunto de la sociedad y de sus compañeros, de armas en este caso, era uno de los pilares sobre los que se asentaba el modo de vida romano y recibía el nombre de virtus.

Cuando un ciudadano entraba en el ejército, se le tomaba juramento con gran solemnidad y prometía no abandonar nunca su estandarte, someter su voluntad a las órdenes de sus superiores y sacrificar su vida por la seguridad del Emperador y la del Imperio. El águila dorada, que brillaba al frente de la legión, era objeto de la mayor de las devociones y se consideraba tan impío como ignominioso abandonarla en momentos de peligro.

Estas servidumbres se aliviaban con una paga regular, ciertos donativos ocasionales y una recompensa establecida para cuando terminaban el periodo de servicio; mientras que, por otra parte, era imposible escapar de los más severos castigos por cobardía o desobediencia. Los centuriones estaban autorizados a golpear, los emperadores a matar y los soldados…a temer más a sus superiores que al enemigo. Gracias a esto el valor intrínseco de las tropas imperiales se apoyaba en un grado de docilidad y firmeza que las marañas de bárbaros que constituían sus enemigos jamás podrían alcanzar.

Con todo, tan conscientes eran los romanos de lo incompleto del valor sin técnica y práctica, que en latín la palabra ejército procedía de exercitus, que significa "ejercicio". Los ejercicios militares eran el objetivo constante y fundamental de su disciplina. Los reclutas y soldados jóvenes se entrenaban mañana y tarde, lloviera o hiciera sol, y ni la edad ni el conocimiento de tantos años de experiencia eran excusa para que los veteranos dejaran de repetir lo que ya sabían. En los cuarteles de las tropas se levantaban grandes cobertizos para que la nieve no interrumpiera la actividad y se ponía buen cuidado en que las armas destinadas a remedar los enfrentamientos pesaran el doble que las utilizadas en el combate.

Pecaría de soberbio si intentara describir minuciosamente los ejércitos de Roma; solo me atreveré a decir que los soldados marchaban, nadaban, acarreaban pesadas cargas, manejaban cualquier tipo de arma de la panoplia de las legiones, tanto individual como colectiva, ejecutaban formaciones, montaban a caballo y sufrían junto a sus compañeros… para no tener que hacerlo frente al enemigo.

Este es el espíritu que moderó y la fuerza que sostuvo el poder de Trajano, Adriano o los Antoninos. Posteriormente, sus sucesores manejaron estos valiosísimos recursos cada vez con peor tino, hasta conseguir que las legiones Romanas que pelearon en los campos europeos a partir del siglo III D.C. fueran meras sombras de aquellas que llevaron las fronteras del Imperio hasta las fuentes del Nilo, dos siglos antes.

No deja de sorprender, visto con ojos del siglo XXI, lo mucho que nos cuesta asociar conceptos como patriotismo a los sistemas democráticos de los que, voluntariamente o no, formamos parte y que tantos derechos, al menos sobre el papel, nos otorgan. Sin embargo, el ciudadano romano no dudaba ni por un momento de que formaba parte de "algo", aunque en ocasiones ese "algo" podía comportarse de forma brutal; de que por ese "algo" merecía la pena luchar y que Roma, esa idea superior, y sin embargo tan cercana y tan sugerente, era el único lugar en el que merecía la pena vivir y desprendía tanta luz, que todo aquel que quisiera, podía acercarse a ella para alumbrar su vida.

Sí… Roma era la luz…

3 comentarios:

Turulato dijo...

No sé que decir; de verdad. Comprender, primero, lo que significa el párrafo que inicia el artículo, para después ajustar el comportamiento a esa idea y luego, cuando ya se haya convertido en parte de la vida de cada uno y así de la de todos, darse cuenta de que no se puede convivir sin "virtus".......
Sí, en este aspecto, Roma era la luz, ¿qué somos?.

Caboblanco dijo...

La mayoría de los terminos romanos que hacen referencia a valores o comportamientos son, cuanto menos, difícilmente traducibles... o mejor, difícilmente entendibles para ciudadanos del siglo XX. Vocablos como "Autorictas", "Imperium" o "virtus" están tan lejos de nuestra escala de valores, que si ajustaramos nuestro comportamiento a ellos, nos tomarían por locos. Y es una pena porque "virtus" es una palabra preciosa que hace referencia al convencimiento íntimo de que formamos parte de algo y que nos debemos a ese algo, porque ese algo, somos nosotros mismos; sospechosamente parecido al "lo que hagas a los demás te lo haces a tí mismo" que predica el cristianismo...

La luz, esta en cada uno de nosotros, pero estar dispuesto a regalar luz, a alumbrar, cuesta.. y exige un compromiso que asusta a la mayoria, porque la mayoría no entiende que el compromiso devuelve libertad.

Turulato dijo...

¡Amén!