lunes, 15 de diciembre de 2008

Patton, sangre y agallas


Existe un tipo de personas a las que la sociedad tolera, pero no admite. Son necesarias, pues su claridad de ideas, empuje e inteligencia son superlativas - y casi podríamos decir, excesivas - pero su verbo fácil, su incapacidad para medrar y su tendencia a llamar a las cosas por su nombre las hace dejar demasiados enemigos por el camino y terminan en el cuarto oscuro de la historia, seguramente solo entendidas por aquellos que tuvieron la oportunidad de conocerlas de primera mano.

George Patton fue una de estas personas. Defensor a ultranza del uso de los blindados y, posiblemente, mejor general en el escenario europeo durante la Segunda Guerra Mundial, la gran mayoría de los lectores ocasionales de este periodo histórico asocian la imagen de Patton como un guerrero puro y feroz, un líder militar salpicado por variados casos de insubordinaciones y transgresiones y una persona que sufrió frecuentes periodos de fuerte inestabilidad emocional. Todo esto es cierto, más o menos; pero lo que tampoco puede negarse, por más que tengamos dificultad para simpatizar con el personaje, es que Patton, con su tendencia a actuar, a reaccionar ante las dificultades y a coger al toro por los cuernos, redujo considerablemente la duración de la guerra y el número de bajas aliadas y, seguramente, las hubiera reducido aún más si otros generales, menos dotados pero políticamente correctos hubieran estado por debajo y no por encima de él. Empecemos...

Patton era californiano, originario de una familia con nulos problemas económicos y una gran tradición militar que había sido protagonista en la mayoría de los conflictos en los que se habían visto involucrados los Estados Unidos. Con semejantes antecedentes, el joven George acabó, como era de esperar, graduándose en la Academia Militar de West Point pero de un modo nada notable, por cierto; al parecer Patton estudiaba con gran intensidad las materias de literatura clásica e historia militar, donde destacada incluso por encima del profesorado pero, sin embargo, era una nulidad en otras como ingeniería o mecánica. Por eso y por una dislexia que le perseguía desde pequeño, durante los años en la academia nunca consiguió destacar por encima de nadie salvo por sus excentricidades. Y es que, ni corto ni perezoso, solía defender ante sus compañeros teorías relacionadas con la reencarnación y se veía a sí mismo como el sucesor de variados personajes históricos, sin ponerse ni “colorao”.

En cualquier caso, Patton ya era considerado por medio ejército americano como un bicho raro y como en aquel entonces los tanques también lo eran, al empezar la Primera Guerra Mundial fue asignado a una unidad de blindados estadounidense que acabaría participando en la primera batalla en que éstos fueron usados de manera significativa, Cambrai, recibiendo numerosas y variadas condecoraciones porque al parecer, fue uno de los pocos que entendió como debían utilizarse semejantes ingenios. Entre el currículo vitae que se labró durante aquellos días y el aprendizaje que llevó a cabo en los años siguientes, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la elección de Patton como comandante de todo lo que se moviera gracias a cadenas se reveló obvia y así, tras un primer disgusto en Kasserine, se puso al frente de las fuerzas aliadas en el norte de África, formando junto a su íntimo enemigo, “Monty”, una tenaza que echó a los alemanes al mar.

Como resultado de su éxito, Patton recibió la misión de recuperar Sicilia, de nuevo al alimón con Montgomery y, a pesar de que ambos no podían verse ni en pintura, salieron de nuevo triunfadores, eso sí, un poquito más el americano que el inglés, ya que Patton extenuó virtualmente a sus tropas – y contravino una medía docena de órdenes expresas... – con el fin de llegar a Messina antes que su rival. Y a partir de aquí, paralelamente a su fama, aumentaron también sus excentricidades y sus meteduras de pata; dejando aparte su gusto por enardecidos discursos que parecían sacados de otra época, era capaz de defender y apoyar a sus hombres hasta el límite pero aquellos que, según él, no alcanzaban el nivel de “hombría” necesario, figuraban permanentemente en su punto de mira... De hecho, varios de ellos que descansaban en un hospital aquejados de “fatiga de combate” fueron abofeteados por Patton, que se negaba a que se utilizaran camas para aquellos que no presentaban heridas ni mutilaciones. El alto mando le hizo disculparse públicamente pero nadie podía ya cambiar a ese “perro viejo” que era incapaz de entender la guerra de otra manera y que entre sus hombres era conocido como "sangre y agallas"

Por todo ello, y por la enorme veneración que los mismo alemanes sentían por Patton – le consideraban, con mucho, el general aliado más capaz y sus libros se leían en las academias alemanas como si fueran de texto – el alto mando aliado decidió retirarle del servicio y ponerle al mando de un ejército “ficticio” compuesto por carros y camiones de lona, que debía servir para confundir a los alemanes antes del desembarco de Normandía y “fijar” divisiones alemanes fuera de la zona del verdadero ataque aliado... y era tal el prestigio de Patton, que así fue.

