jueves, 10 de enero de 2008

El misterio del valor

"Leónidas en las Termópilas", de Jacques-Louis David

El niño se acercó, zascandileando y dando pequeños saltos, hasta que llegó a poco menos de un par de metros del pobre viejo. Allí permaneció unos momentos, inerte, o al menos, todo lo quieto que puede estar un niño de once años, mientras su rostro esbozaba una sonrisa gigantesca que amenazaba con rasgar su cara de lado a lado. Su intención era acercarse a su abuelo sigilosamente y, una vez lo suficientemente próximo, hacerle algún tipo de perrería no demasiado atroz que hiciera más llevadera la calima de la tarde. Su antepasado, un anciano que había visto al menos media docena de guerras y un número incontable de cadáveres, era un antiguo médico ateniense que casi agradeció a los dioses haberse quedado ciego pues, si bien llegó un momento en el que la muerte llegó a manifestarse con una atonía más o menos soportable, los rostros desencajados de viudas y esposas, los manantiales de lágrimas derramadas sobre los mismo pechos que días antes servían de atalaya desde donde disfrutar del maravilloso cielo de Grecia, seguían configurando una visión desgarradora. Aún tuvo tiempo, mientras miles de imágenes surcaron su cabeza como un relámpago, de girar su cuerpo bruscamente, agarrar una piedra y lanzarla con fuerza. El muchacho se percató a tiempo y con un violento escorzo consiguió evitar el impacto pero, al girarse, perdió el equilibrio y cayó al suelo en medio de las risas de su madre, que observaba la escena desde la distancia.

- ¡Abuelo! Casi me mato por tu culpa...

- No soy yo el que lleva un buen rato acechando... Además, eres un estúpido... Te pones a favor del viento... – dijo extendiendo su mano el dirección a la voz de su nieto, mientras intentaba palparle la cabeza.
- ¿Cómo sabías que estaba ahí?
- Llevabas demasiado tiempo sin hacer ni un ruido, y el silencio en tu caso no presagia nada bueno – concluyó intentando contener la risa.

El niño se azoró ligeramente, bastante contrariado por haber fracasado en su objetivo y por la reprimenda de su abuelo. Al fin y al cabo, era un juego que repetían casi todas las tardes y al joven ateniense le parecía que, para medirse a un viejo que apenas podía ver, fracasaba en demasiadas ocasiones. Afortundamente el anciano no pudo prolongar la expresión de falsa reprobación con la que observaba a su nieto y una sonrisa se adueñó de su cara, lo que eliminó al instante la tensión en el rostro del muchacho. Mientras se sentaba a su lado, el anciano médico inquirió:

- ¿Qué historia hará más llevadero nuestro día, Diomecles?
- Pues... ¿Esparta? – dijo el muchacho bajando la cabeza con rubor.

El anciano frunció el ceño. Esparta no figuraba entre las historias preferidas de un ateniense, ni siquiera entre aquellas que juzgara conveniente rememorar; al fin y al cabo, solo habían pasado dos generaciones desde que aquellos guerreros del demonio aguantaron durante casi tres días al imponente ejército persa y el ideal de aquellos hombres y de Esparta, la tierra a la que representaban, estaba justo al lado opuesto de la idea de libertad que se cultivaba en Atenas, único lugar de Grecia en el que un hombre podía sentirse verdaderamente igual a otro. Sin embargo, la leyenda de aquel encuentro, en la que apenas podía distinguirse ya la realidad del mito, era la preferida de Diomecles... y a fin de cuentas, la única que estaba interesado en oír.

- Bien. Pero hoy no hablaremos de Leónidas sino de aquellos que consiguieron sobrevivir a la batalla... – y el anciano se quedo mirando fijamente a los ojos de su nieto, procurando hacer que el muchacho no perdiera anticipadamente el interés.
- En la batalla murieron todos abuelo... – respondió Diomecles.
- No... de los trescientos no todos perecieron cubiertos de gloria. Dos de los soldados que siguieron a Leónidas consiguieron salir con vida y regresar a la patria.
- ¿Qué...? ¡Cobardes! – gritó el muchacho y escupió al suelo con tanta fuerza como pudo.
- ¿Por qué haces eso? – le reprochó su abuelo.
- Porque... porque, no merecían vivir. Abandonaron a sus compañeros, traicionaron a aquellos a los que habían jurado fidelidad eterna... se deshonraron... se comportaron como cobardes.

