martes, 8 de enero de 2008

Esparta

Monumento a Leónidas

Tengo que confesar que, por más que Roma y su civilización condicionen en cierto modo mi vida, Esparta y su historia, tienen un lugar no sólo en mi devenir sino en el epicentro de mis emociones. ¿El porqué? Bueno, dicen que el corazón atiende a razones que la cabeza no entiende y, probablemente, la manera de concebir la existencia de aquel territorio, pequeño y escaso, y de sus habitantes, más guerreros que cualquiera de los guerreros que en el mundo hayan sido, es especialmente difícil de entender e incluso de asumir para un mortal de nuestros días. De ellos, de los hoplitas espartanos – sería inútil diferenciar a un ciudadano de un soldado puesto que no se podía ser lo uno de lo otro – se ha dicho prácticamente todo y nada ha parecido suficiente; que si despreciaban la muerte, que si fueron la mejor infantería de su tiempo, que si sacrificaban a aquellos niños que no nacían con la suficiente apostura… anécdotas todas ellas fáciles de recordar y extremadamente aptas para alimentar un mito… y generalmente ciertas en su mayoría… pero que, inconscientemente no nos dejan ver aquello que verdaderamente retrataba e identificaba a estos hombres de forma unívoca: Eran hombres libres en un periodo en el que casi nadie lo era, y estaban dispuestos a entregar su vida para seguir siéndolo, pues no concebían la existencia sin la libertad.

Esparta, o Lacedemonia, era una ciudad - estado de la Grecia antigua, situada en el vértice de la provincia del Peloponeso. Su nacimiento no fue sencillo, igual que no lo sería su crecimiento: tensiones de carácter demográfico y político minaron su desarrollo hasta que, a mediados del VI a.C., dominaba ya a muchas ciudades y pueblos dentro de un área de influencia cada vez más grande. Esa influencia, conseguida a base de puñetazos en la mesa y actitudes firmes, la convirtió en árbitro geopolítico de la zona, llegando incluso a terciar en la elección de gobernantes de otras polis, algunas mucho más grandes, como la misma Atenas.

Naturalmente, al aumentar de tamaño aumentaron sus problemas. Los espartanos, prestos a combatir desde que se levantaban al alba, eran sin embargo tremendamente aislacionistas en todo aquello que no trajera causa de la misma Grecia. En el 499 a.C, un requerimiento de las ciudades jonias para rebelarse juntos contra los persas fue inmediatamente desechado al no ponerse de acuerdo los dos Reyes que regían los destinos de Esparta. Años más tarde, uno tuvo que desembarazarse del otro para reconducir de una vez para siempre las cosas; Cleomenes I, ya en solitario, recibió a los emisarios persas que venían con la intención de reclamar el agua y la tierra – entrega simbólica con la que se escenificaba una sumisión sin condiciones – y no lograron lo primero pero se hartaron de lo segundo; Cleomenes los arrojó a un pozo sellando de esa manera el destino de Esparta al de la Magna Grecia, para bien o para mal…

Los comienzos de esa nueva etapa empezaron de forma impensable, con los espartanos llegando con retraso a la batalla de Marathon, concretamente al día siguiente, en el 490 a.C. Pero años más tarde lo compensarían con creces, escribiendo una de las páginas más memorables – con todo lo que eso conlleva – de la historia de la humanidad. ¿Exagero? No lo creo; aquel día del año 480 a.C. miles y miles de soldados persas de un sin fin de nacionalidades avanzaban hacía el interior de Grecia dispuestos a ajustar cuentas de una vez por todas. El ejército griego, inferior en número y sobre todo en moral, se replegaba a duras penas, o más bien huía, seguros de que forzar un enfrentamiento sería estéril y toda resistencia, inútil. Y en esa maldita tesitura, solo Esparta se atrevió a desafiar al silencio… Fueron escogidos 300 de sus hijos y acaudillados por Leónidas, reclamaron su derecho a entrar en la historia por la puerta de los héroes, defendiendo salvajemente un desfiladero de poco más de 20 metros de ancho.