Un mes después del desembarco, a Patton le aguardaba su última oportunidad: Bradley y, sobre todo, Eisenhower, confiaron en él para mandar una fuerza que debía romper el cerco en el que estaban sumidas las divisiones aliadas y ganar terrero en Francia lo más rápidamente posible. Y Patton, agradecido, lo hizo tan bien que cubrió novecientos kilómetros en dos semanas y de hecho, la logística estadounidense era incapaz de suministrarle el combustible necesario para que sus tanques continuaran la lucha... y eso sí, sin renunciar a su personalidad, ya que continuamente llevaba a sus mandos de sobresalto en sobresalto; En una ocasión Bradley le vio ejerciendo de una especie de guarda de tráfico en medio de un barrizal por el que los tanques americanos no eran capaces de conducirse y en otra, al cuestionar el pobre avance que estaban realizando sus divisiones, Patton le respondió... “Brad... mis hombres pueden comerse el cuero de su cinturones si se lo pido pero por ahora son incapaces de mear la gasolina necesaria para que funcionen sus tanques”.

Patton, en su loco avance, ayudó a la 101ª División aerotransportada a aguantar en Bastogne, liberó la mayor parte del sur de Alemania y estaba a punto de entrar en Checoslovaquia cuando recibió la orden de parar. George, con los ojos fuera de las órbitas, acató una decisión que, de hecho, iba a hacer que el país centroeuropeo quedará dentro de la influencia Soviética durante los próximos cincuenta años y harto de todo y puede que las facultades intelectuales algo “tocadas”, se descolgó con unas declaraciones en las que abogaba con continuar la guerra, eso sí, contra los rusos. Fue demasiado. Se le retiró discretamente de la escena destinándole a un mando militar en el que no tenía autoridad más que sobre el ujier que custodiaba la puerta de su despacho y, quizás para su descanso, la providencia lanzó contra su coche una camioneta el 9 de diciembre de 1945. Murió doce días después.

Patton no tenía término medio. Con una personalidad forjada con la lectura de textos sobre las guerras púnicas o las legiones romanas, no estaba hecho para una época en la que el poder político dar órdenes al militar. Brillante en términos tácticos y operativos, capaz de las mayores muestras de cariño con sus hombres y también del más vejatorio de los tratos, lo cierto es que sin él, otros militares más “correctos” que llenan las páginas de los libros de historia, hubieran alargado aún más la guerra, acarreando aún más sufrimiento. Afortunadamente para ellos, tenían un “loco” necesario, un "duro" en quien apoyarse, al menos, durante el tiempo que fuese imprescindible.
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"Las guerras no se ganan con hombres que mueran por tu país, sino haciendo que otros pobres desgraciados mueran por el suyo" - G.S.Patton
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3 comentarios:

unjubilado dijo...

Con lo que nos cuentas y los enlaces que dejas, es muy difícil aportar algo, pero has oido "The Real Voice of General Patton"?
Un saludo.

Turulato dijo...

Permíteme que reduzca mi comentario a una especie de esquema.
* "..incapacidad para medrar..". Decía mi decálogo del cadete, en el que me eduqué: "Amor a la responsabilidad y decisión para resolver".
Aunque no todos, el oficial que siente amor al Servicio, ansía ascender y mandar. Cuanto más, mejor. En palabras del DRAE Mejorar de fortuna aumentando su .. reputación.
Lo que ocurre es que la mentalidad del oficio militar es muy, muy distinta a la mentalidad laboral civil.
* Montgomery, en mi opinión, le debe más a la extravagancia y a la publicidad que a sus dotes, cosechando algún que otro fracaso estrepitoso. Si no hubiese que haber mantenido cierto "encaje de bolillos" en la distribución de los mandos operativos "puede" que le hubiesen mandado a tricotar.
* Es muy posible, mucho, que el propio Patton sufriese "fatiga de combate" (Como curiosidad, realizando el curso de Oficial de Seguridad de Vuelo, conocí el informe de los psiquiatras militares USAA que indicaba que uno de los síntomas más claros de "fatiga" en los pilotos era sentir gran pasión -¿física?- por la propia esposa)
* Kasserine, como la campaña del Teatro Norteafricano, ofreció al novel ejército de tierra americano la posibilidad de desbravarse. Y eso significa en una guerra la depuración de ineptos, ineficaces y torpes, además de comprobar Orgánica y Logística.
* Y, para terminar, una vez más, Los USA ganaron y detentan el poder geoestratégico y geopolítico, gracias a:
- Su capacidad industrial de respuesta
- Su capacidad logística de proyección.
- El empleo acertadísimo de su Aviación Táctica.

La anécdota que relatas sobre la gasolina es una muestra. Porque en contra de lo que creen hoy los españoles, los aeropuertos se construyen con hormigón; no con celo, ni con ideas.

Caboblanco dijo...

Muy bienvenida tu aportación Jubileta.

Turu, he leído algo sobre Monty y lo de este hombre debía ser de traca... ¡Calificar Market Garden como un éxito al 95%!