El muchacho expulsaba las palabras a borbotones mientras que gesticulaba compulsivamente, intentando dar crédito a lo que acababa de oír y mostrando con todas sus fuerzas la enorme indignación que sentía. Éste, una vez que su nieto pareció más calmado, prosiguió:

- Espera... En un momento de la batalla, Leónidas mandó llamar a dos soldados, llamados Pantiques y Aristodemo. Cuando se le presentaron, se los llevó aparte de los otros y les encargó que llevaran un mensaje, a Tebas uno, y a Tesalia el otro.
- Un mensaje... ¿Para qué?
- No se sabe – respondió el anciano – pero cuando estaban en dichas ciudades les llegó la noticia de la derrota de los suyos ante lo que reaccionaron sin aspavientos pero con enorme tristeza.
- ¿Y que hicieron abuelo?
- Parece que uno de ellos, Pantiques, salió inmediatamente hacia Esparta con la intención de honrar a los muertos. El otro, Aristodemo, se encaminó hacia el lugar de la batalla con la esperanza de llegar a tiempo de ayudar a los supervivientes o, al menos, de encontrarse con alguna patrulla persa con la que poder enfrentarse...
- ¿Y que pasó?
- Pues... – reflexionó el anciano – a ninguno le fueron las cosas como había pensado; Pantiques llegó a la ciudad exhausto pero manteniendo la esperanza de llegar a tiempo de participar en los funerales y acompañar a los suyos hacia su último destino. Pantiques sabía que, según las leyes espartanas, aparecer con vida tras una batalla que había resultado perdida podía acarrearle el odio y el menosprecio de sus conciudadanos e incluso la muerte pero, aún así, acudió. Al entrar en la ciudad y presentarse como un superviviente solo recogió en rechazo de aquellos que hasta hacía bien poco eran sus vecinos. Al tercer día de ignominia, no pudo soportarlo más, y se suicidó.

El muchacho, al oír la última frase que salió de los labios de su abuelo, se quedó mudo.

- ...El otro guerrero, Aristodemo, había sido destinado para viajar a Tesalia porque padecía un curioso mal en un ojo que le impedía, temporalmente, la visión... así que Leónidas le convenció para que actuara de mensajero y contribuyera, de algún modo, a la batalla. El joven, a regañadientes, aceptó. Sin embargo, cuando llegó a su ciudad, después de semanas de vagar por toda Lacedemonia sin encontrar a un solo persa con el que poder vengar la derrota de sus compañeros, sufrió la misma ignominia pública que Pantiques amén de su propia vergüenza. Los regentes de Esparta ordenaron que no se le diera lumbre con la que encender el fuego, ni que nadie intercambiara una sola palabra con él. Pero Aristodemo decidió aguantar y vivió un año en la más completa soledad hasta que, tiempo más tarde, se presentó en la batalla de Platea armado con su escudo y su larissa. El joven guerrero acudió a la primera fila y aunque nadie se acercó a él ni le cubrió con su escudo, pronunció su grito de guerra y, cuando sonaron las flautas, cargó en solitario contra el enemigo, precisamente porque quería asegurase de que moriría... y así fue.

El muchacho, algo perdido ante semejante aluvión de extraños sucesos, permaneció en silencio, sin saber muy bien como encajar aquella parte de la historia, tan diferente a la de los gloriosos sucesos que conocía. Tras unos momentos, por fin, preguntó:

- Entonces... quizás no sean unos cobardes – reflexionó – pero uno de ellos se dio muerte y eso va contra los Dioses. Sin embargo, el otro...
- Ambos son iguales... - interrumpió el anciano.
- ¿Por qué? - replicó.

El venerable médico, imaginando la cara de sorpresa y extrañeza de su nieto hizo una pausa y, haciéndole una seña para que se acercara, le puso la mano en el hombro y apretándoselo con firmeza pero con infinita ternura le dijo:

- Porque, por más que buscar la muerte no represente un comportamiento loable, eso no es lo importante. Antes, justo antes de ponerse en las manos de la providencia, ambos se condujeron con valor, Diomecles... los dos sabían que nadie apoyaría sus versiones, que no tendrían la más mínima ayuda cuando regresaran a sus hogares, ni siquiera de aquellos que habían sido sus amigos, ni tampoco de sus familiares. Pero aún así eligieron hacer lo que les pedía su corazón y se comportaron de acuerdo con aquello en lo que creían. Fueron valientes y vencieron el miedo... aunque después equivocaran su elección última.
- Pero... - insistió el niño – ese valor... ¿de qué sirve si aquellos a los que iba dedicado ya habían muerto?... ¿si ni siquiera sus propios compatriotas eran conscientes de ello...?

El anciano movió la cabeza en dirección a su nieto una vez más y le susurró:

- Cuando persigas tu destino y consigas conducirte con valor, que lo sepas tú, es lo único importante...