Naturalmente, nadie sobrevivió. Y, tristemente, es lo de menos; Leónidas y sus trescientos retrasaron a las fuerzas persas poco tiempo, pero lo suficiente para permitir a su flota reorganizarse y vencer a los invasores en Salamina. Si Churchill, emocionado por la gesta de los pilotos británicos ante la Luftwaffe pronunció aquello de “nunca tantos debieron tanto a tan pocos”, en esta ocasión deberíamos decir que nunca tan pocos consiguieron tanto. Aquella peculiar manera de entender la vida y la propia existencia, aquel modelo de educación – el agogé – que amontonaba a los niños en barracones, les obligaba a hurtar para sobrevivir y castigaba cualquier manifestación de dolor o debilidad y, por último, esa peculiar relación con la muerte y con el destino en la que huir era morir y morir, permanecer, había obrado, sin discusión, el milagro.

Para vencer a Esparta hubo que recurrir al tiempo y no a una batalla. Con una demografia castigada por privaciones y guerras, y una economía permanentemente sustentada en una segunda clase de ciudadanos más o menos libres – los periecos - y en una enorme masa de esclavos de la que dependía básicamente todo – los ilotas – la llama de Esparta se consumió ante el empuje de una nueva y pujante manera de existir: Atenas y su democracia, o más bien, Atenas y su nueva manera de concebir la libertad. Sin un caudal de jóvenes suficiente, sin ciudades ni pueblos a los que cobrar tributos, y con la emergente Roma al acecho y cada vez más fuerte, Esparta murió como tal el día que uno de sus esclavos tuvo que coger un arma para defender la ciudad. La dominación de los hijos de la loba, que abarcó pronto toda Grecia, tuvo en Esparta un último y devastador efecto: la educación espartana se endureció de forma obscena, en el fondo y en la forma, y quedó como reclamó de turistas, ávidos de violencia gratuita y de ritos extraños.

Sin embargo, semejante final no hizo sino inmortalizar su leyenda… la de una sociedad que entendía que la libertad deriva de la capacidad de uno mismo de cumplir la Ley que se autoimpone y la de trecientos hombres que prefirieron ser libres… allí donde les llevara el destino, una vez muertos. Descanse en paz aquel que fue capaz de vivir su vida según su deseo.

CLAVES PARA ENTENDER A ESPARTA

1) Esparta concebía la ciudadanía como un derecho completamente alienado con la obligación de defender a la ciudad con las armas. Por eso eximía a sus ciudadanos de trabajar - de hecho, lo tenían prohibido - lo que hacía necesaria una vasta cantidad de esclavos. Esto, unido a una demografía castigada por la guerra, condicionó absolutamente su existir.

2) Su belicosidad era tal, que sus reyes tenían frecuentemente que afrontar consejos de guerra ante, por ejemplo, una ciudad no conquistada o un retraso en una campaña. Esta forma de pensar queda retratada en la multitud de frases que los historiadores contemporáneos les atribuyeron como la que dice "Espartano, vuelve con tu escudo, o sobre él..." aludiendo a la costumbre de transportar a los guerreros muertos sobre sus escudos.

3) Afrontaban la muerte, si no sin miedo, sí sin connotaciones negativas; Negaban la existencia del miasma o contaminación causada por los cuerpos inertes. Por eso renegaban de los cementerios, enterrando a sus muertos junto a sus casas.

4) Que nadie aproveche para visitar el paso de las Termópilas. Desde la batalla, se han producido al menos dos terremotos, tres desbordamientos y algún derrumbamiento, y ahora está más cerca de ser una playa... ya que el "desfiladero" mide ahora más de kilómetros.

Dedicado a Lunaroja

11 comentarios:

unjubilado dijo...

Seguiré informándome sobre Esparta, aunque con tantos nombres, fechas y acciones de todo tipo creo que con tu relato voy a tener suficiente.
¡Oye! El regalo que le haces a Lunaroja es precioso, sin embargo ella pide un novio... estaré pendiente.
Saludos

Caboblanco dijo...

Ja ja... Me temo que no estoy en condiciones de afrontar peticiones semejantes. Con lo fuerte que viene la chavalería, los "a punto de ser maduros" empezamos a estar algo fuera de juego...

Turulato dijo...

Los 300 creo recordar que no estaban solos en el desfiladero; cada hoplita tenía sus asistentes y hubo fuerzas de otros sitios.
Lo que si es cierto es que Leónidas dirigió el combate y sus hoplitas llevaron el esfuerzo principal.
Un "postmaduro"..

