domingo, 6 de enero de 2008

El Rey Lobo

En un época muy determinada de nosotros mismos interesó presentar los ocho siglos que cristianos y musulmanes nos caneamos a base de bien de un manera algo lineal y simplificada, y quizás por ello le dimos el nombre de reconquista a algo que probablemente no lo era. Por eso es más conveniente decir – a mi modo de ver – que durante tiempo, hijos de Dios e hijos de Alá - ¿o acaso sería lo mismo? – nos aliamos, nos desaliamos, nos traicionamos, nos asesinamos y nos volvimos a asesinar sin demasiada solución de continuidad, un poco al ritmo de los dineros que había disponibles para hacer la guerra o aprovechando los periodos, no demasiado largos, en los que los protagonistas anteriormente nombrados no andaban a gorrazos entre ellos mismos. A resultas de estos dimes y diretes, las relaciones personales y las lealtades estaban infinitamente poco claras, al igual que las fronteras. Así, literalmente, un pacífico labriego se podía levantar de la cama ora en tierra cristiana ora en tierra musulmana, según que la cabalgada de turno hubiera tenido mayor o menor éxito. Era una época donde, por encima de cualquier cosa, la incertidumbre sobre lo que podía pasar mañana lo dominaba todo.
Seguro que por eso, al amparo de estos acontecimientos surgieron hombres y mujeres también excepcionales: duros, flexibles, resueltos... de aquellos que llaman a las cosas por su nombre y agarran el toro por los cuernos... quizá rudos para los estandares actuales pero en ningún caso simples y, seguro, hechos de la pasta necesaria para sobrevivir a aquellos tiempos de locura. Uno de estos hombres a los que merecería la pena haber conocido fue un tal Ibn Mardanish, conocido por los hispanos como “El Rey Lobo”. El amigo Ibn fue el último gobernador musulmán de Fraga, una zona no especialmente extensa de la actual Aragón, que se había convertido en un pequeño reino taifa aprovechando que los hermanos mayores, a saber, Zaragoza y Lérida, andaban a la gresca por aquello de “... quítate tú pa’ponerme yo...” y la verdad es que sobrevivió a aquellos vaivenes políticos con sorprendente éxito... y sólo 24 años.
Como el hombre apuntaba muy buenas maneras, rápidamente fue propuesto para suceder a su tío y resultó proclamado Rey de Murcia, que en aquellos días andaba bastante “acongojada” con el rápido avance y la belicosidad de un pueblo, los almohades, surgido como reacción a la relajación en la fé de otro que, en el fondo, era más de lo mismo, los almorávides. Mardanish, viendo lo que se le venía encima, se olvidó de cuestiones religiosas y de tarambanadas varias y se alió con Castilla, con la que compartía enemigo. Y lo cierto es que tampoco tuvo que tragar demasiada bilis con este acuerdo porque el Rey Lobo era un auténtico enamorado de la vida en la península y aborrecía a sus “hermanos” africanos casi más que a los seguidores de la cruz... Mardanish vestía a la española, hablaba castellano y catalán, completaba sus huestes con mercenarios italianos o alemanes y, muy inteligentemente, cogió lo mejor de aquí y de allí para situar al reino de Murcia como referente económico para Europa entera, gracias a trabajos de ingeniería como canales o norias, o a innovaciones en el campo de la agricultura o la artesanía.
Crecido por los acontecimientos, “lobezno” ocupó Albacete, Denia, Játiva, Úbeda, Guadix, Granada y llegó a sitiar Sevilla. Naturalmente, semejantes progresos consiguieron provocar envidia, resentimiento y codicia a partes iguales hasta que, en el mismo momento en que trataba de poner cerco a la ciudad de Córdoba, un poderoso ejército almohade atravesaba el estrecho con la intención de quitarle a Mardanish tantos aires de grandeza... y de paso intentar hacerse con sus tierras en el mejor estado posible. “lobezno” les salió al paso en un lugar desconocido, pero situado más o menos donde la vega murciana se une a las serranías de Andalucía oriental. Y así, en 1165 se desencadenaba una de las batallas más decisivas – y desconocidas – de la mal llamada reconquista. En un primer momento Mardanish, que iba acompañado de buen número de portugueses y de cientos de caballeros de las órdenes militares peninsulares aguantó pero, según pasaba el tiempo y en el momento en que la victoria se tornó imposible, el Rey Lobo volvió grupas y salió a escape para intentar presentar una defensa razonable, parapetado tras los muros de la ciudad de Murcia. Allí, recogió los restos de su ejército y gastó sus últimos dineros en costosos mercenarios que, aunque consiguieron mantener a los fanáticos africanos lejos de la ciudad – contuvieron dos ataques más, en 1170 y 1171, no podían hacer nada para evitar que el territorio fuera saqueado a discreción. Ibn Mardanish, sin dinero, casi sin soldados y con sus antiguos aliados cristianos más pendientes de otras cosas – probablemente con la esperanza de que unos y otros se acabaran destrozando mutuamente – cayó en la más absoluta desesperanza.

Una mañana, dicen, se asomó al balcón de su palacio, como todas las anteriores mañanas, con la esperanza de divisar las columnas de sus antiguos aliados; tras unos momentos con la mirada perdida, se dio media vuelta y tocando el hombro de uno de sus sirvientes le dijo “...hasta aquí”. Al día siguiente cayó enfermo y varios más tarde, fallecía con el encargo para sus hijos de entregar Murcia a sus enemigos de toda la vida, los almohades.

No se les derrotaría definitivamente hasta medio siglo más tarde, en las Navas, en 1212

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Una vez mas dejas claro, que no todo es blanco o negro, los grises son mas abundantes.

Feliz año caboblanco

Anónimo dijo...

Una vez mas dejas claro, que no todo es blanco o negro, los grises son mas abundantes.

Feliz año caboblanco

Leodegundia dijo...

Este hombre vivió en una época difícil en la que como tú bien dices: “las lealtades estaban infinitamente poco claras, al igual que las fronteras” y por lo tanto pocos hombres, por muy valiosos que sean, pueden sobrevivir por mucho tiempo. Además cuando alguien destaca demasiado, los propios de su entorno se encargan de echarlo abajo, algo que aún hoy sigue sucediendo ya que la envidia existió y seguirá existiendo.
Feliz año.
Un abrazo.

Turulato dijo...

¿Se sabe porque lo de Rey Lobo?

Luis Caboblanco dijo...

Hola a todos.

Pues sí Turu. Ibn Mardanish fue gobernador en su juventud de la villa de Afraga o Fraga. En aquella zona abundaban los topónimos alusivos a la presencia del cánido, como Mont-Llobé, Vall Llobar, o Canta Llops. Así que como era astuto y taimado, sus propios conciudadanos le pusieron ese apodo cuando dejó la villa, con solo 25 años. Después, parece que le cogió el gusto al apelativo y gustaba de que le llamasen así, tanto cristianos como musulmanes, "Lop" o lobo. Los castellanos, con cierta guasa, le pusieron el nombre cristiano más similar, Lope, y así se dirigían a él en entrevistas y negociaciones.

Saludos.

Anónimo dijo...

Con permiso:
Me he propuesto escribir sobre Ibn Mardanish y necesito toda la documentación que ustedes me puedan aportar, así como dónde buscar.
Gracias por vuestra ayuda.
Atentamente.
José Antonio.