Adaptación, extremadamente libre, de "El misterio del valor" de William Ian Miller

Dedicado a Turulato

4 comentarios:

Leodegundia dijo...

Entre este capítulo y el anterior creo que no puedan quedar dudas de la forma de vivir y pensar de los espartanos tan diferente de como se vive y se piensa hoy en día.

Dices: “Eran hombres libres en un periodo en el que casi nadie lo era” y yo te pregunto ¿lo eran en realidad?. Su férrea disciplina y su concepto de lo que debían de ser en la vida, únicamente soldados, no les llevó nada más que a desaparecer, lo que me lleva a pensar que tan malo es ser tan estricto como eran ellos, como tan permisivo y blando como se es ahora.
Un saludo

Caboblanco dijo...

¡Hombre! un poco de polémica... ¡Ya era hora! El concepto de libertad ha sido objeto de uso y abuso a lo largo de los siglos aunque, desde las revoluciones de los siglos XVIII y XIX siempre ha venido unida a la idea de justicia e igualdad y eso - no me interpreteís mal - la ha pervertido un poco.

Yo participo escasamente de la libertad así entendida. Para mí el concepto está íntimamente unido a la esencia misma del individuo y tiene tanto de derecho como de obligación. Por eso me encuentro más cómodo en aquella posición que define la libertad como la facultad del ser humano de decidir llevar a cabo o no una determinada acción según inteligencia o voluntad, y asumir sus consecuencias.

Por eso valoro y me emocionan aquellos que, libremente, actuan y asumen consecuencias muchas veces desagradables o perniciosas por permanecer fieles a sí mismos o a aquellos que configuran su entorno. No digo que lo hiciera, ni que justifique a aquel que voluntariamente se lanza en busca de la muerte. La idea de morir, considerada en abstracto, me repugna. Pero, por eso, nadie me parece más libre que aquel que es capaz de trasladar sus convicciones más íntimas a cualquier momento de su vida.

Un abrazo

Turulato dijo...

"Vengo" de un debate sobre la Belleza y aterrizo en uno sobre la Libertad..
Grandes conceptos que todos creen entender pero nadie sabe concretar.
¿Soy libre? -pues a estas alturas no me atrevo a tratar mucho más allá de mi-.
¿Qué es ser libre? -pues malamente contestaré a lo anterior si no se en que consiste-.
¿Quizá sea hacer cuanto desee?; ¿o bastará con poder hacerlo, aunque no llegue a ello?.
¿Y qué es lo que deseo?; ¿sólo lo conveniente? -pues no quiero empezar a filosofar sobre lo Bueno-.
.......
No es fácil ser libre porque no es fácil saber que es, de manera que no puedo saber si me comporto ajustadamente a aquello que desconozco..

Quizá, sea algo tan sencillo como dormir bien cada noche.

Gracias por un regalo tan agradable.

censor dijo...

A mí, esas historias militares sobre sacrificio y heroismo me gustan mucho.
Lo cierto es que hay aficionados a la Historia que tienen a los espartanos como lo peor de lo peor. Un pueblo opresor, más xenófobo de lo normal, que amaban lo militar desdeñando e incluso prohibiendo la cultura. Contraponiéndose a los atenienses, que, al fin y al cabo, a pesar de ser derrotados en el campo de batalla, fueron los que al final vencieron.

Algo parecido pasa con los españoles. La idea general, en incluso la mía propia (algo suavizada desde hace tiempo), es que fuimos cerriles, asesinos, brutos y fanáticos en nuestro momento de mayor esplendor.
Supongo que depende del punto de vista que tomes.
Hoy en día hay una gran afición por lo japonés, por ejemplo. Aunque esa afición se fundamenta en su mayor parte en estereotipos falsos inventados, sobre todo, por los comics y dibujos animados. Los samuráis, el estricto sentido del honor, las katanas y demás parafernalia resulta muy atractivos. Lo cierto es que el Japón medieval podía llegar a ser brutal, y la vida llegar a no valer nada.
Pero nadie va diciendo que los japoneses fueran un ejemplo a no seguir.

Los romanos también tenían lo suyo. Por lo que sé, en la guerra no conocían la piedad. Y a pesar de civilizar a los pueblos extranjeros, no dejaban de ser conquistadores y opresores.

Pues eso, es interesante cómo dependiendo de quién se hable, sus acciones resultan honrosas o vergonzosas.

Por cierto Caboblanco, ¿no has pensado nunca contar historias sobre el Japón medieval? También me gustaría leer alguna entrada sobre los almogávares escrita de esa manera tan interesante y entretenida que tienes.