Caboblanco dijo...

Cierto Turulato.

Los datos varían según las fuentes pero, parece que habría entre 700 y 2.000 hombres más procedentes, sobre todo, de Tesalia y de Tebas. Aparte, cada guerrero espartano solía llevar dos ilotas o siervos a su servicio.

Un abrazo.

Lunarroja dijo...

Maravilloso regalo, en efecto.
Casi que vale más que el novio, ¿no?

Pero es lo que tiene la madurez, Caboblanco, que permite hacer sonreír a una persona con apenas un puñado de letras. Aunque reconozco que en este caso han sido muchas.

Seguro que lo escribiste en la más absoluta concentración ;-)

Lo dicho: mil gracias. Me voy a Esparta... tal vez a buscarlo.

censor dijo...

Los espartanos fueron acompañados, pero, si no me equivoco, al final del segundo día de batalla Leónidas despidió a los soldados no espartanos. Así que el tercer día sólo lucharon los espartanos que quedaban vivos.

Caboblanco dijo...

Hola a todos.

Censor, efectivamente, esa es la versión de la historia más comentada y aceptada. Existe, sin embargo una versión más cínica que establece la posibilidad de que la realidad fuese muchos menos honrosa: La mayoría de los defensores se esfumó al reparar que la partida había acabado y estaban siendo rodeados.

Respecto a la huida / deserción / retirada autorizada hay otro componente anecdótico. El adivino de Leónidas, un tal Megistias, estaba presente en la batalla. Como quiera que predijo que iban a morir al tercer día, pidió quedarse con los espartanos pero rogó a Leónidas que permitiera a su hijo salir. Leo aceptó, el adivino murió junto a los trescientos y su hijo, al parecer, nunca llegó a Esparta.

Saludos

jp dijo...

Interesante blog, como nos tienes malacostumbrados.
Comentar que me parece que en el ocaso de esparta has olvidado mencionar una ciudad: Tebas,que desarrolló nuevas tácticas de combate y un cuerpo de élite (la Legión Sagrada o la Legión Tebana, no recuerdo bien ahora)muy particular. Cuando Alejandro (y su padre Filipo)vence a los griegos en Queronea, tuvo buen cuidado de exterminar a estos correosos tebanos.
Otro tema es que Esparta no fue especialmente solidaria con resto de los griegos en momentos cruciales: los persas les realizaban aportes regulares de capital alos que los espartanos no hacían ascos precisamente.
Por último, tanto en tu entrada como en la película esa de los 300 se nos plantean a estos guerreros como el epítome de la libertad, poco menos, en el film, que los defensores del Occidente civilizado. Con el sistema esclavista que mencionas, las peculiaridades de la educación del buen espartano y su política de aceptación de sobornos persas yo, personalmente, no puedo aceptar esta visión romántica y desfigurada.
saludos

Caboblanco dijo...

Hola JP.

"Legion Tebana" no debe ser porque su comandante, San Mauricio, fue martirizado a finales del III d.C. y la "Legión Sagrada" fue un cuerpo de élite púnico fenicio con lo que tampoco me cuadra. En cualquier caso, efectivamente, tenían fama de muy duros combatientes y participaron en la batalla de las Termópilas y en la de Platea contra los persas.

En cuanto al compartamiento de Esparta y su fidelidad para con el resto de griegos, por cada ocasión en la que uno traicionó al uno, el uno traicionó al otro, y así podríamos seguir hasta el infinito. En cualquier caso, la campeona en cuanto a aceptaciones de sobronos persas no fue Esparta, sino la Arcadia o las colonias griegas de Asia Menor.

Por último, una cosa es defender una cierta idea de libertad, un espítiru libre o modo de vida, y estimarlo en lo que vale y otra muy diferente justificarlo. A estas alturas de la humanidad habría que ser retrasado - o algo peor - para convivir con fenómenos como la esclavitud o las guerras de conquista. Pero ¿acaso no tenían esclavos los persas, los romanos, los mismos galos o britannos? ¿Tenemos acaso algún problema para aceptar nuestra descendencia directa, en lo cultural, del imperio romano, con millones y millones de esclavos? Yo creo, humildemente que primero debemos poner los mismos pesos en todas las balanzas y, segundo, ¿es que Esparta, cuando defendió a los griegos en las termópilas no estaba defendiendo también la democracia de Atenas? ¿Por que tenemos problemas para aceptar el esfuerzo de 300 espartanos y no el de legiones y legiones de Roma, por ejemplo?

Nos guste o no, con sus terribles desequilibrios humanos y su sociedad esclavista, lo cierto es que en un momento en que Grecia se hallaba terriblemente débil, vencieron en Salamina a la flota persa porque un año antes un grupo de griegos resistieron hasta la muerte en las Termópilas y recuperaron un tiempo precioso. No sabemos que hubiera pasado si hubiesen vencido los persas ni tampoco que idea del mundo tendríamos ahora; pero si sabemos que la que tenemos, la tenemos fundamentalmente por Grecia.

Saludos.

Kalía dijo...

Espartanos enfrentados a atenienses. Eso es lo que ocurrió después, en la Guerra del Peloponeso. Eran dos modelos de organización muy diferentes, uno de corte aristocrático y el otro organizado según los intereses del comercio. Ciertamente la Historia nunca termina de ser neutra y cada época mira al pasado para recoger los valores que en ese momento le interesan. Atenas estableció su hegemonía y la Historia siempre la terminan contando los ganadores. Quizá por eso el prestigio de la democracia ateniense y el desprestigio de la educación espartana han llegado hasta nuestros días. Pero no podemos olvidar que en Atenas el número de esclavos era tan grande como en cualquier otro lugar. Ni tampoco que filósofos atenienses, como Sócrates y Platón, alabaron constantemente a Esparta como modelo, lo que les supuso buen número de problemas. Lo que sabemos de los espartanos (que si no recuerdo mal es siempre por los escritos de otros, nunca de los propios lacedemonios) es que fomentaban ideales de valor, fuerza y coraje. Pero no solo en los hombres, sino también en las mujeres: seguramente ninguna sociedad antigua ha sido tan igualitaria en lo que se refiere a la educación de la mujer y a su participación en la vida pública. De hecho los atenienses se reían de los espartanos porque sus mujeres llevaban una vida activa y frecuentaban los gimnasios mostrando sus piernas.

Quizá no se pueda afirmar que la Historia pudo cambiarse en un día, aunque pudo ser un punto de inflexión. Estoy plenamente de acuerdo si pensamos en la victoria de los griegos frente a los persas: la concepción del mundo que tenemos en Occidente (y que, me parece, es necesario defender sin complejos) es heredera directa de aquellos pueblos y quedó establecida mediante su victoria en las guerras médicas. El “individuo” vence frente a la aniquilación de la individualidad que suponen los valores colectivos orientales y se logra un equilibrio entre los derechos del ciudadano y los del Estado. Quizá el resto de nuestra Historia occidental sea la recuperación y defensa de esta condición.

Me gusta el blog. Hace tiempo que lo vengo leyendo. Y me gusta que esté abierto a la polémica y a exposición de diferentes opiniones.

Saludos cordiales

j p dijo...

Menos mal que para cuando la memoria no alcanza, la Wikipedia resuelve:
El Batallón Sagrado
http://es.wikipedia.org/wiki/Batall%C3%B3n_Sagrado_de_Tebas
Un cuerpo de combate de élite formado por parejas de amantes (masculinos, por si no ha quedado claro).
Un nombre ilustre, desde luego menos ilustre que el espartano Leónidas pero no mucho menos interesante, el tebano Epaminondas,
http://es.wikipedia.org/wiki/Epaminondas

Ciertamente no podemos ponernos a juzgar a personajes y situaciones de la Antigüedad desde nuestros propios patrones, desde nuestro momento histórico, desde nuestro marco cultural.
Los espartanos no fueron peores que otros pueblos de la Antigüedad, aunque me parece que incluso entre estos pueblos de su misma época tenían fama de "exagerados" para ciertas materias (como su peculiar forma de entender la educación).
No creo que, aparte de la gesta de las Termópilas, se pueda decir algo bonito de esta gente, la verdad.
Otra cosa, eso sí, es que aún causan fascinación.